Por el derecho (y el placer) de perrear sola

Perrear sola es una experiencia íntima con la música y nuestro cuerpo. Aunque la sociedad todavía lo cuestione, es un derecho que todas tenemos. No estamos solas: estamos con nosotras.

perrear sola
Fotografía. Mike Von

Por: Tatiana Rojas Sánchez

Hace unos días mi computador se volvió loco, más de lo que ya estaba y de la nada se abrió la carpeta que tengo como nombre ‘lo prohibido’. Cuando empecé a escribir este texto no recordaba porque había usado esas dos palabras. ¿Por qué algo que siempre me ha gustado y disfrutado hacer lo había titulado así?, me pregunté. Pero cuando empecé a ver foto por foto recordé todo lo que escondían.

Esta historia que les voy a contar no sería igual sin Tania, esa amiga que se pone la diez pa’ estar contigo donde sea y más si de la pista de baile se trata. 

Tania y yo nos conocimos en la universidad, fue amor a primera vista, su ADN estaba compuesto de perreo al 200% y nos hablábamos por medio de canciones de reggaetón old school. 

Nosotras vivíamos — y hablo en pasado porque Tania ahora mueve sus caderas desde Brasil y yo estoy en Barcelona— en una ciudad  de Colombia muy pequeña, donde todo el mundo se conoce y, por ende, todes hablan de todes. 

A Tania y a mí nos llamaban “las chicas de la noche”.  

Las chicas de la noche

Nosotras salíamos de fiesta los viernes o los sábados, pero cuando íbamos con amigues de la universidad llegábamos a la discoteca y a los cinco minutos teníamos una señal para escaparnos sin ser vistas, porque nos gustaba rumbear a las dos solas, sin nadie más. 

Ya sabíamos a lo que íbamos: a perrear. Mientras los hombres, en su mayoría, iban en grupo para “ver qué encontraban”, Tania y yo nos apropiábamos de la pista de baile. Nos gustaba estar enfrente del DJ porque creíamos que la música sonaba únicamente para nosotras, bailábamos y sudábamos juntas, movíamos nuestros culos y caderas como nos diera la gana. 

Era nuestro momento: nuestros cuerpos nos pertenecían y nos apropiábamos de esos espacios que siempre han sido territorio de hombres y, por supuesto, de mucho acoso y violencia contra nosotras. 

A veces llegaban hombres por detrás a tocarnos sin nuestro consentimiento. Más de una vez vivimos una situación agobiante por una agresión verbal o un comentario insultante, pero la enfrentábamos juntas. 

¿Eso nos hacía unas heroínas? No, pero era nuestra manera — y ha sido la de muchas— de responder aquí estamos y de aquí no nos vamos. Déjennos bailar en paz. 

Se hablaba de nosotras fuera y dentro de las discotecas y las miradas iban y venían, pero a nosotras no nos importaba. Nunca dejamos de hacerlo, ahora que lo recuerdo, en nuestro lugar seguro — el baño—  gritábamos: De nosotras podrán decir lo que quieran, menos que no sabemos perrear.  

Nos cuidábamos una a la otra. Porque ha sido, es y será siempre: a nosotras nos cuidan nuestras amigas.

Quiero perrear sola

Cuando llegué a Barcelona en octubre de 2017, una de las cosas que más duro me dio fue eso. ¿Y ahora qué? Me gusta bailar, pero aquí no estaba Tania. Además, la fiesta es muy diferente: no empieza hasta la 12 o 1 de la mañana y a mí parecer no es tan buena y es cara. 

A eso súmenle que el miedo se apoderó de mí por todo lo que conlleva salir sola, de noche y en una ciudad que en ese momento era desconocida. Pero no iba a dejar de hacerlo, así que me preparé como si fuera a una guerra. 

Hice una investigación previa de mi zona y de los bares latinos que había cerca. Sí o sí habían cosas que tenía que tener presente. Por ejemplo, que si quería rumbear los viernes, el metro funcionaba hasta las 2 de la mañana así que debía pensar cómo y en qué me iba a devolver a la casa. 

¿Un taxi? me quedaré pobre. ¿Caminando? algo me podía pasar. ¿Espero hasta que cierren la discoteca y se haga de día? eran algunas de las preguntas que me hacía. En el caso de los sábados, era diferente, porque el metro ofrecía un servicio de 24 horas así que sabía cómo iba a ir y volver. 

Todo esto era nuevo para mí, pero no por ello iba a dejar de perrear. 

El ritual de «la previa»

La primera noche que fui a bailar a una discoteca en Barcelona la recuerdo como si fuera ayer. Uff, me empecé a arreglar como a las 10 de la noche y mi compañía fue una botella de vino rosado mientras hacía “la previa”. 

Me armé una fiesta conmigo misma para motivarme con mi playlist «Yo quiero bailar«, bautizada como tributo a de Ivy Queen, y llena de clásicos de clásicos: “Esposa mía hay algo que te quiero decir como no te lo imaginas te amo solamente a ti oh- oh- oh”. (Cántala mientras lees esto)

Antes de salir, nunca me podía faltar los labios rojos, entre más rojos mucho mejor y el pelo más despeinado de lo normal. Pero lo más importante era enviar la ubicación y los datos del lugar a mi mamá (que estaba al otro lado del mundo), porque es una regla de nuestra relación que siempre llamo antes de salir y cuando regreso. 

No importa si llego sola, acompañada, borracha, sobria o a la hora que sea. Para ella es importante saber que llegué sana y salva.

¿Con quién vienes?

Cuando llegué a la discoteca, el portero me preguntó:  

–¿Con quién vienes?

–Sola

–¿Sola? ¿O te espera un grupo adentro?

–Vengo sola, ¿hay algún problema?

–Se me hace raro que una niña como tú venga sola a una discoteca… ¿necesitas compañía?

–No necesito compañía y te tendrás que acostumbrarte a verme aquí cada fin de semana. Obvio, si la fiesta es buena, porque vendré sola.

Lo primero que hice fue ir a la barra, pedir una copa y analizar todo lo que me rodeaba. ¿Dónde está el baño? Listo, ubicado. ¿Si me siento incomoda o pasa algo cuál es la salida más cercana? Ok, la tengo. ¿Y la música? era lo más que preocupaba, ¿si no me ponen perreo a qué vine?

Necesitaba estar en mi onda. Y gracias a las diosas del reggaetón así fue. No faltaron los comentarios de algunos: ¿Por qué tan solita? ¡Qué rico me bailas! ¿Qué quieres? Yo los evitaba y seguía en mi cuento.

Mi primera salida había sido por todo lo alto, pero todavía faltaba el reto de volver a casa. Como tenía que caminar sola en una calle oscura, decidí ir por la mitad de la carretera y mirar hacia atrás y adelante. ¿Y las llaves? en la mano. 

Lo peor de todo es que esta situación no es ajena, todas lo hemos vivido, por eso cada experiencia se ha convertido en una forma de protesta y reivindicación por nuestro derecho de salir solas, volver solas y no vivir con miedo. Porque nos gustaría vivir, no sobrevivir. 

Sin perreo no hay revolución

Después vinieron muchas salidas, conocer diferentes discotecas, elegir la que más me gustaba por su música y me sentía bien. 

En el camino fui conociendo gente que se alarmaba, que pensaba que era raro que yo saliera sola de fiesta. 

¿Sola? sí ¿Por qué? me gusta. ¿No tienes amigues? Muchas. ¿No bailas con nadie? Bailo conmigo misma, respondía, pero en mi mente decía porque diablos tengo que dar explicaciones. 

En el 2018 me encontré con una frase por redes sociales que me impactó y me la apropié — creo que así lo hemos hecho muchas—: Sin perreo no hay revolución. Así que decidí enmarcarla en varias blusas porque quería usarlas cada vez que saliera. 

Las pistas de baile y las calles son nuestras

¿Qué tiene de malo perrear sola? ¿Quién dice que deberíamos ir o estar acompañadas? ¡Las pistas de baile y la calle son nuestras! Si algo tengo claro es que ninguna de nosotras debería dejar de hacer lo que le gusta. Tenemos el derecho de salir, bailar y masturbarnos solas o acompañadas. De sentirnos libres, divas y felices moviendo nuestros cuerpos. 

Bailar para nosotras, no para nadie y mucho menos para complacer el deseo de otros. Bailamos sin vergüenza, sin tabúes. Porque cuando estamos completamente bañadas de sudor, con el maquillaje corrido y con dolor de piernas, nos sentimos más poderosas. Yo me siento más mía que de nadie.

¿Y saben qué es lo mejor de todo? Que sé que este sentimiento no es único: no estoy sola, estamos acompañadas. Somos muchas las de la disco quieren bailar, hasta en la playa quieren bailar y nos encanta sandunguear

Por nada del mundo se nos pueden olvidar los lugares en que nuestros cuerpos han sido sexualizados por la mirada masculina, porque ese lugar es nuestro: nos pertenece. Tania no está sola, yo no estoy sola, tú no estás sola. Estamos todas: ¡Mujeres, bailen!