Ser migrante es no ser de aquí ni de ahí

La experiencia de ser migrante no es universal, pero quizá lo que sí lo es es esa sensación de no pertenecer.

ser migrante
Foto. Unsplash

Por: Dyan P.

En más de una ocasión he pensando en la posibilidad de un mundo paralelo en la que mi yo del pasado nunca tomó aquel vuelo con destino a Madrid.  Un mundo en el que nunca fui llamada migrante. 

Pero justo cuando idealizo aquella situación aparecen frente a mí miles de imágenes de personas, lugares, y momentos que guardo en el fondo de mis recuerdos.

Todo lo que soy se lo debo a lo que no fui. 

Me lo repito una y otra vez para tranquilizar a esta yo que aún teme haber elegido mal.

La colonización sigue

Este es el año en el que cumplo 17 años viviendo en Madrid. Justo la mitad de mi vida.

Lo irónico es que mi llegada a este país desde Perú está marcada por una fecha celebrada en España, el 12 de octubre. Fecha que señala el inicio del proceso de colonización, así como el genocidio de los pueblos originarios

Es una gran fiesta en la que se hace gala del poder político y militar. España se regodea delante de miles de migrantes de su capacidad de seguir expropiando, matando y poniendo trabas a nuestra manera de vivir. 

Hace algunas semanas, la presidenta de la Comunidad de Madrid dijo que los contagios de covid que se estaban produciendo eran culpa de nuestro estilo de vida migrante.  Y yo me pregunto, ¿qué es el estilo de vida migrante?

¿Acaso dejar tu vida entera para que al llegar a este país se te culpe de todo lo malo que sucede? ¿O tal vez que usen una y otra vez contigo la palabra “adaptación” como comodín a su incomodidad ante nuestra presencia? ¿O puede que sea hacer colas enormes de madrugada para renovar los papeles? ¿O a lo mejor sea ser el titular de algún periódico cuando el gobierno no sabe gestionar una crisis como la que vivimos ahora mismo?

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No pertenecer a ningún lugar

El cuestionamiento constante no es nuevo. Antes que yo ya había migrantes haciéndose estas y más preguntas. De hecho, cada día ahí fuera, hay una persona migrante pensando dónde está lo que fue, y dónde está lo que será. 

Yo llegué este tema por primera vez cuando escuché a una mujer de origen ecuatoriano decir que migrar es no pertenecer a ningún lugar. Que en Ecuador, ella es española y en España es ecuatoriana.

Esas palabras me impactaron y les di vueltas por varios días, pero nunca me atreví a platicarlo con mi familia, a preguntarles si sentían lo mismo o si el trabajo constante no les dejaba reflexionar sobre su identidad. 

Algún tiempo después, para tranquilizarme, me convencí de que eso no me pasaría a mí. 

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Volver y no encajar

Regresé a Lima una década después de mi partida, no sin antes ahorrar y hacer un trabajo emocional importante. A mis ojos, la ciudad había cambiado drásticamente, aunque conservaba ese color tan peculiar que acompaña al caos y al desorden, tan característico de una ciudad con más de ocho millones de habitantes. 

El primer encontronazo entre la chulería madrileña y la picardía limeña olvidada fue con mis primas. Ellas empezaron a imitar mis modismos, pensando que yo entendería que en Lima todos podemos ser objeto de burla. 

Mis tíos también hicieron comentarios: me dijeron que ya era española y que no era necesario que usara jergas peruanas para demostrar algo. 

Entonces comprendí que aquella declaración sobre la identidad migrante era cierta. Yo también pertenecería a ese ser y no ser. Y no sería nada fácil de llevar. 

Mi perspectiva con respecto a mi identidad ha ido pasando por muchas etapas, tantas que no cabrían en esta página. Si algo tengo que rescatar de todo ese trabajo de cuestionamiento y reconocimiento, es que mucho de lo que se espera de las personas migrantes es un arma de doble filo. Nuestra identidad se usa a conveniencia para decirnos qué somos o qué dejamos de ser. 

Incluso pasa en la academia, ¿cuán privilegiada puede ser una persona que estudia sobre las vivencias que no les cruzan?

Este sería el verdadero cuestionamiento para una persona que mira desde el otro lado de una vivencia y convierte los sentires que pesan y cruzan nuestros cuerpos todos los días en conceptos. 

Ser migrante nunca será fácil. Pero esa es nuestra identidad y nos pertenece.