El fútbol que amo tiene valores que importan y problemas que no puedo ignorar.
Hay algo que nadie te dice sobre ser mujer y que te guste el futbol, que ahí también vas a tener que hacerte un lugar. Que no existe un espacio neutro y que hasta el más personal de tus hobbies va a tener tintes políticos.
Como mujer tengo que calcular las calles que voy a caminar. Las horas en las que voy a salir. Los transportes que voy a utilizar. Y cuando quiero sentarme a ver un partido de fútbol, algo que se piensa simple, noventa minutos de gozo puro (o no, depende de qué tan bien están jugando estos canijos), también tengo que hacer uno que otro cálculo. Si lo voy a ver en mi casa o… si voy a salir a verlo, si será un restaurante o un recinto. Los estadios están llenos de hombres, de alcohol, de un poco o mucho descontrol. Nunca he vivido violencia directa en un partido, pero el miedo no necesita que algo haya pasado ya. Sé que podría pasar, como ha pasado en la calle o en otros espacios.
Es cansado llevar la guardia puesta también en donde debería ser sólo diversión. Resistir cuando sólo quieres disfrutar. Así que si me toca resistir y luchar tiene que ser algo o alguien por lo que valga la pena, le echo más tiempito para elegir qué y a quién.
El Liverpool, Mohamed Salah y la cultura de un club
Elegir mi equipo para mí fue eso, decidir qué valores voy a abrazar en voz alta, a quién le voy a dar mi dinero,a quién le voy a dedicar mi tiempo libre y quiénes también lo siguen. Cuando me decidí por el Liverpool me llamó que representa a pescadores y mineros que trabajaron en el puerto más importante de Inglaterra y que decidieron, en algún momento, que nunca iban a caminar solos.
Y la cultura de un club se construye o se destruye con cada decisión pequeña, a quién fichan, qué callan, qué defienden.
Mohamed Salah llegó al Liverpool y anotó un gol en su debut. Celebró con el equipo y después se puso en posición de sujud, la cual es una posición de rezo con la cabeza en el piso para agradecer a Alá. Lo hizo en cadena nacional, en Inglaterra, en medio de debates brutales sobre el Brexit y el racismo hacia la comunidad árabe. Lo importante de todo esto es que mi faraón no sólo lo hizo en su debut, sino en cada juego, en cada gol (que fueron muchísimos por cierto, lo tqm), por 8 años.
El Laboratorio de Políticas de Migración de la Universidad de Stanford documentó lo que pasó a raíz de eso, lo llamó el «Efecto Salah». Los crímenes de odio islamofóbicos en Liverpool se redujeron un 16%, porque cuando una comunidad adopta a alguien como suyo, cambia lo que se percibe de quienes se parecen a él. De repente, el islam deja de ser ajeno y amenazante y es lo que hace tu delantero para celebrar el gol que le ganó el partido al Manchester City en el minuto 94. De repente defiendes algo que antes no conocías porque se volvió tuyo. Un jugador que simplemente fue él mismo, en público, cada semana, movió algo que ninguna campaña había podido mover.
La cancha reproduce todo lo que no hemos resuelto
Eso es el futbol cuando decide ser algo más que futbol. Y el futbol ya es político aunque nadie lo llame así. El Celtic F.C. fue sancionado por la UEFA por ondear banderas palestinas en un partido europeo y aun así volvió a hacerlo. Incluso figuras tan virales, seguidas y vistas como Lamine Yamal llevaron el tema al centro de la conversación pública cuando, durante los festejos del título de La Liga con el Barcelona, apareció celebrando en el desfile junto a una bandera palestina frente a miles de personas y cámaras de todo el mundo. Hay equipos que decidieron cómo construir hacia adentro y lo sostienen. El FC St. Pauli de Hamburgo lleva décadas siendo antifascista, antisexista y con una de las mayores asistencias de mujeres en el futbol alemán y esto va más allá de un slogan, es de verdad una práctica.
El futbol reproduce la sociedad que lo rodea. Y en México eso significa que también reproduce todo lo que no hemos resuelto, como el grito homofóbico que llevamos décadas prometiendo erradicar y que aparece en cada partido como si el tiempo no hubiera pasado, porque pagar la multa sale más barato que cambiar como sociedad. La violencia en las gradas se trata como nota roja pese a que es un patrón.
Ahora el Mundial más grande de la historia llega a un país con colonias sin agua, feminicidios sin resolver, miles de desaparecidos y presupuestos para refugios recortados, aunque la conversación oficial siga siendo «turismo y legado económico». El costo social no puede quedar en el olvido solo porque hay partido.
El espacio que siempre pudo ser nuestro
Lo que me devolvió la esperanza fue vivir el futbol femenil.
Pao López, amiga mía desde la prepa, formó parte del primer equipo de Pumas Femenil. La primera vez que fui a verla fue en la cantera de Pumas (no era el Azteca, no era C.U.) pero eran ellas jugando y nosotras ahí, apoyándolas como si fuera el Maracaná. Con ruido, con otras morras, empezando, aprendiendo, gritando, jugando, divirtiéndose, pero ey, ellas estaban trabajando. Ese día entendí que ese espacio sí podía ser nuestro. Ya era de ella, nadie se lo dio. Ella llegó y lo tomó.
Era entrar a un estadio donde la dinámica es completamente distinta, donde hay amigas, familias, niños, mujeres que llegaron sin hacer el cálculo de seguridad. Sin el grito. Sin el miedo. Pensé «así desearía que fuera siempre. Así querría ir a todos los partidos».
Las jugadoras llevan años peleando por condiciones que en el futbol masculino se dan por sentadas. Negándose a normalizar la desigualdad. Hablando en público cuando el sistema preferiría que se callaran. Eso le muestra al futbol varonil lo que podría ser si decidiera usar su poder.
La pertenencia no se pide, se ocupa
Verlas exigir desde adentro me recordó que yo también puedo hacerlo desde afuera. Que no tengo que pedir permiso para opinar, para consumir, para estar ahí.
Hay mujeres que llevan décadas organizándose para ver el futbol juntas. Grupos de Whats donde se coordinan los bloques, las barras y las porras que cantan tan fuerte como cualquier otra y han tenido que defender su lugar contra sus hinchadas hermanas. Mujeres sáficas que encontraron en el futbol femenil un estadio diferente, donde han construido otras dinámicas y donde su presencia es obvia y no excepcional. Periodistas, como Marion Reimers, que construyen espacios para que otras compartan su análisis, amor y opiniones por los deportes sin ningún tipo de interrogatorio. Incluso en redes sociales, cada vez hay más morras haciendo memes, hilos, análisis siendo cada vez más presentes y más imposibles de ignorar.
¿Es el futbol la lucha central del feminismo? No. ¿Significa por eso que no importa? Tampoco. La cultura popular es, de hecho, donde se normalizan comportamientos, donde se construyen identidades, donde millones de personas aprenden qué es aceptable y qué no. El futbol mueve más personas, más dinero y más emociones que casi cualquier otra cosa en el mundo; ignorarlo porque es «sólo un deporte de fifas» es dejarle todo ese poder a quienes ya lo tienen.
Como mujer, hasta mis hobbies son políticos. Ya que me toca vivirlo así, lo reconozco en voz alta y elijo con conciencia; no miro para otro lado cuando algo está mal. Cada mujer que ocupa una grada, que opina sin disculparse y que no pide permiso, normaliza que estamos ahí. Transformamos el espacio sólo con habitarlo, lo politizamos. No porque lo declaremos y escribamos mil artículos, sino porque nuestra presencia obliga a que el futbol se enfrente a lo que es y a lo que podría ser.
El futbol femenil ya lo probó, cambia la cultura del estadio cuando cambia quién lo llena. Las jugadoras lo hicieron desde adentro. Nosotras lo hacemos desde afuera.
La pertenencia no se pide. Se ocupa. Y ese es el cambio.
El Mundial va a pasar. Va a ser enorme. Y nosotras vamos a estar ahí, con los ojos abiertos, gritando gol y exigiendo más. Las dos cosas. Siempre las dos cosas.










































































