A veces siento que mi cerebro es como la compu cuando se queda trabada: mucho ruido, mil notificaciones y la sensación constante de que algo se está ‘ejecutando’, o me falta, o que voy tarde a ningún lado. Y aclaro, no es que me esté pasando nada «malo» en el sentido más usado de la palabra; es que a veces siento que la vida adulta está sobradísima de triggers que me dejan con el sistema de alerta siempre encendido.
Seguro te pasa: te vuelves experta en detectar red flags, en identificar qué te pone de malas, qué te bajonea y en enlistar todo lo que te genera ansiedad. No es sostenible. Hace poco descubrí que el truco para no vivir al borde del colapso no es ignorar el caos, sino aprender a mirar hacia el otro lado. Ahí es donde entraron los glimmers a mi vida.
Una herramienta que no sabía que necesitaba
Si los triggers son las señales que nos activan y nos ponen en modo supervivencia (ya sabes, luchar o huir) los glimmers –literalmente, ‘destellos’– son su contraparte exacta: son micromomentos que mandan una señal al sistema nervioso: “en este momento, mientras miramos, escuchamos, olemos, sentimos, saboreamos esto, estamos a salvo”.
Empecé a mapear esta conversación conmigo gracias a este artículo que explica cómo podemos hacer pequeños giros en el día para reorientar el sistema nervioso hacia la calma y la seguridad. El término lo acuñó Deb Dana, una terapeuta que explica que estos destellos de calma, belleza y presencia nos devuelven la sensación de conexión. No me refiero a la felicidad eufórica de las películas, sino a esas experiencias sutiles y, para mí, poderosas. Hablo del segundo en el que un color, una canción, una textura, un sabor –como la sopita de Ratatouille– logra que tu respiración por fin le gane la carrera a tus pensamientos.
El arte de dejarse hechizar
Estoy practicando el hábito de mirar y sentir lo bello. Hace poco estuve en el mar: me invitaron a conocer el hotel Moxy Tulum y la verdad que fue una experiencia suuuuper chida. Hice un viaje relámpago, pero muy reparador porque así lo decidí. Antes comprobé que puedes estar frente a la playa más espectacular del mundo y seguir con el sistema nervioso en modo «alerta». Pero esta vez fue distinto: llevé mi laboratorio personal muy a la vista y permití que el entorno me hechizara a través de los detalles. Me di cuenta de que mi cerebro no necesitaba relax en abstracto; buscaba glimmers específicos.

Sucedió mientras me quedé mirando unas cenefas de arcilla roja con diseños geométricos. Algo en esa repetición, en la calidez del material y en el diseño, hizo que mi mirada finalmente se detuviera. Fue el primer «estás aquí» que mi cuerpo registró. A partir de ahí, los glimmers empezaron a aparecer en cascada: la humedad cálida y el olor a copal al entrar a un temazcal, el esfuerzo rítmico de mis piernas al pedalear en bici para alcanzar a ver el amanecer frente al mar, o esa pausa mental absoluta durante una clase de yoga.

El privilegio de la pausa y la intimidad del hogar

Sé que tengo el privilegio enorme de poder hacer estos viajes y desconectarme en un entorno diseñado para el goce. No todas las personas tenemos la posibilidad de escapar al Caribe cada vez que el ruido mental se vuelve insoportable. Sin embargo, este viaje me dejó algo más valioso que broncearme y hacer selfies en el mar: me dejó la convicción de que la mirada se entrena. Hoy estoy convencida de que esa capacidad de embelesarse depende de nuestra disposición para encontrar lo sorprendente en lo cotidiano. La encuentro cuando me detengo a escuchar el sonido de la aguja tocando un vinilo justo antes de que empiece la música. Está en mirar el vapor que sale de mi taza de café, en las formas de un parqueadero de bicicletas; en la luz de la tarde que rebota en las plantas.
Re-cableando el sistema
sin manual de instrucciones
No es sólo un pienso idealista y hippie: percibir lo bello y beneficiarse de esto tiene ciencia detrás. Resulta que nuestro cerebro es súper maleable (neuroplasticidad, le dicen las personas que saben). Por evolución, estamos programadxs para enfocarnos en lo negativo porque eso nos mantenía con vida cuando había peligros afuera. Cuando nos permitimos esos momentos de pausa —frente al mar o frente a las plantitas de la repisa en casa—, estamos creando nuevas rutas neuronales. Literal, es enseñarle a nuestras neuronas que también se vale descansar y que el bienestar es un estado que se puede cultivar.

Hacer de la mirada una resistencia
Entrenar la mirada para buscar glimmers es, en el fondo, un acto de resistencia. En un mundo que se beneficia de nuestro agotamiento y nuestra distracción, pausar para admirar la geometría, un amanecer o hacer un ritual es reclamar nuestra soberanía sobre el cuerpo y la atención.
No necesitamos que todo sea perfecto para estar bien. Solo necesitamos aprender a recolectar esos pequeños brillos que nos recuerdan que, a pesar de todo, aquí y ahora, podemos sentir bienestar, tomar aire y seguir frente al mundo.
*Gracias a Moxy Tulum por las atenciones recibidas durante mi estancia y por crear un entorno donde estos glimmers fueron aún más fáciles de encontrar.

