Cómo el coronavirus me acercó a mis vecinos

Podemos tener los mismos vecinos por años y jamás tener una conversación, pero esta pandemia nos obliga a crear lazos…

vecinos
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Hablan muy alto, tienen la bandera de Italia en la terraza y les gusta comer todos juntos al aire libre.

Esos son los vecinos a los que me gusta espiar desde mi habitación del norte de Londres. Y es que tengo una ventana enorme que da al jardín comunal donde se pueden también atisbar pajarillos cantando, ardillas y peleas de gatos, (estas últimas de lo más interesantes, el grande pelirrojo siempre gana…)

Meses de encierro

Cuando llegó el coronavirus a nuestras vidas me vi obligada a disfrutar de estas vistas más de lo que debería. Siendo además diabética tipo 1, el riesgo de complicaciones por Covid-19 aumenta considerablemente, y yo no estaba dispuesta a pasarme semanas en la cama de un hospital.

Así que llevo dos meses encerrada en una habitación. Sesenta días en los que he evitado las zonas comunes de mi casa porque mi compañero de piso sale para ir a trabajar. Ocho semanas en las que me he reinventado como persona y… bueno OK, esto último no, tampoco exageremos.

Pero es que casi me vuelvo loca. No les voy a engañar. El aburrimiento puede llegar a ser extremo… más aún cuando no trabajas y el tiempo libre lo matas animando al gatito negro que siempre huye despavorido en estas peleas callejeras.

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Conociendo a los vecinos

Por eso, hace más o menos un mes ideé un plan para establecer relaciones sociales. Y fue así cómo conocí de verdad a mis vecinos de la bandera italiana.

Desde mi ventana, y al más estilo Romeo y Julieta, les lancé una carta a su terraza en forma de bola de papel, donde me presentaba como una damisela en apuros necesitada de contacto social.

Y nos hicimos amigos.

Los días comenzaron a ser mucho más amenos y las conversaciones a voces, (el ruido que hacían los obreros de la construcción de al lado entorpecía nuestra bonita relación), se convirtieron en encuentros a distancia en el jardín y promesas de futuro de barbacoas, fiestas y picnics.

Me daban trozos de tarta, me mandaban mensajes cuando no me veían asomada a la ventana y se ofrecían a hacerme la compra.

Se lo comenté a una amiga de España en una de nuestras videollamadas y me dijo que a ella le pasó algo parecido.

Todos los días a las 8 de la tarde, los confinados españoles salían a los balcones a aplaudir por los trabajadores de los hospitales y uno de los vecinos, el más juerguista, se montó una discoteca en la ventana de su casa con el fin de animar el vecindario y subir el ánimo del personal.

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Las peleas tontas por temas absurdos, como la colocación de los contenedores de basura en la calle, quedaron olvidadas y los inquilinos que vivían en el mismo vecindario hicieron piña para combatir el mal humor que el coronavirus extendía por los hogares en forma de noticias en los medios de comunicación de lo más pesimistas.

Y mientras yo, desde mi ventana de Londres, aprendí a ser más paciente y a valorar las pequeñas cosas. Me enteré de que el gato grandullón y pelirrojo que siempre ganaba en las peleas era propiedad de los italianos… y aún no se los he dicho pero me da un poco de miedo…

Una comunidad

Y el Covid-19 se iba expandiendo y con él las ganas de socializar. En mis conversaciones en el jardín con los dueños del gato pelirrojo se empezó a unir una chica con el pelo verde que paseaba con correa, al más estilo perruno, a su gato pardo (he de decir que ese felino nunca participó en las batallas nocturnas).

Después llegaron los jugadores de bádminton que nos animaban a usar sus raquetas y su cancha de tenis improvisada en cualquier momento.

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Y la anciana que se asomaba a su ventana los jueves para aplaudir por los sanitarios y nos saludaba con una alegría un tanto desmedida.

Lo vecinos se empezaron a convertir en mis colegas y estoy convencida que un pequeño porcentaje pasará a formar parte de mi círculo de relaciones personales postpandemia.

El coronavirus ha traído a nuestras vidas muchas cosas negativas. Pero ese enemigo invisible, que quiere acabar con nuestra salud física y mental, ha conseguido lo que precisamente estaba bloqueando: un mayor contacto humano.