Libera a tu bruja interior: el poder sanador de hacer rituales

Miranda Campos nos cuenta cómo los rituales y la reflexión sobre su bruja interior se ha hecho parte de sus procesos como feminista y persona con discapacidad, además de espacios de apapacho, conexión con otres y cuidado de su salud mental.

Foto de Karolina Grabowska en Pexels

Por: Miranda Campos 

He vivido con emoción la resignificación del término bruja, y aunque suele ser referido como algo del pasado, este 2020 y 2021 me ha hecho sentir que la magia está más viva que nunca. 

De la mano del feminismo y mis procesos como persona con discapacidad, la brujería y hacer rituales se han convertido en un espacio placentero para apapacharme, cuidar mi salud mental, conectar con otres y con mi cuerpa revoltosa

Priorizando mi autocuidado, hace unos meses me regalé una lloradita, de esas que te reinician el alma. 

¿Cómo llegué a ella? Gracias a un ritual. Liberando a mi bruja interior y construyendo uno de los significados que tiene para mí esa palabra: ser protagonista de mi historia.

Las cadenas de las brujas: la hoguera patriarcal

Siglos traemos a cuestas las mujeres de ser señaladas como «brujas», por no seguir las normas, por incitar cambios, gestionar espacios, ser líderes que buscan reivindicar nuestro papel en sociedad. 

Esta lucha continúa con procesos de repensar, rechazar lo patriarcal y centrarnos más en una resignificación simbólica y hasta espiritual que nos coloque en el centro. Abriendo puertas para escuchar historias que nos quisieron negar o incluyendo narrativas que son invisibilizadas, las mujeres seguimos explorando el poder de utilizar nuestra voz para contar nuestra realidad.

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Las brujas reclaman y reivindican conocimientos y poderes femeninos, presentes o pasados. Ya no más «brujas malvadas», «malignas», «Evas pecadoras«, que el binomio mujer-maldad sea más cuestionado y que las brujas malas sean descritas bajo términos propios. Hola Liliths, brujas del vodoo, wiccanas, lectoras del tarot, astrólogas, herbolarias, espiritistas, curanderas, brujas empoderadas, fuertes, orgullosas y creativas.

Para descubrir qué tipo de bruja era, entendí que tenía que comenzar por nombrar lo que sentía, pensaba, lo que dolía y deseaba.

Nombrar a tu bruja interior en tiempos de pandemia

Ir más allá de nuestro nombre, edad, ocupación y un par de hobbies, suele ser complejo y más en una sociedad capitalista como la que habitamos. Preguntas como ¿Quién soy?, ¿qué deseo? podrían ser complicadas de responder y más ahora en pandemia ante la incertidumbre y el duelo que hemos atravesado por el cambio en nuestra normalidad. Definirnos en un escenario así es complejo mas no imposible, tenemos la magia. 

Luisa Teish, en su libro Jambalaya: The Natural Woman’s Book of Personal Charms and Practical Rituals, retoma la definición de «magia» de la ocultista, Dion Fortune como «el arte de cambiar la conciencia a voluntad». Dicho eso, creo que muchas mujeres en estos dos años han llenado las redes sociales de magia, abriendo espacios seguros, armando proyectos increíbles, apelando a la conciencia de las personas sin dejar a un lado sus luchas individuales y colectivas. El confinamiento y la pandemia no fueron barreras para la magia. 

Las mujeres con las que me he encontrado en espacios virtuales hemos coincidido que la pandemia ha sido un momento que nos ha permitido cuestionar vínculos, hacer amigas, ha contribuido a cambiar muchas ideas preestablecidas, atravesar estos tiempos y sanar en más de un sentido.

La magia de las brujas

Al leer y convivir con más mujeres, comencé a trazar mi existencia y la de las mujeres que me rodeaban, lo que hacía con o por ellas, pensándolas. Me inspiré y honré poco a poco la influencia que tenía su energía y a respetar la fortaleza que existe en mí.

También tomé conciencia de actividades cotidianas que tenían fines rituales en mi vida: cepillar mi cabello antes de dormir, reunirme con mi mejor amiga y hermana todos los sábados, dedicarme minutos al día para hablar con mi cuerpa, retomar la escritura. Momentos que son  recargas de energía mágicas, llenos de poder erótico, «un mantantial de fuerza inagotable», como explica Audre Lorde.

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¿Quién soy?, ¿dónde está enraizado mi dolor?, ¿en mi cuerpo y la enfermedad?, ¿con mi pasado? Reconociendo mi poder interior y la magia de las mujeres que me rodean, enfrenté estás preguntas sin tanto temor, porque sentí que ya no estaba sola.

El poder sanador de los rituales

Con esa motivación en el corazón, quise cambiar la narrativa de una fecha que es delicada para mí. Estoy lejos de la situación que me hirió, pero estaba harta de revivir todo lo ocurrido y las sensaciones que me dejó aquel día. 

Así que decidí colocarme en el centro de la historia, priorizando mi sentir, me dispuse a nombrar lo que me dolía para poder cambiar mi conciencia sobre ese recuerdo, confiando en mi fuerza y deseo por avanzar. Escribí para liberar todas esas emociones. Las sensaciones de las páginas se acumularon en mis ojos. 

Recordé mi última visita a Querétaro, en donde me atrajo mucho una piedra rosa sin pulir que encontré en un puesto. A mi regreso, le platiqué a una querida amiga y me dijo: «dicen que es mejor así, sin averiguar mucho, te dejas guiar por tu intuición y la piedra que escoges es la que tiene las propiedades que más necesitas en ese momento. Compraste un cuarzo rosa y está relacionada con el amor propio». Decidí incorporar esa energía, curé mi cuarzo, lo tomé entre mis manos, me senté al borde de mi cama y con mi respiración acompasada intencioné ese momento: «quiero sanarme», susurré.  

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Pasé la piedra suavemente por mi cicatriz y le agradecí a mi cuerpa su resistencia ante la prótesis, las cicatrices, el cáncer, y cargar el corazón roto. «Que el amor por mi cuerpa me sostenga». Dejé el cuarzo en un lugar cercano, y con la firmeza que me permiten ahora mis piernas, me planté al pie de la cama.

Respiré profundo y una vez sentí sincronía con mi respiración, comencé a mover mis manos conforme mi intuición me guió. Sin tocarme pasaba mis palmas por partes de mi cuerpo, como si quisiera arrancarles algo. Comencé a hacerme preguntas en voz alta. ¿Qué te duele?, me pregunté. La primera lágrima cayó. Sin ningún tipo de miedo o autocrítica, sostuve una conversación franca conmigo. 

Me «arrancaba» esas respuestas tristes, enojadas, frustradas y cuando reunía suficientes, las hacía bolita entre mis dedos, acercaba mis manos a mi boca y con un soplo las alejaba de mí. Mencioné en voz alta lo que me hubiera gustado escuchar aquellos días, no de otres sino de mí. «Hiciste lo que podías con lo que conocías». Hablarse con amor provoca buenas lágrimas y es sanador.

Después de mi ritual, me sentí muchísimo mejor. No tengo la intención de erradicar esta pena, sin embargo, sí siento que en años venideros será más liviana. 

Separando un poco el ritual, las acciones que elegí para simbolizar la liberación de esa energía que me pesaba, creo que el poder sanador de hacer rituales llegó al dedicarme un tiempo para habitar con mis sentirpensares sin ningún juicio y de una forma que me resultara cómoda. Escucharme en plenitud aunque me incomodara o removiera cosas dolorosas, contribuyó a mi sanación.

Crear rituales, priorizar mi salud mental y cuidados, no hubiera sido posible sin toda la magia que ha llegado a mí, que he aprendido y socializado en estos dos años con otras mujeres. ¿Somos brujas porque contamos nuestras historias, creamos rituales y nos acompañamos? Creo que sí.

Ahora sé que mi bruja interior ha despertado y no tengo miedo de nombrar, ponerme en el centro, decir que estoy rodeada de brujas poderosas y mucha magia.