Roberto Zedillo Ortega y Estefanía Vela Barba / Intersecta
El pasado 8 de marzo, mientras las calles de México se pintaban de violeta y miles de mujeres exigían sus derechos (tan solo en CDMX, Monterrey y Guadalajara fueron más de 150 mil), la imagen en Campo Marte era otra: uniformes verde olivo y una ceremonia oficial del Ejército. Ahí, la presidenta Claudia Sheinbaum conmemoraba el día con las fuerzas armadas.
Ver a la primera mujer presidenta encabezar un acto militar para el 8M nos sacó a muchas personas de onda. Las críticas no tardaron en aparecer en redes, organizaciones y colectivas (incluyéndonos en Intersecta). La respuesta oficial fue envolver el acto en una narrativa de ‘justicia’. Según Sheinbaum, la idea era reconocer a las mujeres que “nos cuidan a todos” y “al haber [así] justicia, hay disminución de desigualdades. Y al haber disminución de desigualdades, se erradica la discriminación. Y el objetivo: erradicar la violencia contra las mujeres”. Arturo Zaldívar, Coordinador General de Política y Gobierno en la Presidencia, incluso dijo que las críticas eran una forma de “borrar” a las soldadas. Su postura dejaba ver que, para el gobierno federal, la presencia de mujeres en instituciones históricamente masculinas es por sí misma una victoria feminista. Pero, ¿realmente basta con que las mujeres estén ahí para cambiar el sistema?
En este texto queremos reflexionar juntes sobre la postura de la presidenta. Lo de Campo Marte, más que una sorpresa, nos parece un resultado lógico del papel que tanto ella como el presidente que la antecedió le han dado a las fuerzas armadas. Pero hay algo más: la relación entre feminismo y militarismo es compleja y no siempre tan opuesta como podríamos creer.
Históricamente, existe una tradición feminista que ha buscado la inclusión de las mujeres en las instituciones, asumiendo que con eso se garantiza la igualdad. Y entender esto es importante no para dejar de cuestionar, sino hacerlo con más puntería. Revisemos entonces cómo el gobierno federal mexicano —hoy encabezado por una mujer que se nombra feminista— ha empoderado a las fuerzas armadas, y el choque de realidades que esto significa para los feminismos.
El empoderamiento de las fuerzas armadas
Hay que empezar por decir que el ver a los militares en espacios fuera de sus cuarteles no empezó con Claudia Sheinbaum, con AMLO ni con Calderón. En México, las fuerzas armadas nunca se han dedicado sólo a lo estrictamente militar. Seguro las ubicas en tareas de rescate tras un sismo o una inundación, o en operativos contra las drogas. Por décadas han estado ahí, en tareas que, por definición, no son militares. Pero lo que ha pasado en años recientes es otra cosa: su presencia se ha vuelto mucho más central en el discurso oficial y en las tareas del Estado. Este empoderamiento, que tomó gran fuerza con AMLO, hoy sigue su curso bajo el mando de la presidenta Sheinbaum.
AMLO logró una asociación que, honestamente, muy poca gente veía venir: la de la izquierda con las fuerzas armadas. Desde que tomó el mando, el expresidente impulsó la idea del Ejército como “pueblo uniformado”, una institución “revolucionaria” con “pocos quiebres” en su historia. Incluso cuando la evidencia de violaciones a derechos humanos era innegable, su respuesta fue blindar a las fuerzas armadas, diciendo que las faltas de “uno, dos, tres, 10, 20” soldados no tenían “por qué manchar a toda una institución”. Para él, los más altos mandos de Marina y Defensa eran simplemente “incorruptibles” y leales a la patria. Este giro en la narrativa fue fundamental: bajo esa lógica, los militares no son un brazo opresor del Estado, sino la encarnación misma del pueblo y de un proyecto autodenominado de izquierda.
Claudia Sheinbaum terminó de amarrar esta visión con el componente feminista. Para ella, las fuerzas armadas no sólo son “pueblo uniformado”, sino la “garantía de que México decidirá su destino con independencia”. En muy poco tiempo, la presidenta ha llenado de flores a estas instituciones: desde llamar a la Fuerza Aérea “protagonista silenciosa de innumerables acciones en favor del país” hasta decir que el Ejército “es único en el mundo” porque “no viene de las élites”.
Pero el giro más fuerte es que usa el género para validar esta estructura: dice que las mujeres militares “representan [la] valentía en una de sus expresiones más nobles” y que “el amor por la patria no tiene género”. Ella misma ha tomado “a mucha honra” el título de Comandanta Suprema, enfatizando esa “a” como símbolo máximo de transformación: una institución históricamente masculina, hoy “sometida” al mando de una mujer.
Este empoderamiento de las fuerzas armadas no se ha quedado en palabras: vino con una estrategia real para darles cada vez más recursos y control. Más allá de la seguridad pública, desde 2018 las secretarías de Marina y Defensa le han entrado a todo: hoy gestionan al menos 19 aeropuertos, construyen trenes, vigilan aduanas y fronteras, contienen la migración, y hasta hacen tareas de protección ambiental. También se volvieron empresarias y administran al menos 15 empresas de participación mayoritaria del Estado. Y hablando de dinero, las cifras son impresionantes: nada más entre 2018 y 2024, el presupuesto que gastó la secretaría de Defensa se duplicó y el de la Marina casi se triplicó (creció en 174%). Ambas gastaron más con AMLO que en los cuatro sexenios anteriores. Incluso, en 2024 se reformó la Constitución para permitirles algo que todavía estaba prohibido: quedarse de forma permanente en tareas de seguridad pública.
Por eso, ver un 8M lleno de uniformes verde olivo no tendría que sorprendernos: las fuerzas armadas son centrales en el gobierno de la presidenta Sheinbaum. Sin embargo, aquí hay un punto que nos urge analizar: este impulso por mantener al Ejército —pero ahora con paridad de género— no es algo ajeno a los feminismos; al contrario, ha sido parte de ellos por mucho tiempo.
¿Por qué nos mueve ver a una mujer como comandanta suprema?
Hay que reconocer algo: desde su elección, ver a Claudia Sheinbaum como la primera Comandanta Suprema generó una chispa de emoción en muchísimas mujeres. Lo mismo pasa cuando se escucha que hay más paridad de género en las fuerzas armadas. Pero, ¿por qué existe ese efecto? Importa mucho entenderlo.
Un buen punto de partida es reconocer cómo, en México, históricamente nos han inculcado estereotipos sexistas para definir qué es ser “hombre” y ser “mujer”. Ahí está la famosa Epístola de Melchor Ocampo, que hasta fue parte de nuestras leyes: decía que los hombres eran “valientes” y “fuertes”, mientras que las mujeres eran “débiles”, “abnegadas” y “bellas”. Bajo esa lógica, tenía sentido que “la protección” y el mando de las armas correspondiera a ellos, mientras que a ellas sólo les quedara “la obediencia”. Romper con esa lógica, incluso dentro de lo militar, se siente como una grieta en el guión que dicta aquello que debemos ser.
Las ideas sexistas no se han ido del todo. Por ejemplo, el servicio militar sigue siendo obligatorio para los hombres y voluntario para las mujeres.1 Además, las fuerzas armadas siguen siendo de los espacios con menos paridad: aunque las mujeres son 52% del sector público federal, en la Armada representaban sólo el 24% en 2025. En la Guardia Nacional hoy son apenas el 20.8%, en el Ejército el 9.6% y en la Fuerza Aérea tan solo el 6.7%. Con estos números tiene sentido que ver a una mujer al mando, invitando a más morras a unirse a las filas, se sienta como una reivindicación. Es como decir, “¿ven que las mujeres sí pueden pelear, mandar y defender?”
Hay dos cosas más que pueden explicar este entusiasmo. Primero, las fuerzas militares son muy populares: a finales de 2023, la gente confiaba más en el Ejército y la Marina que en las iglesias o en sus propias vecinas y vecinos. Entrar ahí significa ser parte de instituciones que la sociedad respeta. Segundo, la milicia ofrece algo que falta en muchos otros lados: ingresos y prestaciones reales. No solamente dan educación gratuita: también acceso a una casa, comida, ropa y un sueldo digno. Para muchas mujeres y sus familias, el uniforme puede ser uno de los pocos caminos para la movilidad social.
Visto así, criticar que las mujeres se unan al Ejército puede parecer casi una forma de negarles oportunidades básicas. Al cuestionar a Sheinbaum por reivindicar al Ejército, ¿no estaremos —como dice Zaldívar— minimizando lo que esta institución significa histórica, simbólica y económicamente para miles de mujeres?
El gran reto para los feminismos
Nuestra crítica a la apuesta de Sheinbaum no es gratuita: responde a algo que muchas voces han señalado antes. La realidad es que la actuación de las fuerzas armadas vulnera sistemáticamente los derechos de las mujeres y de muchas otras poblaciones. Puertas adentro, las reclutas enfrentan discriminación y violencias sistémicas, desde agresiones sexuales hasta posibles feminicidios que siguen sin resolverse. A eso hay que sumar la exclusión que castiga a quienes viven con VIH, a las personas con discapacidad o a quienes deciden ser madres. Todo esto en instituciones diseñadas para la guerra, y que por eso tienen mandos armados, un sistema de justicia propio —del que casi no se sabe nada— y el permiso legal de ocultar información que otras autoridades deben hacer pública.
Pero el daño también se siente afuera. Por su propia lógica de guerra, la acción militar suele ser muy violenta: al detener personas, las fuerzas armadas son más propensas que las policías a agredirlas física, psicológica o sexualmente. Cuando se trata de mujeres detenidas, el acoso, el exhibicionismo y el intento de violación tienen frecuencias alarmantes. Incluso en obras de infraestructura dirigidas por el Ejército, trabajadoras y trabajadores han reportado acoso, hostigamiento y abuso laboral, muchas veces bajo la amenaza directa de las armas.
A eso se suma la violencia de la Guardia Nacional contra migrantes, las condenas internacionales a México por agresiones sexuales y tortura del Ejército contra mujeres civiles (muchas de ellas indígenas) y un dato que no podemos ignorar: tan solo entre 2020 y 2023, la Secretaría de la Defensa acumuló 1,664 quejas ante la CNDH.
Hay una última situación que es necesario tener en cuenta: cada peso que el gobierno de la presidenta Sheinbaum le entrega a los militares es un peso que se le quita a otras causas urgentes. Mientras el presupuesto de Defensa y Marina crece sin parar, lo que se asigna para frenar la violencia de género, prevenir la discriminación o buscar a personas desaparecidas se queda en lo mínimo. Cuando en Intersecta revisamos el gasto público de 2021, los datos fueron muy claros: el gobierno gastó más dinero tan solo en los viajes de los militares al extranjero que en los refugios para mujeres víctimas de violencia a lo largo del país. Además, todo el presupuesto de la Comisión Nacional de Búsqueda equivalía apenas a lo que la Secretaría de la Defensa gastó en cosas como hule, cuero, piel y plástico.
Por todo lo anterior, creemos que las prioridades políticas de los feminismos están ante un dilema urgente. ¿Realmente toca celebrar la llegada de una Comandanta Suprema, cuando las fuerzas que ella encabeza reprimen, discriminan y violentan incluso a sus propias reclutas? ¿Los esfuerzos feministas deberían enfocarse en que haya más mujeres en una institución que hace la guerra, y en que estas ocupen mejores cargos ahí? ¿Es posible imaginar caminos que no sean verde olivo para que las mujeres tengan sueldos dignos, prestaciones deseables y un empleo socialmente reconocido? ¿No sería mejor empujar a que los recursos del gobierno se inviertan en otro tipo de instituciones?
Porque si el paradigma es militarista, ¿a quiénes sirven realmente los feminismos? ¿Qué valor aporta la inclusión de las mujeres, cuando ésta sólo funciona para agredir migrantes, violentar derechos, encubrir injusticias o torturar civiles, ahora bajo el mando de una Comandanta Suprema?
- Valga decir que, desde Intersecta, hemos defendido que el servicio militar en todo caso también debería ser voluntario para los hombres, más que ser obligatorio para las mujeres. ↩︎



