Durante décadas, las palabras psilocibina o ayahuasca despertaban más miedo que esperanza en algunos sectores de la medicina. Pero en 2025, la conversación sobre los psicodélicos está cambiando. Cada vez más estudios apuntan a que estas sustancias podrían ofrecer respuestas a patologías donde la psiquiatría tradicional no ha logrado avances significativos.
“La mayoría de estas medicinas, cuando son usadas en un entorno clínico correcto y con una integración psicodélica adecuada, pueden ser profundamente sanadoras”, explica la Dra. Carmen Amezcua, psiquiatra mexicana y autora del libro Tu viaje de sanación psicodélica.
“Estamos frente a una nueva revolución psicodélica, donde resurgen los estudios de investigación y se trata de cambiar la historia de estigmatización de décadas y décadas”.
De los sesenta al siglo XXI: del tabú a la neuroplasticidad
Las investigaciones actuales sobre psicodélicos no son nuevas: en los años sesenta, sustancias como el LSD o la psilocibina formaban parte de los consultorios clínicos y de los laboratorios de investigación psiquiátrica. Sin embargo, el uso recreativo y la contracultura llevaron a su prohibición y a una narrativa de miedo que persiste hasta hoy.
“Llevamos decenas de años estigmatizando, criminalizando y usando un lenguaje peyorativo al hablar de casi todas estas sustancias”, explica la Dra. Amezcua. “En aquel entonces, la farmacéutica Sandoz puso el LSD a disposición de los psiquiatras para observar a conciencia. Pero por el mal uso y la desinformación, el gobierno generó una publicidad muy negativa en torno a ellas. Se sacaron de los consultorios y se prohibieron por completo”.

Hoy esa historia está dando un giro. Desde centros de investigación como Johns Hopkins, Imperial College London y la UNAM, la ciencia está documentando cómo los psicodélicos pueden estimular la neuroplasticidad: la capacidad del cerebro para generar nuevas conexiones neuronales y modificar su estructura tras ciertas experiencias o aprendizajes.
“Estamos descubriendo que hay nuevas sinapsis, nuevas conexiones, nacimiento de nuevas neuronas; caminos cognitivos que no habíamos visto con ningún tipo de tratamiento farmacológico”, explica Amezcua. “Eso está haciendo que la psiquiatría convencional esté volteando a ver a las sustancias psicodélicas.”
Sanar como un proceso integral
Para la doctora Amezcua, uno de los grandes aportes de esta nueva etapa es reconocer que la salud mental no puede separarse del cuerpo ni del entorno.
“Tristemente la psiquiatría, por este estigma, ha separado mente y cuerpo como si fueran dos entidades distintas. Pero cuando tienes un cerebro dañado, también puedes tener una piel dañada, un corazón dañado, una microbiota dañada…”, explica.

Esa visión integrativa, que se alinea con los saberes ancestrales, busca reconciliar el cuidado científico con la dimensión emocional y espiritual del bienestar. “Los psicodélicos tienen una capacidad de actuar en múltiples objetivos terapéuticos”, añade Amezcua, “porque hoy sabemos que la enfermedad es multifactorial”.
En ese sentido, la doctora subraya que no se trata de sustituir un tratamiento por otro, sino de ampliar las herramientas. Las terapias psicodélicas, dice, podrían ser una opción para casos de depresión resistente, estrés postraumático o ansiedad severa, siempre y cuando se realicen bajo acompañamiento clínico y con procesos de integración posteriores.
No todo es para todxs
El entusiasmo, sin embargo, no debe eclipsar la cautela. Amezcua insiste en que el uso de estas sustancias no es universal. “No todo está hecho para todos. Estas no son moléculas panacea que van a aliviar cualquier tipo de sintomatología o de incomodidad”, advierte.
“El mejor momento para consumir psicodélicos es cuando estamos más en nuestro centro, más tranquilos, más calmados y cuando no hay tanta crisis, tanta angustia o desesperanza. Tomarlas en un mal momento puede generar más trauma que bienestar”.
También recuerda que existen criterios médicos que excluyen su uso, como antecedentes familiares de psicosis, trastornos límite de la personalidad, embarazo o problemas cardiovasculares. Además, la falta de regulación en México ha abierto la puerta a un mercado informal y riesgoso: “Estamos teniendo una dificultad para saber que lo que consumimos es lo que nos están diciendo que consumimos. Hoy la adulteración de sustancias se está yendo hacia arriba.”
La revolución psicodélica ya comenzó
Aunque la discusión sobre los psicodélicos suele centrarse en el uso recreativo o espiritual, cada vez más psiquiatras jóvenes están explorando sus aplicaciones clínicas con responsabilidad. “Tengo mucha esperanza en mis psiquiatras jóvenes”, dice Amezcua. “Ellos ya sienten que el modelo tradicional resulta obsoleto. Están abiertos a entender la complejidad y a combinar la ciencia con la parte espiritual, con la conexión con la tierra y la comunidad”.
Este movimiento no busca desplazar la psiquiatría tradicional, sino actualizarla. “Estamos navegando entre dos mundos”, resume la doctora.
“Por un lado, la ciencia que demuestra su eficacia; por el otro, el temor y la desinformación. Pero lo que estamos viendo es un cambio de paradigma en la salud mental”.
Los estudios sobre psicodélicos buscan entender su potencial terapéutico con base en evidencia científica. En palabras de la Dra. Amezcua, “estas medicinas no son para escapar, son para regresar al centro”.
Y quizás esa sea la clave de esta nueva revolución: transformar las estructuras que históricamente han separado la salud mental del cuerpo, de la comunidad y del territorio.

