Una mirada a lo colectivo: 5 mujeres nos comparten sus luchas

Como parte de nuestra alianza con Dove y Refinery29, cinco mujeres nos cuentan cómo compaginan sus profesiones como lingüista, chef, soprano, fotógrafa y estudiante, con el trabajo en su comunidad y la lucha constante por preservar sus lenguas y territorios.

Texto: Nadia Bernal
Ilustraciones. Paloma Mercado

En Malvestida, como parte de nuestra alianza con Dove y Refinery29, platicamos con Yásnaya Aguilar, Claudia Ruiz, María Reyna, Citlali Fabián y Rosa Cruz para conocer más sobre su trabajo, de cómo se relacionan con sus identidades, ayuujk, maya y yalálag y cómo construyen su autoestima.

Ellas trabajan desde la gastronomía, el activismo, las artes y las ciencias. Son parte de comunidades que luchan para no perder sus lenguas, para reconocer sus raíces en territorios que a veces les son negados y también para acabar con estereotipos.

Yásnaya Elena Aguilar: por la recuperación de las lenguas y de las personas

Yásnaya Elena Aguilar es originaria de Ayutla Mixe, en la sierra norte de Oaxaca. Ella es una escritora y lingüista ayuujk que se convirtió en activista cuando se dio cuenta de que hay una violencia sostenida que está erradicando las lenguas.

“Las lenguas se pierden porque hay una violación sistemática de los derechos humanos y lingüísticos de las personas que las hablan. Me di cuenta que no sólo debía verlo desde el punto de vista lingüístico, sino desde lo social y político”, nos cuenta Yásnaya.

Para ella, es muy importante tener libros en diversas lenguas, ya que todas las personas deberían tener el derecho de encontrar información en su propio idioma. Es una parte vital de la construcción de la autoestima y la pertenencia.

Trabajar desde adentro hacia afuera

Los textos de Yásnaya son publicados en medios nacionales y es muy querida en redes sociales. Nos cuenta que ha sido una sorpresa que sus ensayos aparezcan en medios en donde antes no se les daba espacio a voces como la suya, pues pensaba que esos temas le interesan a muy poca gente

“Agradezco esos espacios porque me dan oportunidad para interlocutar, aunque trato que una gran parte de mi trabajo sea más bien hacia adentro de mi comunidad”, nos explica.

Cuando le pedimos que mencione a mujeres que la han inspirado o han sido ejemplos, nos habla precisamente de su comunidad: de su abuela, su madre y quienes han trabajado para que las mujeres puedan participar activamente en sus asambleas y en sus sistemas de autogobierno.

¿Qué sigue?

El objetivo actual de Yásnaya es lograr combinar, más y mejor, el trabajo en el campo y el trabajo de la escritura. Y en cuanto al activismo, tener más herramientas para evitar que la lengua se pierda en las comunidades mixes.

Claudia Ruiz: resignificar la cocina tradicional

“Si quieres cocinar entonces quédate aquí en la casa y yo te pago, porque no vamos a gastar en una carrera que es muy fácil”. Eso le dijo a Claudia Ruiz su padre cuando ella le dijo que quería estudiar gastronomía.

La chef maya tsotsil, originaria de Saclamantón, en Chiapas, eventualmente pudo estudiar: su mamá le dijo que la única herencia que podía dejarle era el estudio, aunque Claudia comenta que, por lo general, en su comunidad las mujeres no tienen oportunidad de elegir.

Después de esa lucha vino otra, la de probar su capacidad como una chef que regresa a sus raíces con su cocina, a través de su restaurante, Kokono.

Crear comunidad

“Quiero enseñarle a estos cocineros machistas, que no aceptan que las mujeres tenemos las habilidades y las capacidades para llevar una cocina, que sí podemos hacerlo”, nos cuenta.

Entre sus inspiraciones para lograrlo están su madre, a quien describe como una guerrera, y también Abigail Mendoza, cocinera tradicional mexicana originaria de Teotitlán del Valle, Oaxaca, y cofundadora del restaurante Tlamanalli: “Ver cómo se aferra a su cultura es muy inspirador para mí”.

Por eso, Claudia tiene como objetivo que la gente descubra que la gastronomía de su comunidad tiene mucho sabor y que representa las tradiciones y creencias de los pueblos originarios.

Para ella, Kokono no sólo es un restaurante, sino una comunidad: “Habla de cultura, de tradiciones, de mujeres empoderadas. Habla de indígenas que empiezan a tener valor frente a una sociedad que nos hace menos”.

María Reyna: la guía de su voz interior

El consejo de María Reyna para las niñas que quieren ser cantantes de ópera es :“Haz lo que tengas que hacer, pero persigue tus sueños”.

María nació en Santa María Tlahuitoltepec, Oaxaca, y es una cantante de ópera que interpreta obras en mixteco, zapoteco, náhuatl y otras lenguas rarámuris, además de su lengua originaria: el mixe, que en 2010 registraba a 136,736 hablantes distribuidos en seis variantes.

Para la soprano, permanecer en la industria musical y ser una de las voces de las mujeres indígenas a través del canto no ha sido nada fácil. Ella ha tenido que forjar poco a poco su autoestima, y lo que le ha ayudado es conocer sus raíces y su comunidad, estar orgullosa de hablar una lengua indígena:

“Al principio no aceptaban en el medio a mujeres indígenas: tenías que ser rubia, tenías que ser alta, y yo no cuento con ese físico. Soy una mujer que mide 1.44 y soy morena, siempre orgullosa de ser de Tlahuitoltepec”, nos cuenta.

Una definición personal de éxito

Desde hace unos meses, María Reyna regresó a Santa María Tlahuitoltepec. Ahí volvió a tener en claro que para ella el éxito significa trabajo cotidiano.

“Creo que aquí el secreto del éxito es nunca dejar de hacer, nunca dejar de aprender y también ser agradecida con las personas que han estado conmigo todos estos años, mi familia, mi madre que es motor de todo lo que he hecho”.

En su camino para dedicarse al canto, el primer obstáculo con el que María Reyna se enfrentó fue ella misma, pero también a personas cercanas que no creían que pudiera lograrlo: “es entonces cuando debes mantenerte firme con lo que quieres”, nos dice.

Citlali Fabián: Construir memorias de raíces profundas

Reforzar las identidades yalaltecas mediante la fotografía documental es una de las cosas más importantes para Citlali Fabián.

A los 15 años, al ver a los clientes que pasaban por la tienda de fotografía de su papá en la ciudad de Oaxaca, comprendió que las fotografías construyen memorias y comenzó a tomar las suyas.

Revitalizar su cultura mediante la fotografía

Yalálag es una localidad que se conoce oficialmente como Villa Hidalgo. Se ubica en el distrito de Villa Alta del estado de Oaxaca. Ahí viven 2,132 personas y aproximadamente la mitad de ellas hablan el zapoteco yalálag, una de las variantes norteñas del zapoteco.

Para ella, su trabajo documental “I’m from Yalálag” es un álbum familiar que explora sus raíces zapotecas, los lazos comunitarios y la migración. Su principal objetivo es compartirlo con toda su familia que ha migrado y así revitalizar su propia cultura.

“Es bonito conectarnos y que nos genere ese sentido de pertenencia; ese sentido que nos hace tener una red de respaldo, de afianzar nuestras raíces. A pesar de que migramos nuestras raíces son muy profundas y que a donde quiera que vayamos generamos nuestra comunidad otra vez.”

Las mujeres que la acompañan

“Detrás de una gran mujer, hay otras grandes mujeres”, nos dice Citlali. Su principal inspiración profesional es Graciela Iturbide, fotógrafa mexicana que a lo largo de cincuenta años ha retratado distintas realidades del país, principalmente en pueblos originarios.

“Pero mi red más cercana de mujeres que me ha apoyado son mis primas, que también en su andar se han nutrido y desde sus trincheras me complementan”, nos explica la fotógrafa.

También ha encontrado una comunidad importante en la red de mujeres fotógrafas Women Photograph, que la han apoyado en temas profesionales.

Para Citlali, la falta de representación de grupos minoritarios es sistemática, resultado de la colonización. “A partir de eso generamos todos esta falta de visibilidad, de oportunidades y de representación. En medida que veamos representadas voces y caras que corresponden a nuestra identidad y a nuestra realidad nacional, podemos generar una empatía y aludir a los medios a una representación más plural.”

Rosa Cruz Pech: la universidad como un territorio de lucha

“Tomamos la universidad como un territorio y como mujeres mayas defendemos nuestro territorio y nuestra naturaleza”, nos cuenta Rosa Cruz Pech, mujer maya, activista universitaria y fundadora del movimiento estudiantil UADY sin acoso.

Rosa llevó su lucha comunitaria a las aulas para denunciar el acoso sexual que se vive en su universidad.

Para ella, históricamente las universidades han sido un territorio negado para las mujeres. Las que logran acceder a esta educación, son expulsadas simbólicamente, ya que su experiencia se entorpece por acoso sexual, discriminación y otras violencias sistémicas.

Tras vivir esta violencia, Rosa decidió movilizarse. Junto con otra compañera maya quiso luchar por su presencia en la universidad y así surgió UADY sin acoso.

Nombrarse maya y aprender lo colectivo

Rosa Cruz Pech creció entre Tekanto y Seyé, en Yucatán. Salió de su comunidad por violencia familiar y para acceder a una educación superior.

Cuando se acercó a temas de género se empezó a preguntar sobre la historia de su abuela y su madre, pues su familia materna es maya hablante. Ahí comprendió que sus ancestras son mujeres que han luchado dentro de sus territorios y que han vivido discriminación y violencia de género. En ese momento ella también se reconoció como mujer maya.

Rosa se dio cuenta de que la discriminación y la violencia hacia las mujeres mayas se replica también en los recintos educativos, así que decidió acercarse a espacios de resistencias donde aprendió a colectivizar junto con otras compañeras y compañeros universitarios, quienes se han nombrado mayas para resistir.

Una lucha interseccional

Algo que a Rosa le gustaría lograr es que las luchas que poco a poco se están fortaleciendo dentro de la ciudad se lleven a otros territorios. Para ella es importante colectivizar con otros grupos y hacer una lucha interseccional. También le gustaría reforzar más redes de apoyo con mujeres de otras universidades.

Para Rosa existe una falta de representación intergeneracional en los medios de comunicación, ya que mujeres de la edad de su abuela no son representadas, menos si son mayas o morenas. Y piensa que los medios también reproducen estereotipos sobre las mujeres, lo que influye en su autoestima.

“Nos afectan estos estereotipos de la mujer blanca, alta, delgada, ojos claros. Sufrimos mucha violencia las mujeres que no encajamos porque somos morenas, chaparras, tenemos rasgos faciales distintos y hablamos maya”, nos explica.

Finalmente, ella le diría a las niñas y adolescentes que vale la pena iniciar una lucha para sanar y encontrarse con otras mujeres: “Las violencias cometidas hacia nuestros cuerpos no son nuestra culpa. No estamos solas, siempre van a existir otras mujeres que queramos hacerles compañía y luchar en conjunto”.

Precisamente luchar en conjunto es hacia donde debemos dirigir nuestros esfuerzos, pues la perspectiva comunitaria nos da nuevas pautas para encontrar puntos de unión y acompañarnos en nuestros caminos.