Iniciar una Terapia Hormonal de Afirmación de Género (THAG) en México suele ser una carrera de obstáculos. Para muchas personas, la salud trans en México no se limita a una consulta médica; es enfrentarse al desabasto sistemático en farmacias, al aumento injustificado de precios y a la discriminación de un sistema que ignora sus identidades. En un contexto donde el acceso a medicamentos básicos es un privilegio, la comunidad ha pasado de la resistencia individual a la creación de redes de acompañamiento para sobrevivir a la violencia farmacéutica.
El desabasto de hormonas: La experiencia del cuerpo en pausa
La terapia hormonal de afirmación de género consiste en la toma de hormonas para alinear las características físicas con las deseadas por una persona. Se trata de una herramienta de salud integral fundamental para reducir la disforia y garantizar que el cuerpo sea un espacio habitable, digno y más amable para quien lo habita. Varios estudios muestran que esta terapia mejora la calidad de vida y disminuye la depresión y la ansiedad en personas trans, siempre que se haga con seguimiento médico especializado. No es una solución mágica ni está exenta de riesgos, pero para muchas personas es un pilar clave dentro del cuidado integral de la salud.
La narrativa de la salud trans en México ha estado históricamente marcada por el absurdo. Son incontables los testimonios de personas que recorren cinco o seis farmacias en una misma tarde, que hacen llamadas telefónicas interminables a distribuidores que no dan respuestas y que tienen la sensación constante de que su bienestar depende de un hilo logístico que no les toma en cuenta. Este hartazgo no es solo mental; se manifiesta en el cuerpo.
“Hubo un tiempo que no encontré testosterona. Eso me generó mucha ansiedad porque dije, ‘puedo lidiar con esto una vez, pero si esto me está pasando varias veces en el año, no sé si va a afectar también mi cuerpo’… Empezaba a sentir temblor, me dolía la panza, el pecho y empezaba a sentir que no tenía la certeza de que algo iba a suceder. Mucho descontrol”, explica P, miembrx de la comunidad no binarie.
Para M, usuaria de THAG, “saber que de no haber abasto o que por temas económicos no vas a poder subsidiar tu terapia es preocupante, porque no quieres retroceder en el proceso de desarrollo personal”.
Es una realidad que cuando una persona trans se ve obligada a pausar su terapia por falta de insumos, la incertidumbre se vuelve sensorial. Aparece el miedo y la fatiga de tener que explicar, una y otra vez, por qué ese medicamento es vital para su proceso de afirmación.
También pueden reaparecer síntomas menopáusicos, menstruales o vivirse retrocesos en el proceso.
Violencia farmacéutica: El sistema de salud trans en cifras
Para entender la magnitud del problema hay que mirar las cifras, porque la violencia farmacéutica tiene datos y son altísimos. Una encuesta reciente, realizada a más de 500 personas trans que viven en México, revela que el sistema de salud está prácticamente diseñado para el bache. Los números son contundentes:
- 4 de cada 10 personas han vivido el desabasto de hormonas en el último año
- Más de la mitad se ha visto obligada a pausar su proceso por razones económicas, falta de especialistas y desabasto de medicamentos.
Este panorama evidencia que el sistema de salud trans en México no es neutral. Está diseñado para quienes pueden costear precios exorbitantes o no enfrentan prejuicios bancarios. Para el resto de la comunidad, el acceso a la salud se convierte en un rompecabezas al que siempre le faltan piezas esenciales. Sin embargo, el laberinto no termina con el dinero; además de las trabas financieras existe una grave discriminación médica y violencia clínica. P explica:
“Cuando compré mis dosis de testosterona, el trato que recibía dependía mucho de la persona que estuviera ahí. De las 20 veces que fui, en 15 me malgenerizaban, me preguntaban por qué me quería inyectar, me decían que eso no era para mí. Recibía mucha discriminación y mucho cuestionamiento sobre mi terapia”.
Es aquí donde la «sensación» de exclusión se convierte en una realidad estadística: el sistema farmacéutico tradicional trata la salud de las personas trans como un glitch, ignorando que detrás de cada proceso hay un proyecto de vida que no puede esperar. Sobre la falta de servicios en el resto del país, A, usuaria de Terapia Hormonal de Afirmación de Género (THAG), explica: “no existían estos servicios o estos espacios para en los otros estados. Y si existen, son muy caros, muy difíciles o muy violentos. Acá somos más las que nos autohormonamos, acá somos más las que compartimos entre nosotras qué ponerse, qué no ponerse, qué tomarse, cuándo tomárselo, etcétera”.
Pero esta historia tiene un vuelco esperanzador y la existencia de Magistrans lo prueba: cuando hay voluntad para crear alianzas éticas entre laboratorios y otros aliados estratégicos, las piezas encajan para sostener la vida y garantizar el acceso a hormonas de forma colectiva y digna.
¿Qué es Magistrans? Hackear el acceso a la salud desde la comunidad
Cuando las cifras de desabasto y la frialdad clínica se vuelven una violencia cotidiana, la única opción es empezar a construir lo propio. De esa urgencia nació Magistrans, un proyecto que emerge desde la experiencia viva de sus fundadorxs. Nerea Aragonés, fundadora y CEO del proyecto, recuerda con claridad lo que significó empezar su propia THAG en medio de este caos:
“Viví un proceso agotador: cambios constantes de medicamento, dificultad para conseguirlo y muchas veces consecuencias físicas y emocionales por esa inestabilidad”, relata. Para Nerea, el clic fue inmediato: el problema no era solo que “no hay hormonas”, sino la forma en que estas están pensadas, distribuidas y hechas accesibles.
La apuesta de Magistrans fue, desde el día uno, hackear ese acceso a través de la colaboración. Entender la logística como una forma de activismo permitió encontrar aliados clave en la industria que sí estuvieron dispuestos a abrir la puerta. En este camino, el apoyo de aliados como Farmacias Magistrales y de diversos laboratorios fue fundamental para demostrar que es posible construir una cadena de suministro ética y transparente. Lejos de la indiferencia de las grandes cadenas, estos aliados permitieron que la distribución de hormonas se hiciera desde otro lugar: al ser un proyecto hecho por y para la comunidad trans, busca construir un acceso a terapias hormonales desde un lugar empático, combatiendo la violencia estructural ejercida por el sector de salud y visibilizando una brecha enorme.
Autogestión y derechos: El futuro de la salud trans en México
Sin embargo, construir una alternativa en un sistema diseñado para excluir implica enfrentarse a muros invisibles (y muy caros). La autogestión es una batalla burocrática constante que no solo ocurre en el consultorio o la farmacia, sino también en las pantallas.
La encargada de operaciones de Magistrans, explica que levantar este proyecto ha significado navegar un mar de exigencias financieras que a otros sectores no se les imponen con tanta saña. El bloqueo no vino solo de la regulación médica, sino de los procesadores y agregadores de pago, quienes pusieron trabas excesivas para que el proyecto pudiera cobrar digitalmente por sus servicios.
“Nos pidieron muchísima documentación: certificaciones internas, de proveedores, procesos extra… requisitos que no eran equivalentes a los que se le solicitan a otras empresas del mismo sector”, explica. Aunque la regulación es esperable al tratarse de medicamentos, estas exigencias desproporcionadas revelan un sistema financiero que aún mira con sospecha y estigma los proyectos de salud trans.
Es en estas trabas donde se revela la verdadera cara del sistema: las grandes estructuras no suelen ver a la comunidad trans como una prioridad. Muchas veces, el único acercamiento que tienen es a través de la lógica del mercado o del pinkwashing, pero cuando se trata de garantizar el abasto y facilitar la operación, el compromiso desaparece.
Sostener la vida: una red que transforma el miedo
Pese a los obstáculos, la red se concretó. Y cuando la salud se gestiona desde la propia comunidad, el alivio deja de ser un hallazgo individual para volverse una certeza colectiva.
Irene Valdivia lo vivió de cerca al ver cómo esta estructura impactaba en su círculo más íntimo. “Yo acerqué a dos amigos al proyecto y fue muy fuerte verlo, porque les tres llevábamos años autohormonándonos por falta de servicios adecuados en nuestro estado”, relata. El momento de decirles “ya no tienen que seguir resolviendo esto solxs y con miedo” fue, en sus palabras, profundamente emocionante. Cuando dejas de preocuparte por el suministro, empiezas a preocuparte por vivir.
El derecho a la salud no es un favor
Ejercer el derecho a la salud no es recibir un servicio a medias que además, debamos agradecer. Para proyectos como este, la urgencia es pasar de un modelo que solo atiende emergencias o «apaga fuegos» cuando el desabasto ya ocurrió, a uno que sea capaz de acompañar la cotidianidad de forma integral y humana, apapachadora:
La salud trans no puede seguir siendo tratada como una serie de consultas aisladas; debe ser entendida como un proceso continuo que atraviesa cómo habitas tu cuerpo, cómo trabajas, cómo te relacionas y, fundamentalmente, cómo imaginas tu futuro.
Merecemos salud con suavidad y ligereza
Las personas trans merecen transiciones que no se sientan como una guerra contra la burocracia. El modelo que hoy vemos nacer nos muestra que el acceso a las terapias hormonales puede venir desde un lugar ético y solidario, que podemos acompañar procesos donde habitar el cuerpo sea seguro, donde haya salud con suavidad y ligereza. Y donde nos entreguen, junto con las recetas, un poco de ese apapacho que tanta falta nos ha hecho en el camino.
Nota de edición: Esta pieza fue construida a partir de los testimonios de lxs fundador@s y team de Magistrans y de las experiencias de usuaries que han decidido dejar de esperar a que el sistema cambie para empezar a cambiarlo ellxs mismxs.

