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Hay resistencia y lucha de mujeres más allá del feminismo 

El feminismo no es la única forma de lucha contra el patriarcado. Hablamos con mujeres de pueblos originarios y colectivas barriales, quienes nos contaron sus experiencias y opiniones sobre el espacio privado, la familia y la comunidad que no caben en la teoría del feminismo blanco.

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No hay una mujer cuya experiencia haya sido exactamente igual a la de otra. Las mujeres, además de nuestro género, tenemos una geografía, orientación, identidad, clase, lugar de origen, tránsitos, relaciones personales y un largo etcétera. No hay una forma universal de ser mujer y, por lo tanto, no hay una sola forma de resistir al sistema patriarcal.

Y el feminismo no es ni ha sido el único espacio de lucha. Hablamos con mujeres, activistas y académicas de pueblos originarios y colectivas barriales quienes cuentan cómo las organizaciones de mujeres y las pensadoras indígenas han existido siempre, incluso al margen de los movimientos feministas y aunque no se les cite o mencione en espacios académicos.

¿Feminista o antipatriarcal? La transformación del movimiento

Además cuentan las cosas que les resuena desde el feminismo, y también las que no, así como sus experiencias y opiniones sobre el espacio privado, la familia y la comunidad que muchas veces no caben en la teoría del feminismo blanco.

«Las cocinas son lugares de politización y acción de las mujeres». Reivindicar es espacio privado como político

Kupijy Vargas, pedagoga ayuujk, cuyo tuit​​ inspiró este artículo, explica que para la teoría feminista hay una división entre lo público y lo privado.

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«Para el feminismo, lo público es a lo que necesitamos aspirar. (Pero) dividirlo de esa manera ha negado las luchas y esta teoría se contradice a partir de los movimientos de mujeres, como el grupo Comité de Amas de Casa, liderado por Domitila Barrios (defensora de la explotación laboral y las fuerzas represivas de dictaduras de Bolivia)», dijo a Malvestida en entrevista.

Como parte de su trabajo, Kupijy ha documentado procesos de comunidades indígenas como las mujeres de Cherán, Michoacán, o las milicianas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en Chiapas. Las primeras fueron mujeres que se movilizaron contra los cárteles que ejercían violencia en su localidad, y eran precisamente las cocinas comunitarias donde se tomaban las decisiones políticas.

Las cocinas, cazuelas u ollas comunitarias en América Latina son, quizá, la muestra más contundente de que la división entre lo público y lo privado no se puede aplicar universalmente.

«Las cocinas son lugares de politización y acción de las mujeres. Desde el feminismo se ha visto a la cocina como un lugar del que deberíamos salir, pero, al contrario, hay que reconocer que son lugares donde siempre ha habido politica», agrega Kerly Garavito, integrante de Ruray, una colectiva feminista barrial en el distrito de San Martín de Porres en Perú.

Fernanda Latani, geógrafa zapoteca, coincide en que las grandes movilizaciones, al menos en Oaxaca, se han construido en espacios privados, sitios donde las mujeres articulan luchas de resistencia comunitaria.

Por su tesis de licenciatura, trabajó con mujeres nahuas de la Sierra de Zongolica, y el lugar donde podían hablar de la violencia de sus parejas era el cuarto de rezo «que se asemeja mucho a otros espacios como la cocina, el lavadero y el dormitorio. Esto es altamente criticado por las feministas blancas que cuestionan cómo las mujeres indígenas organizadas le rezan a un santo o le lavan la ropa al marido».

Separatismo y comunidad

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Otra de las críticas recurrentes en los feminismos comunitarios o discursos antirracistas es el separatismo.

Kerly dice que cuando empezó la pandemia, la colectiva de Ruray comenzó a organizar repartos de canastas de comida y, aunque al principio sus acciones estaban centradas en las mujeres, se dieron cuenta de que en esa acción específica necesitaban pensar en las familias, independientemente de si habían hombres o mujeres.

¿Por qué decidí dejar de asumirme feminista?

La colectiva forma redes con organizaciones mixtas con compañeros hombres que coinciden en la visión horizontal de la toma de decisiones.

«Nos damos cuenta de que nos apoyamos colectivamente. Hay que señalar el machismo tanto como hay que recuperar el tejido social. No somos aliados, todas las luchas son nuestras, si estamos en una mirada antiaptriarcal, antiracista y anticapitalista».

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Para que esto sea comprendido en su totalidad, Latani subraya la importancia de que las narrativas sobre esos contextos e historias vengan de quienes son parte de esas vivencias.

«La academia y los medios de comunicación tienen que identificar una genealogía escrita por nosotras y por las que nos antecedieron. Tenemos que identificar que son contextos diferentes y por tanto somos nosotras las únicas que podemos hablar y narrar en estos territorios», explica.

Hay organizaciones de mujeres más allá del feminismo

El hecho de que otras personas hayan narrado vivencias que no acuerpan ha provocado que las luchas de pueblos originarios barrios y organizaciones que no son las hegemónicas se fuercen en categorías que corresponden a otros contextos.

Latani cuenta cómo hay autoras no indígenas que hablan de las mujeres zapatistas o de la Cooperativa de Tosepan Titaniske como si fuera feminismo.

«Es el error que cometen las académicas no indígenas al clasificar cierta organización de mujeres como si fuera feminista porque pareciera que solo tiene validez con esta categoría. Cuando mucho antes del feminismo, ya existían organizaciones de mujeres en resistencia por bienes comunes».

Y aunque la mayoría de las mujeres entrevistadas se identifican como feministas, su relación con el feminismo no excluye la crítica al movimiento, como explica Aída:

«Mi relación con el feminismo ha sido siempre muy tensa y no lo veo como algo negativo, sino como una posibilidad de repensar algunos discursos. He pasado por etapas en las que el feminismo me ayudó a reconocer cosas de mi propia vida y es algo muy poderoso que te puede aportar y, al mismo tiempo, sentir que en este tipo de cosas no estás sola».

Latani primero se asumió como feminista a partir de una lucha personal por reconocerse y aceptar su fisonomía como mujer indígena a partir del recuerdo de sus abuelas y la nostalgia a su hogar y herencia.

En el 2014 hizo la primera tesis de geografía feminista en la Universidad Veracruzana para la cual trabajó con mujeres nahuas. Con ellas se presentó como una mujer zapoteca y más que ser licenciada, geógrafa o doctora, le ayudó más hablar de su origen para que las mujeres le permitieran entrar a su hogar.

Reconfigurar la identidad y las luchas

Aída Naxhielly, mujer mixteca integrante del Colectivo Juvenil Intercultural “Nuestras Voces”, ha escrito sobre cómo las reflexiones comunitarias son las que construyen respuestas y, en entrevista con Malvestida, dice que ve amigas de su misma generación luchar en sus propios espacios demostrando la capacidad de comprometerse por diferentes cosas:

«Amigas que están en la lucha por la justicia climática.

Amigas que están en la lucha por los procesos pedagógicos y educativos desde la autonomía de los pueblos.

Amigas que están en la lucha en la academia, ciencias duras y genómicas.

Amigas que están en la lucha por la defensa de sus territorios, desde una visión de la juventud.

Hay una gran diversidad que va desde el espacio privado pero en realidad tiene un montón de repercusión a nivel político y espacios que vamos reclamando como nuestros, especialmente para pueblos de naciones originarias».

Aída Naxhielly

La práctica rompe con los discursos paternalistas de «darles voz a las que no tienen voz». Y la historia demuestra que no hay necesidad de nombrarse desde el feminismo para organizarse y luchar de forma antipatriarcal.

Las mujeres indígenas pensadoras y su omisión histórica

En un seminario sobre derechos humanos, educación y mujeres, Kupijy estudió puntualmente la historia del feminismo. Las referencias bibliográficas apuntaban siempre a la Revolución Francesa como el origen de la categoría y se dividía el movimiento en tres olas: la primera articulada por francesas proletarias y aristócratas en esa época; la segunda, la liberal; y la tercera en la que se cita a mujeres afrodescendientes e indígenas.

«Pero ellas siempre estuvieron ahí», aclara.

Entonces habla del libro Si me permiten hablar, una entrevista y documentación sobre Domitila Barrios que compiló la antropóloga Moema Viezzer.

Hay un fragmento en específico en el que Betty Friedman, líder feminista de Estados Unidos, le pide que no hable del sufrimiento del pueblo Boliviano sino de «nosotras … de usted y de mí… de la mujer, pues».

Pero Domitila le respondió con una lista de grandes diferencias de clase para revirarle: «Ahora, señora, dígame: ¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a su situación de usted? Entonces, ¿de qué igualdad vamos a hablar entre nosotras? ¿Si usted y yo no nos parecemos, si usted y yo somos tan diferentes? Nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aún como mujeres, ¿no le parece?».

«El feminismo liberal ha borrado la diversidad de mujeres. En ese momento se consolidaba el feminismo liberal en Estados Unidos y Domitila ya tenía un movimiento de mujeres amas de casa y luchando en las minas por 20 años», agrega Kupijy.

Pero cuando opina sobre eso en Twitter, las respuestas que le llegan a Kupijy son «es que no has leído a Simone de Beauvoir, no has leído a Kate Millett».

«Sí las he leído, pero no caben todas las experiencias. Y hay que citar a Yasnaya Elena, ‘¿alguien ya leyó a Aura Cumes?’ Nos seguimos midiendo por lo que dijo la academia hace 50 años, por lo que dijeron las mujeres de países dominantes. Eso es algo que me preocupa mucho porque digo: ¿Dónde están las experiencias de las mujeres que no se posicionan desde el feminismo?».

Explica que hay un racismo implícito cuando valen más las palabras de mujeres de países dominantes. «La teoría no es la panacea ni la solución pero sí podemos generar conceptos y tesis de nosotras mismas y nuestra experiencia. Como mujeres indígenas podemos ponerle un nombre. Si Kate Millet dio una tesis de que lo personal es político ¿por qué nosotras no podemos?».

La vivencia de las mujeres sin estándares

Las consecuencias de pensar que la experiencia de las mujeres es solo una también ha sido el punto de partida de las posturas transfóbicas. Kupijy dice que a este movimiento le falta madurez política, porque históricamente el feminismo radical nació en Estados Unidos y para entonces ya había fracasado.

«Hay mucha documentación del fracaso de este movimiento. Pero lo preocupante es que ahora hay una concepción de qué es ser feminista, y si no eres de tales maneras entonces eres una oprimida. Y es muy fuerte porque nos sumamos opresiones entre nosotras. Hay muchas formas de ser mujer, y nos estamos midiendo por estándares».

En el testimonio de las entrevistadas hablan de cómo en el camino se han encontrado con mujeres distintas, con quienes comparten mucho, poco o nada. Aída encontró en ello la posibilidad de luchar sin renunciar a la crítica.

«Encontré amigas y compañeras y me quedó claro que es posible, que debe haber una crítica a muchos presupuestos del feminismo hegemónico, pero eso no significa que vayamos a ceder en acabar con las violencias que vivimos en nuestras comunidades de origen», dice.

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