Sobre «hablar por quienes no tienen voz», mujeres indígenas y feminismos

La relación de las mujeres indígenas con los feminismos es mucho más compleja que la idea de «darles voz a quienes no la tienen».

mujeres indígenas y feminismos
Foto. Rawpixel

Por: Aída Naxhielly

La importancia de “darle voz” a las otras, a nosotras, a las mujeres indígenas, es una práctica que he encontrado en discusiones de diferentes grupos feministas. Esta es una instrumentalización de nuestras experiencias y de nuestras vidas. 

Partamos de un primer hecho: las mujeres indígenas no somos un grupo homogéneo. Ni siquiera podemos asegurar que hay un pacto universal sobre «lo indígena»

Hay quienes utilizamos esa palabra en momentos concretos (como en este texto) porque permite articular a diversas comunidades. Pero también  están quienes prefieren otras formas de nombrarse, como pueblos o naciones originarias, entre otras alternativas.

Quizá la única constante que he notado compartida es que antes de ser indígena, se es hñahñu, ñuu savi, comca’ac, p’urhépecha, ayuujk, nahua…

Es por eso, tampoco podemos decir que todas-las-mujeres-indígenas pensamos lo mismo. Esa narrativa es un signo de alerta sobre un viejo estereotipo que se ha interiorizado y tiene resultados concretos: que somos todas iguales.

¿El patriarcado es originario? Pluralidad de opiniones

Siguiendo esta idea, el segundo hecho es: no todas las mujeres indígenas se nombran feministas. 

Tampoco es posible decir que todas conozcan qué es el feminismo. Entre otras cosas, por las dificultades de acceso a discusiones y conocimiento especializado. Pero quienes sí lo conocen pueden nombrarse así sin pedir permiso, y no todas piensan igual acerca del movimiento. 

Como ejemplo me gustaría hablar del feminismo comunitario y la idea del patriarcado ancestral originario. Esta propone que antes de la colonización ya había explotación de los cuerpos y territorios de las mujeres.

La postura de Lorena Cabnal

En palabras de Lorena Cabnal, sanadora maya xinca y una de las referentes más visibles en el feminismo comunitario:

“Antes de la colonización hay disputas territoriales en pueblos indígenas y los cuerpos de las mujeres indígenas iban a ser también botín de guerra, de los caciques, de los grandes señores, y por lo tanto había violencia sexual. Y si hay violencia sexual y si hay guerra hay poder, y el poder sobre otro cuerpo es patriarcal.”

El análisis de Aura Cumes

Pero también hay posturas que sostienen que el patriarcado es occidental y, por lo tanto, resultado del proceso colonial. Para la pensadora maya kaqchikel Aura Cumes, debemos hacer una revisión crítica y detenida de por lo menos cinco mil años hacia el pasado antes de concluir algo así. 

En su análisis sobre el escrito del Popol Wuj, y en conocimiento de la vida maya, Aura supone que el patriarcado no fue un sistema que rigiera la vida en la antigüedad.

Esto dice en su artículo «Colonialismo patriarcal y patriarcado colonial: violencia y despojos en las sociedades que nos dan forma”:

«…Los cambios y la dinámica de las mismas sociedades fueron posibilitando formas de subordinación de las mujeres que pudieron dar o no lugar a un patriarcado, pero este proceso es irrumpido por la violencia colonial que altera las dinámicas internas de la vida de los pueblos mayas. […] Es ahistórico pensar que el patriarcado colonial y el patriarcado indígena son dos sistemas que se encuentran y se combinan.»

Este debate, que sigue alimentándose, es una muestra de cómo, aunque la idea del patriarcado originario tiene sentido para muchas, otras lo siguen repensando y hasta rechazando por completo. 

Las mujeres de distintos pueblos y naciones generan conocimientos diversos, situados y no forzosamente homogéneos. Dialogan entre sí.

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Imagen. tujaal.org

Nuestras experiencias no son un ejemplo                        

La idea tan extendida y reproducida de que “no tenemos voz” debe ser permanentemente cuestionada si se plantea como un absoluto. 

Es cierto que hay muchas mujeres que no pueden participar políticamente de forma abierta, pero eso pasa también en comunidades no-originarias. No es una característica intrínseca y exclusiva de los pueblos o naciones indígenas. 

Cuando se esgrimen nuestras experiencias como “ejemplo”, poniéndonos en una situación de indefensión tajante, también están ignorando o minimizando los aportes que muchas compañeras han hecho a lo largo de los años, dentro y fuera de la academia y los feminismos.

¿Qué tal escuchar en lugar de “dar voz”?

Y así llego a un tercer hecho: no necesitamos que alguien más hable por nosotras, sino que se nos escuche. Pareciera una cosa bastante obvia y cansada de repetir, pero es necesario subrayarla. 

Todavía existe la práctica de querer “ser voz” de las demás y eso no es un ejercicio de escucha horizontal, sino más bien de hablar por encima de otras, silenciándolas a su paso. 

Además, es frecuente que se tome una experiencia como modelo de todas y se use para medir la supuesta congruencia a la que las demás deberíamos aspirar, lo cual es una forma de violencia simbólica.

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Que si podemos o no, según sus parámetros de pureza-ideal-sobre-el-ser-indígena, asumirnos feministas; si debemos o no hablar de un patriarcado ancestral originario o si es correcto o no construir espacios no mixtos… 

Todo eso lo he visto ser utilizado para juzgarnos, y juzgar a otras compañeras. Antes de hacerlo, deberían preguntarse si estos juicios no perpetúan la idea de “lo indígena” como una experiencia única, inamovible, uniforme e incapaz de articularse y posicionarse por cuenta propia.

Y todavía menos toman en cuenta los disensos internos: asumen que somos iguales y heterogéneas. Esto no reconoce las transformaciones que son producto del andar histórico, además de ser condescendiente y anular nuestro ser político.  

Es necesario seguir repensado aquello que creemos, los discursos que reproducimos y la forma en que nuestras acciones contribuyen a las luchas contra el colonialismo, capitalismo y patriarcado. 

La colectividad indígena que asumimos políticamente y nutrimos con tensiones y diálogos de por medio es mucho más que un simple recurso retórico a disposición de la siguiente persona externa que piensa tener La Razón sobre nuestras vidas. Acabemos con eso.