Por Nicole Martin
Soy feminista y me encanta el reggeatón. Más de una vez me dijeron, incluso alguna compañera, que eso es una contradicción. Que no se puede luchar por nuestros derechos y escuchar canciones donde somos sexualizadas.
En mi feministómetro pesan otras cosas: la sororidad, la justicia social, la empatía y, sobre todo, el deseo de emancipación. La palabra es deseo, la acción es deseo y la lucha es por desear en nuestros propios términos. Si deseo escuchar, bailar y gozarme un reggaetón sucio, ¿soy una mala feminista?
A Julieta Cazzucheli le pesa esa pregunta desde los 20 años. Estudiaba cine y vivía con su hermana, quien estaba muy involucrada en el movimiento feminista. Discutían acaloradamente sobre si su música favorita era o no machista. Por entonces, Juli encontró una grieta entre feminismo versus reggaetón. Diez años después, le dedicó un libro: “Perreo, una revolución” (Penguin Random House, 2025).

Cazzu nació en las yungas selváticas de Jujuy, al norte de Argentina. Comenzó en bandas de cumbia, lanzó su primer disco solista “Maldade$” en 2017 y, poco después, se coronó como la “Jefa” del trap. En discotecas, antros y también en importantes estudios y productoras, le tocó defender lo suyo. En su historia hay muchas mujeres. El libro las nombra y reivindica.
Cuenta varias anécdotas en la que un hombre poderoso intentó dominar su arte. Sin siquiera mirarla a los ojos, intentaron imponer canciones con un molde genérico, que categorizaban como “música femenina” y ella siempre odió. Mansplaining, comparaciones y menosprecio.
«Gatitas convertidas en lobas» (Hello Bitche$, 2017)
Una declaración de Vico C, el de “La vecinita tiene antojo”, le sirvió como ejemplo perfecto. Él criticó a las mujeres del género urbano, porque no es lo mismo que los hombres sexualicen a las mujeres que ellas se sexualicen a sí mismas. Ella revierte la idea: una mujer no se devalúa al sexualizarse, se revaloriza cuando se apropia de su deseo en un mundo hecho para el placer masculino. Y, de hecho, la mujer que se narra en el reggaetón sabe lo que quiere y cómo lo quiere. Incluso a veces lo pide directamente (“Dame más gasolina”).

Aquí alguien se enojará y recordará alguna frase machista del reggaetón. Aunque cualquiera pueda reconocer la letra de una canción explícitamente violenta -y, de hecho, mi primera nota periodística fue sobre esto, con entrevistas a otros varones iluminados que señalaban la ignorancia de las mujeres que escuchan reggaetón-, ningún género se salva del patriarcado. En el consagrado rock hay más de una violación, y la salsa o el flamenco también se inscriben en el mismo sistema.
“Las que cuentan money son las que no lloran” (Chapiadora, 2018)
Cazzu resalta que, muchas veces, la fama de las mujeres llega con una aventura o desventura vinculada a un hombre. Cuando su nombre salió en los medios junto al de Bad Bunny en 2018 y, más tarde, con Christian Nodal, ella tenía algo más que mostrar: su arte. “Cuando una mujer capitaliza sus desgracias, compone un acto de justicia”, dispara.
En “Perreo” habla del dinero con mirada de género y clase. Reconoce que en la música urbana hay muchas personas que vienen de contextos precarios y, por eso, las letras sueñan con dinero o presumen lujos -lo que en este universo se llama “fronteo”-. También recuerda la violencia económica que vivió su mamá, que un día sentó a sus hijas y les dijo que nunca, nunca, dependieran de ningún hombre. Para ellos, el dinero es poder; para ellas, libertad. Quizá, mientras Cazzu escribía esto, ya luchaba por la cuota alimentaria y los permisos de viaje de su hija Inti.
“No hay supremacía que me pueda poner un bozal” (Jefa, 2022)
Elige un cuento de 1892 para representar el silenciamiento. En “El empapelado amarillo”, de Charlotte Perkins, un hombre encierra e intenta manipular a una mujer que acaba de parir, hasta el punto de enloquecerla y convertirla en un monstruo. Han pasado 133 años de esa historia, pero todavía hay hombres que intentan callar a las mujeres cuando dicen lo que piensan, hacen música explícita o salen del molde de lo “femenino”.

Pero Cazzu no se queda callada. Ni cuando un reggaetonero la caga, ni cuando otros hablan por ella, ni mucho menos cuando un hombre intenta controlarla con dinero o poder. En su libro deja claro que su arma son las palabras y que inspirar es su mayor éxito. Aún con miedo a equivocarse, ya sea por crudeza o dulzura, elige hacer música. En su primer libro tatúa un deseo: dejar de ser impulsada por el dolor, y aunque quizás no sea para ella, sí para las que vienen.

