Ser un «cuerpo sospechoso» para el feminismo por no encajar en el binarismo

Esta reflexión sumamente personal, Waquel nos lleva a reflexionar y cuestionar críticamente algunas prácticas y teorías que dentro del feminismo han incentivado la fragmentación de las opresiones e instado a políticas separatistas y violentas.

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Hace un rato abandoné el feminismo. Decidí hacerlo, a partir de mis reflexiones y experiencias, principalmente porque creo es una teoría que nació blanca, burguesa y moderna, por solidaridad con los hombres y otras identidades no binarias, racializadas, probres, desclazadas, desbordadas, feminizadas, marginalizadas, porque —al igual que la Colectiva Río Combahee— estoy convencida de que la apuesta no es por la fragmentación de las opresiones ni por políticas separatistas, casi intrínsecas al feminismo blanco, y porque en los feminismos mi cuerpo siempre fue sospechoso. Durante el texto, iré desarrollando cada punto.

Para mí, el feminismo es un programa de liberación de las humanas blancas, quienes, basándose en una relación saber-poder-eurocentrado, se constituyen «modernas y avanzadas» frente a otros sujetos, al mismo tiempo que les excluyen.

Hay resistencia y lucha de mujeres más allá del feminismo

Pero una de las razones más poderosas por las que decidí dejar de llamarme feminista es porque la idea de un feminismo donde solo las mujeres son el sujeto político central de la transformación me parece sumamente limitada.

«Siempre me sentí observada por la cisvigilancia de «las sujetas auténticas-reales», quienes me consideraban un cuerpo sospechoso. Casi siempre se me dejaba claro que mi cuerpo no era propio para estar, ser y hablar desde el feminismo»

Waquel Drullard

Vivimos en un mundo donde la descolonización implica necesariamente el involucramiento de todas las vidas y subjetividades que reciben los embates de los múltiples sistemas de opresión, como el heterosexismo, el racismo, la transfobia, el capitalismo, el adultocentrismo, etcétera.

Creo que el problema es estructuralmente colonial y por ello más complejo que el patriarcado donde, como dijo Ochy Curiel, convergen los sistemas de opresión. Entonces, es fundamental que nuestra propuesta política sea tan compleja como lo demanda la violencia sistémica que vivimos.

Abandoné el feminismo porque mi cuerpo era «sospechoso»

Les confieso que la principal razón que me llevó a dejar el feminismo fueron las múltiples violencias que viví allí. Mi cuerpo nunca encajó en la lógica dicotómica de la opresión desde la cual partía ese feminismo que concibe al patriarcado como el mayor sistema de opresión en el mundo, ese feminismo que siempre hablaba de la mujer, ignorando las violencias cis-hetero-patriarcales-racistas que sufren los cuerpos marikas-afrotravestis-nobinaries.

Siempre me sentí observada por la cisvigilancia de «las sujetas auténticas-reales», quienes me consideraban un cuerpo sospechoso. Casi siempre se me dejaba claro que mi cuerpo no era propio para estar, ser y hablar desde el feminismo, se me repetía que mi rol era callar y escuchar a las mujeres por ser «las más oprimidas». Estaba bajo el ojo de la «adecuada visibilidad-apariencia binaria de occidente»; me sentía como una pieza en un rompecabezas que no pertenecía a ningún lado.

Casi siempre sentía un amargo sabor por saberme no aceptada por «mi biología» y mi ser travesti, marika y trans no binarie, por escapar del constructo colonial de la ciencia como destino y resistir a la dictadura heterosexual y a la lógica dicotómica de las categorías occidentales mujer-hombre.

«Hay feminismos abiertamente terfistas y transodiantes, también los hay racistas en donde solo se reconoce la teoría occidental como válida para la politización».

Waquel Drullard

No creo en un feminismo reformado y menos en uno en donde las personas travestis, negras, trans y no hegemónicas representamos «el anexo interseccional» de los feminismos. Desde su origen, estos espacios nunca comprendieron la lógica cimarrona de la fuga a una identidad otra, donde, pensando en Gloria Anzaldúa, pude construir mi otra casa con mi propia argamasa. Esta idea de la transitividad y el no encarnar el cuerpo idílico del feminismo nunca fue una vivencia válida para estos espacios feministas que se juraban ser seguros y libres de violencia.

Hay feminismos abiertamente terfistas y transodiantes, también los hay racistas en donde solo se reconoce la teoría occidental como válida para la politización. También me topé con un feminismo «transincluyente» pero con restricciones: te reconozco mientras te veas como una «verdadera mujer» o lo que se le conoce como cispassing.

Yo les hablaba y les decía que venía de un contexto del Caribe, de República Dominicana, donde nunca había escuchado sobre feminismo, pero me resonaba el concepto de patriarcado y la feminización del cuerpo, ya que me acababa de alejar de un territorio específico (no peor que México) marcado por un agudo fundamentalismo evángelico pentecostal, donde me despertaba casi todos los días a las seis de la mañana, con una vigilia, que reza: «tú, hombre afeminado que te echas con otros hombres, te recuerdo que Cristo viene pronto y el diablo te va a llevar”, contexto que durante 17 años de mi vida (tengo 29) me llevó a ser evangélica, adventista del séptimo día, católica y testigo de jehová.

¿Feminista o antipatriarcal? La transformación del movimiento

Entonces, al escuchar sobre feminismo por primera vez cuando tenía 19 años, sentí un alivio profundo. Pero a pesar de que les conté mi historia y el porqué me sentía convocada a pensarme y deconstruirme desde ahí, fui vista con sospecha por la biología forzada inscrita en mí por el régimen médico-clínico-colonial. Entonces nunca tuve derecho a la palabra, sentía que mi rol era estar callada en una posición de genuflexión y escucha ante las verdaderas víctimas: las mujeres.

«Sentirse criminal en el feminismo»

Me hacían sentir que les debía algo, sentía culpa y vergüenza. Sentirse criminal en el feminismo es siempre cargar con una culpa, es un delito que estaba entre mis piernas, es una forma inconsciente de transfobia y esencialismo biológico que reproducen muchos feminismos a la par que reconocen que las mujeres trans son mujeres.

Y aunque yo no soy un hombre, me percaté de otras violencias que me atravesaron, porque contra mi voluntad así me leian, y es que muchos feminismos hablan y teorizan de los hombres sin invitarles a la conversación, ejercen una violencia brutal al hablar de y sobre ellos, desde un programa occidental feminista que equipara a todos los hombres como opresores-victimarios y a todas las mujeres como victímas-orprimidas.

«Me di cuenta de que el feminismo no es un espacio seguro para una marika travesti, negra, tercermundista y trans no binaria como yo»

Waquel Drullard

Yo les conté muchas cosas que no fueron escuchadas. De cuando me decían en el barrio «mujercita» por caminar de cierta forma, de los golpes que recibí en las muñecas por poner las manos de cierta forma, hasta la negación de mi existencia por construirme fuera de la matriz binario -heterosexual. Esto fue ignorado, y ahí me di cuenta que el feminismo no es un espacio seguro para una marika travesti, negra, tercermundista y trans no binaria como yo.

Otro momento en el que fui un cuerpo criminal fue en las filas feministas de las marchas del 8M. Hay dos situaciones muy concretas que recuerdo. Una me pasó en el 2018 en la Glorieta Diana cuando un grupo de feministas radicales encapuchadas me persiguieron con un bate gritando «¡aquí no queremos vatos violadores!».

Esta experiencia me llevó a reflexionar esa lógica reduccionista, antagónica y profundamente punitiva que construye a todos los cuerpos con penes como violadores en potencia, culpables hasta que demostremos lo contrario. Es una lógica injusta, transfóbica y colonial por definición.

El segundo momento que recuerdo fue en la última marcha del 8M que asistí en Ciudad de México en el 2020. Estando con compañeras feministas negras y prietas, me encontré frente a muchas violencias en el transcurso de toda la marcha, debido a ser un cuerpo criminal, y que gracias a las mujeres negras y racializadas con quienes marchaban, impidieron que haya sido expuesta y sacado de ese espacio que se proclamó seguro.

«Creo más que nunca que podemos ser activamente antipatriarcales sin enunciarnos desde el pedestal occidental de la colonialidad feminista»

Waquel Drullard

Lo cual me lleva a pensar que estar convencida de que el feminismo o los feminismos son espacios seguros evidencia un privilegio cis-heterosexual-blanco que casi nadie desea admitir.

No quiero despedirme, sin antes reafirmar lo que hemos venido pensando en colectivo y que hemos retomado de luchas antirracistas y anticoloniales, creo más que nunca que podemos ser activamente antipatriarcales sin enunciarnos desde el pedestal occidental de la colonialidad feminista. Y que abandonar las teorías occidentales y blancas es una opción descolonial.

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