Estoy scrolleando interminablemente, como siempre. Aparece un video del ‘Remolino’, un juego con esferas que giran contigo adentro mientras van hechas madre en un circuito metálico. Es una feria callejera. Hay una rola del Bogueto de fondo. Cuando el juego empieza a tomar velocidad, un moreno mamadísimo salta a la reja de “protección” de la taza (quienes hayan ido a ferias sabrán que las comillas son un reflejo fiel de lo poco que esas rejas te protegen).
La usuaria que subió el video a redes grita emocionada, le toca el torso al vato y pone monedas en el bolsillo de su pantalón. A ese video le siguen varios más. En uno hay un texto que aconseja: “¿Terapia? Nah, sólo necesitas ir a la feria a que te bailen unos chacales”.
El algoritmo me pone del lado del internet donde “el chacal” está al centro. Y tengo muchas dudas. Primero que nada, ¿qué es un chacal? La respuesta depende de a quién le preguntes. Para Olmo, que posa encapuchado y luciendo sus tatuajes para la cámara de la fotógrafa Montserrat Reyes, una de las primeras distinciones tiene que ver con la palabra ‘chaca’, de donde deriva «chacal»:
“ser un chaca es ser un güey que no respeta la autoridad y que vive su propia ley”, pero también es ser “alguien que todos los días sale adelante por su propia cuenta y que le vale verga lo que digan o piensen de él”.

Estas contradicciones no son casualidad. El universo del chacal nace de una realidad convulsa. Si vas a los diccionarios, la definición se refiere a una «persona peligrosa, agresiva». En su peor acepción, se asocia con el abuso sexual; en la más cotidiana, se usa para describir algo «feo, de mal gusto o de baja calidad». Sin embargo, en el México de hoy el término es indisociable de la racialización. Ser «chaca» implica ser un cuerpo prieto habitando una estética que históricamente ha sido criminalizada, una identidad que se mueve entre lo aspiracional y el fetiche colonial.
Cuando ser chacal no estaba “de moda”
Para Carlos, que creció en Iztapalapa y conoce a fondo la estética chacalona, tener una identidad asociada a lo barrial ha sido motivo de discriminación. «Hace muchos años había mucha discriminación por cómo te vestías. Te veían muy chacalón, muy ñero o muy tumbado y como que se espantaban… Incluso lo relacionaban con tu IQ, con tu inteligencia. Te veían vestido así y decían ‘ese güey ha de ser como tonto, ¿no?’. Me subía a las micros y yo veía como en corto la banda se guardaba el teléfono», explica Carlos.

Esta percepción tiene un respaldo estadístico: según la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS 2022) del INEGI, el 23.7% de la población en México ha manifestado ser discriminada por su tono de piel, manera de hablar o su forma de vestir y arreglo personal (tatuajes, ropa o accesorios). Pero Carlos admite que la percepción de la gente ha ido cambiando a medida que ciertos cantantes o tendencias de moda popularizan la estética chacalona.
“A través de los años, lo que he observado es que, mediante la música y la banda, han ido cambiando los estigmas. La moda fomenta una mayor apertura, independientemente de cómo te vistas. Está súper chingón eso. Ahorita hay más espacios en donde tú llegas así vestido y no hay ningún problema. Ya no hay ese pedo; al contrario, como que te ves exótico y dicen ‘a ver ese güey qué tiene que decir’”.

Olmo está de acuerdo en que el chaca ha traspasado el prejuicio que lo acompañó durante años: “El estilo chacalón es la pinta, el flow, lo tumbado; ahora sí que el estilo de la calle, mamá. Como todo, también se ha popularizado. En cierto punto fue mal visto, pero hoy en día llega a ser una imagen explotada por el capitalismo. Algunas cosas nacen por su cuenta y alguien encuentra la forma de capturarlo en un concepto. No está mal, es el curso de la vida”.
Cuando el chacal se despoja de significado
Los códigos visuales de la estética chacalona tienen una razón de ser; están ligados a marcas, siluetas y accesorios que han estado presentes en el estilo de ciertas comunidades barriales desde hace décadas.
Desde Tepito, Bryan Arias Morales (Afroñery), nos cuenta: “Yo cuando me arreglo uso tenis de los 90 o 2000. La cadena es raperona. La gorra es más bellaca. Me visto con esa fusión… Mi estilo es una forma de decir: mira, yo soy este. Nací en el barrio e incluso las marcas que uso, como Ed Hardy o los Jordan, mi papá se arreglaba con esa ropa. Habla de mis vivencias y de cómo crecí”.


Para Nayma Flores, fundadora de Melodrama —plataforma que analiza la moda desde una perspectiva crítica—, lo que suele pasar con la apropiación de la estética del chacal es que se borran esas vivencias y se centra en la utilidad que le brinda al sistema como objeto de consumo.
“Los chacales han existido siempre y su estética es un reflejo de sus contextos. El estilo viene de una raíz de practicidad por sus trabajos —en los juegos, en los tianguis, en la central—, pero eligen lo que les gusta porque tienen autonomía. No se visten así porque quieren ‘subvertir el sistema’ de forma académica; lo hacen porque es su realidad inmediata”, explica.
Por eso la apropiación de la estética chacalona desde la moda suele estar acompañada de una exotización que busca ‘consumir’ al otro sin habitar su realidad. La identidad de barrio se vuelve un producto con fecha de caducidad, algo que Nayma identifica como el ciclo de consumo de la hegemonía:
“El ecosistema digital siempre está buscando ‘lo nuevo’ para apropiárselo y el chaca es el sabor del mes. Lo usan mientras les sirve para verse cool, pero en cuanto la tendencia pasa, los sueltan. Se reduce a la gente a un objeto: mientras entretengan a la hegemonía todo está bien, pero nunca hay un compromiso real con sus contextos. El morbo se convierte en likes y la exotización en TikToks, pero se les sigue negando la agencia”.
Al final, este «fetiche civilizador» es una trampa. El sistema celebra al chacal en la pantalla de TikTok o en la cama, pero le sigue cerrando la puerta en la entrevista de trabajo o lo detiene en la esquina por «sospechoso».

En un video que acumula miles de reproducciones , el personaje de internet Nay Salvatori afirma que un chacal es “alguien que sirve para la suciedad, pero no para la sociedad… y jamás le presentarías a tu mamá”.
Para Raziel Sosa, fundador de la Nacademia, un espacio de pensamiento crítico y contrapedagogías barriales del sur global, esta dinámica es una actualización del racismo de siempre:
“Las clases dominantes consumen esas experiencias que no habitan como un safari erótico o sexual. Consumen al ‘chacal’ como si se tratara de un corte de carne que se sirve en un restaurante fino, pero no es la persona con la cual buscan crear vínculos o formar vida”.
Esto se vuelve evidente al asomarse a los videos de “humor” que abundan en redes para enumerar las ventajas de salir con un chacal: “Si les toca estar en una balacera, él se va a aventar por ti porque ha estado ahí mil veces” o “Quizá solo te va a llevar por un esquite, pero siempre va a pagar la cuenta”. Raziel lo identifica como parte de las “gramáticas del bestiario”: una herencia colonial donde la blanquitud necesita taxonomizar a los cuerpos prietos para deshumanizarlos. “Hay una parte del racismo que no busca la exclusión total, sino la inclusión por medio del consumo del otro. Se construye a estos hombres como una ‘bestia sexual’ o una ‘máquina de servicio’… Es una mirada que los despoja de su humanidad para convertirlos en un fetiche que refuerza la jerarquía de quien los consume”.

A pesar de esta carga colonial, el término está viviendo una resignificación desde adentro. Para Raziel, esta tensión es propia de un momento de transformación: “Estamos en un periodo bisagra en donde muchos de los términos asociados a las marginalidades urbanas están siendo reivindicados por las personas que habían sido discriminadas con ellos. El término ‘chacal’ pasa de ser sólo exotizante y cosificante a nombrar un capital erótico propio… y disputa el lenguaje de la animalidad”.
Paul, otro de los fotografiados por Montserrat, explica que “ahorita lo chacalón está en un momento muy explosivo. Ya está tan normalizado que eso nos ha permitido a las personas chacalonas reales expresarnos mejor, tanto en nuestra forma de hablar como en nuestra vestimenta”.

Así que no hay una sola dirección para el concepto “chacal”: es un término con origen discriminatorio, es el fetiche de algunas personas privilegiadas y, al mismo tiempo, es el motivo de orgullo de la banda que creció viendo estos referentes en las calles de su barrio. “No existen ni víctimas ni victimarios porque al final es gente que tiene agencia. No es que no sepan qué se está consumiendo de ellos, sino que lo usan a su favor”, concluye Raziel.
Reconocer la agencia y la dignidad de los otros también implica aceptar que el deseo no sucede en un vacío de poder ni sobre “cuerpos” pasivos. Lejos de las teorías académicas, la vivencia del barrio tiene su propia contundencia.
Oski, fotografiado en Iztapalapa, lo resume mejor que nadie: “El estilo tumbado chacalón siempre es el que va a bufar: bufa, rebufa y bufa aquí en la zona. Nunca he visto que se haya perdido porque siempre se va a traer desde la sangre. Claro que hay gente que se tuvo que ocultar porque sentía que ser chaca era algo malo, pero a la verga: aquí uno siempre ha sido real”.

*La edición y cuidado editorial de este texto es de Ale Higareda; el bellísimo trabajo fotográfico y en campo lo realizó Montserrat Reyes. El cuidado gráfico es de Celina Huus.



