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«Los duelos también se viven cuando termina una amistad»

Este texto de Valu Angola nos llegó directo al corazón porque ¿quién no ha atravesado por duelos? Que este texto se sienta como un abracito.

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Me atrevo a escribir sobre esto mientras atravieso varios duelos. Este texto no pretende ser un recetario o un decálogo que indique cómo superar la tristeza que deja la ruptura de una relación. Spolier alert: La tristeza no se supera, se atraviesa, se vive y se siente. Esta vez, me interesa compartir algunas reflexiones sobre el duelo a partir del dolor inmenso de haber terminado varias y significativas relaciones en mi vida casi al mismo tiempo.

Vale la pena aclarar que por relación no solo me refiero a un noviazgo o un compromiso sexoafectivo. Los duelos también se viven cuando termina una amistad, un proyecto o, incluso, cuando hay un cambio de casa. No importa que estas personas sean amigues, parejas o compañeres sexoafectives, el dolor de una ruptura es igual y hay que vivirlo.

Hay duelos recientes y duelos muy antiguos. Duelos que traemos atorados en el cuerpo desde hace años, pero que se activan cuando recordamos una canción, un aroma o una fotografía. Lo cierto es que el cuerpo no miente, porque cuando algo duele, la respiración cambia, la tensión muscular se transforma, los órganos y la piel lo sienten, el entrecejo se arruga, se hace un nudo en la garganta, se produce más saliva…

La tristeza de un duelo se traduce en el cuerpo. El dolor del duelo es absolutamente corporal: duele el pecho, tiemblan las manos y, a veces, hay una presión detrás de los ojos que provoca el llanto. A veces ese dolor se ubica en la boca del estómago, incluso, he descubierto que la tristeza se transforma en gripa, mocos, tos y malestares digestivos.

La única certeza que tengo es que el duelo duele y que el tiempo no puede acelerarse para evitar sentir. Con el dolor a flor de piel me pregunto, ¿por qué evitar la tristeza? ¿Cuál es la prisa para que deje de doler? ¿Acaso no se puede aprender del dolor? ¿Qué es lo que la tristeza tiene que habitarla es tan molesto o incómodo?

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«No te vas a morir, aunque así lo sientas», me han dicho innumerables veces. El dolor me ha llevado a pensar que puedo morir porque así se siente. En ocasiones, este innombrable dolor me hace pensar que no hay vida después de una ruptura. El dolor me patea, me bota a la cama, al piso, al prolongado llanto y al loop eterno de videos de Tiktok sobre tarot, autoestima, amor propio y rupturas.

No se trata de que deje de doler. Hay días en que ese dolor es abrumador y me inmoviliza por completo. Los duelos son para dejarse sentir, detenerse para llorar, enojarse, lamentarse y también culparse. Sentirse y observar las emociones de cada día, pero sin juzgarse, tarea que considero la más difícil… Pero del duelo lo más retador, creo yo, consiste en observarse sin señalarse de estúpida o tonta por sentir lo que se siente. Sentir y observar. Nada más.

El dolor, el dolor, ¡ay, el dolor! Sin embargo, el dolor no es siempre igual. En algunos momentos, ese dolor produce una incomodidad tremenda. Me siento tan incómoda que el mismo dolor es una invitación para desplazarse de lugar. La incomodidad no es un lugar impropio, como lo aseguraría la escritora colombiana Vanessa Rosales, quien ha hablado de la incomodidad como un valor político valiosísimo para los movimientos sociales contemporáneos.

La incomodidad de un duelo es un espacio fecundo que nos lleva a hacernos las preguntas pertinentes sobre lo que creemos que es inamovible. En esa medida, el dolor es movimiento, es desplazamiento, es transformación y creación.

La incomodidad del dolor me ha llevado a revisarme y a replantearme, una vez más, sobre lo que considero que es amor o no, sobre mis errores, mis aciertos, mis bondades y mis atrocidades. El duelo es una oportunidad para replantearse nuevas maneras de construir amistad, amor y trabajo.

En medio de la tristeza de los duelos simultáneos, me abro al dolor para permitirme crear una Valeria nueva, dispuesta a amar más y mejor.

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