Estoy cansada de pasar exámenes para demostrar que sé de futbol. Esta es la historia de cómo convertí un ritual ajeno en mi lenguaje de autocuidado.
Me enseñaron a amar el futbol y lo hice mío
No elegí el futbol, el futbol me eligió a mí. Bueno, me lo eligió mi papá, que es casi lo mismo. Me lo heredó junto al apellido y la experiencia de que el Cruz Azul siempre encontrará la manera de romperte el corazón, por lo que hay que buscar cómo repararlo. Y en eso ando, a punto de viajar 8,000 km para ver un partido de futbol.
Desde niña, mi papá encontró en los deportes un vehículo para acercarse a mí, compartir tiempo y construir una relación. No fue tanto de palabras (cosa rara porque es piscis), sino de actividades compartidas como jugar beisbol, básquetbol, futbol, recientemente pádel y carreras a las que nos inscribe de un día para otro: “Enana, en una semana corremos 10km, ¿qué dices? Nos vemos para entrenar a las 7 am”.
A través del futbol mi papá encontró comunidad y desarrollo: estuvo becado en la universidad por deporte y de sólo ser fifas se volvió un fifas de profesión. Ser criada por él significaba que los fines de semana hubiera asistencia obligada a verlo jugar, ganara o perdiera. Jugó en la segunda o tercera división y casi casi que Cuauhtémoc Blanco y él habrían sido compañeros de equipo si no se hubiera lastimado la rodilla y dejado de jugar. A partir de eso dejamos de ir los domingos a la cancha pero lo trasladamos a la sala, sólo que ahora tocaba ver al Cruz Azul. Los días de partido eran días en los que mi papá se sentaba conmigo y me compartía su pasión a veces con palabras, a veces en silencio.
El día de mi primera comunión, mi papá nos reunió a todas mis amiguitas y a mí, nos hizo tomarnos de las manos y rezar para que ganara el Cruz Azul. No me acuerdo si ese día nuestros rezos de almas puras ayudaron en algo, hay veces que ni con todo el coro celestial a mi Máquina se le arma. Pero por esto y más, yo entendí que para él era importante y aunque no siempre quería verlo, poco a poco encontramos un idioma compartido cuando los demás lenguajes nos fallaban: el futbol.
Dejé la herencia y elegí una camiseta
Yo elegí al Liverpool, un equipo minero de Inglaterra que en 2005 tuvo una remontada histórica: iban perdiendo 3-0 al medio tiempo contra el Milán. Tres goles en seis minutos. Como me enseñaron: cuando todo está perdido, vamos por más y otra vez y otra vez.
En 2015, al Liverpool llegó un nuevo entrenador: Klopp, un alemán que decía que iba a convertirnos a los fans en creyentes, veníamos de muchos años de CASI lograrlo, por lo que propuso un modo de juego muy de heavy metal: explosivo y rápido. Para lograrlo reformó al equipo, pero el fichaje de tres jugadores fue lo que me regresó las ganas de ver el futbol cada semana: Firmino (brasileño), Mané (senegalés) y mi egipcio favorito después de Cleopatra: Salah, ay Salah. *Suspira*.
Su futbol me generó ganas de levantarme a las 6am a ver los partidos y organizar uno que otro fin de semana alrededor del horario de la liga inglesa. Salah me regaló algo que me faltaba en el futbol: adrenalina pura, con toda mi luna en Aries, mi marte y todo el fuego que me corresponde. Un futbol rapidísimo de contraataque, de goles imposibles en el minuto 90, un teatro que se volvió fuente de serotonina pura, donde esperaba el fin de semana para ver qué magia podían hacer juntos. Alrededor de ellos empecé a construir un ritual en las mañanas: café rico, la playera del Liverpool a la vista, celular apagado, remover los colores del equipo contrario del área de tele.
La ley de la ventaja y el interrogatorio femenino
Pasé casi diez años construyendo eso: 90 minutos para mí y mis excentricidades, extendiendo mi jornada laboral para ser directora técnica de mi equipo. Y disfrutar. Disfrutar sola, porque muchas veces ser mujer y que te guste el futbol se entiende como una invitación a responder un examen histórico, técnico y estadístico de la opinión que sea que te hayas atrevido a decir en voz alta.
El interrogatorio siempre es el mismo: “¿Desde cuándo te gusta el futbol?”, “¿quién hizo qué cosa?”. O una muy buena que me pasó en una final del Cruz Azul con el novio de una amiga: “A ver, explícame qué es la ley de la ventaja”, después de que me enojé de que no marcaran una falta. En las citas hay dos reacciones posibles: o no te creen y empieza el interrogatorio, o sí te creen y ya no eres tan femenina porque empezaste a hablar de algo que sólo es de ellos y de sus compas.
A los hombres no les hacen examen. NUNCA. De nada. Menos de cosas que no son “propias de hombres” al contrario, cada que hablan, opinan o se involucran viene una ovación por “intentarlo”. Por esto y más nunca he sido tan vocal. Estoy cansada de esa reacción. Por eso existe este blog y mis videos y mensajes. No importa si el futbol no estuvo hecho para mí, si me gusta y lo disfruto, es suficiente para que sea mío.
*RESPIRA*
Despedir a Salah
Mi ritual está por transformarse: será sin Salah, un hombre que como adivinarán nunca se rinde y ante toda adversidad, sigue y sigue. Del fracaso siempre se encuentra algún lado bueno y al igual que en toda la historia que me cruza con el futbol, se cae, aprende, se levanta, gana. Y ahora se va, a seguir aprendiendo en otros lados, después de ganar con nosotros.
Así que voy a Anfield (el estadio del Liverpool) a despedirlo en persona. No sé si me va a tocar verlo, probablemente no porque está lesionado y el universo da lecciones de formas que no me imaginaba. Pero aunque no lo vea, me toca algo que no había sentido antes. Porque este viaje no es sólo sobre Salah. Es sobre una parte de mi identidad, de mis hobbies, de mi autocuidado, de la forma en la que el lenguaje del deporte me comunica y relaciona con mi familia, mis amigos, mis amigas y conmigo misma.
No es la primera vez que algo así me duele: recuerdo la final del Cruz Azul en 2013 y la del Liverpool en 2018. Después de esos partidos, mi papá me marcó para ver cómo estaba, no para hablar del partido sino para ver cómo estaba yo. Le dije que triste.
Me dijo algo sobre el fUtbol y el fracaso, sobre cómo perder te libera porque te obliga a aprender lo que ganar nunca te enseña. Aprendes a perder con dignidad porque no queda de otra, que la lealtad no es ciega sino una decisión que se renueva, que el fracaso no es el final del argumento sino parte de él y que los equipos que elegimos no son los que siempre ganan, pero sí los que saben levantarse y estar más fuertes.
Los equipos pierden y sentimos esa derrota como propia, pero levantarse y seguir jugando, también en la vida real, es el verdadero triunfo de este juego.
Seguiré contándote cómo va esta aventura.

