Los tiempos cambian… ¡Hasta para ligar!

Relaciones modernas

Foto. iStock

Media noche en cualquier bar de copas. Dos extraños se intercambian miradas furtivas. La chica, que roza los veinte años, lleva puesta una minifalda y unas sombras de ojos que podrían funcionar tanto para maquillaje de Nochevieja como para disfraz de mapache. El chico, un poco más mayor que ella, pero no lo suficiente como para dejarse crecer barba aún, se mesa el pelo que aún luce sin canas y le guiña un ojo descarado. La joven va al baño, a retocarse ese exceso de maquillaje que ella cree que no es suficiente y a parlotear con sus amigas de lo guapo que es el chavo al final de la barra.

A su vuelta se acerca a su presa. Éste le invita a una copa, posiblemente un Gin Tonic o un coctel de esos que suenan de lo más fashion. Se escucha una canción lenta. Se dan su primer beso y, atrevida, ella le da su número de teléfono con la esperanza de que la vuelva a llamar. Es finales de los años 90/principios del 2000.

Al día de hoy ya tienen retoños.

Año 2016. Medianoche en tu casa. Abres el Tinder. Nada interesante. Te metes al Facebook y descubres en sugerencias al amigo de un amigo de esa amiga que conociste a través de tu compañero de piso que no está nada mal. Lo agregas. Esperas cinco minutos y ves que no te acepta la solicitud de amistad. Te frustras. Te decides a apuntarte a Match.com en busca de tu nueva media naranja, pero te entra pereza. Demasiado esfuerzo y paciencia para elegir foto de perfil o rellenar cuestionarios… Al final apagas el ordenador y te vas a la cama convencida de que ese príncipe azul nunca llegará galopando a la puerta de tu casa, a lomos de un dulce corcel y blandiendo una espada plateada.

¿Por qué nos entra nostalgia de esos tiempos en los que emborracharse y entrarle a un chico/chica era de lo más normal y “romántico” del mundo?

Las prisas, los horarios de trabajo, la poca paciencia y las nuevas tecnologías cada vez ponen las cosas más difíciles al ser humano ávido de dar y recibir cariño. Ya no se usa el “¿estudias o trabajas?” de la generación de nuestros padres que tanta gracia nos hacia. El intercambio de mensajes de texto ha evolucionado gracias a la llegada del Whatssap que, lejos de funcionar como Cupido, se puede avergonzar de romper más incipientes relaciones que de mantenerlas… Ya sabes, el típico:

“¿Qué hacías online a las 3:00 am si me dijiste que no ibas a salir?”

o:

-“Me ha salido como leído y no se ha dignado a contestarme… Además, se ha vuelto a conectar hace media hora y sigue en línea… Ya está. Lo borro de mi vida para siempre.”

Dramas tecnológicos. Rupturas evolucionadas. Amores tan fugaces como el wifi de un Starbucks.

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La llegada del Tinder supuso toda una revolución en el universo cibernético de la pasión y los follamigos. Aunque la excusa de “yo estoy aquí para conocer gente y ver qué pasa…” funcionó durante un tiempo, lo cierto es que la sociedad, cada vez más honesta, se guarda sus eufemismos para lidiar con problemas de más enjundia. Sin embargo, de mentirosos está el mundo lleno y las aplicaciones amorosas no son ninguna excepción.

Según un estudio realizado por la firma GlobalWebIndex (GWI), el 42% de los usuarios de Tinder ya tienen pareja. ¿Relaciones abiertas? ¿Curiosidad? ¿o simplemente el “yo-estoy-aquí-para-conocer-gente…”?

Lo cierto es que no nos rendimos a pesar de los batacazos y frustraciones o la negación de la realidad, ya sabes, del conocido: “¿Tinder? Yo de eso no uso….” Porque claro, ¿por qué ibas a admitir que eres usuario de una app tan brutalmente superficial que basa la compatibilidad de dos personas en el físico puro y duro? De ahí que las decepciones y los fracasos formen a la gente en el mundo del escepticismo y la desconfianza.

He de reconocer que yo sucumbí a los encantos de los chicos guapos de Tinder y tuve una cita con un ser de lo más interesante. De belleza exótica y gran inteligencia, mi match era un aficionado a los juegos. ¡Oh no, no a las maquinitas, no…! Me refiero a los videojuegos. Ya fuesen de rol, de aventuras o el Super Mario Bros, aquel hombre se los conocía todos. Durante la primera cerveza que nos tomamos juntos me pareció de lo más tierno e inocente que un chico, pasada la treintena, estuviese tan emocionado hablando de la nueva versión 2.2 que saldría a la venta el próximo mes y que le permitiría avanzar más fases de no se qué juego de rol que practicaba con sus amigos.

Mi segunda cerveza me la pasé mirando al infinito, intentando sin éxito cambiar el tema de conversación y pensando en una manera sutil de comentarle que me estaba bajando el azúcar y necesitaba cenar algo. Acabamos en un McDonalds a medianoche. Yo, ingiriendo patatas fritas con una satisfacción que hacia que me revolviese del gusto en mi asiento. Él, mirando alrededor con cara de asco y controlando el reloj con disimulo.

No me acompañó a la parada del autobús. Tampoco me volvió a llamar. La última vez que me metí al Tinder me había borrado. Compatibilidad: 0%. Sin embargo, nosotras seguimos intentándolo. Investigamos, nos apuntamos a Badoo, a Happn, a Muapp, a Meetic y a mil websites que te enseñan fotos de parejas felices y guapísimas como cebo para atraerte en sus redes del amor.

Vamos a Speed datings imaginándonos qué nos inventaremos para contarle a nuestros hijos la historia de “Como conocí a su padre” y salimos de la sala sin hijos, sin padre apuesto para ellos y sintiéndonos humilladas y más solas si cabe.

Y mientras tanto, la industria del “amor” evoluciona a ritmos vertiginosos y te ofrece packs de una noche de intercambio de parejas por módicos precios que pasan de las 30 libras y que te aseguran hombres y mujeres de lo más sexys y atrevidos. Algunas de estas ofertas, las más elitistas, te exigen llevar conjuntos de ropa interior de Victoria’s Secret y ser capaz de desnudarte a medianoche enfrente de un montón de extraños con calzoncillos y bragas de lo más caros.

Yo lo tengo muy claro. Me quedo con la borrachera, con el “¿te invito a una copa?” y el intercambio de teléfonos. Bueno, y si me preguntas… hasta prefiero el “¿Estudias o trabajas?” que tanta vergüenza ajena me producía cuando era una adolescente.