El desconcertante mundo de las entrevistas de trabajo

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¿Ya renunciaste a tu trabajo? ¡Felicidades! Te espera un mundo de libertad, crecimiento profesional y… entrevistas de trabajo.

Sí, aunque vayas a ser freelance o a poner tu propio negocio, lo más probable es que tengas que sentarte en una mesa para convencer a un desconocido de que tu peor defecto es que “te preocupas demasiado” y que en verdad te apasionaría escribir sobre elevadores por un sueldo menor al estándar del mercado. Me temo que este es un tema en el que, a pesar de tener mucha práctica, no tengo muchos consejos más allá de recomendar el blog Ask a Manager y en especial su guía para preparar entrevistas. Lo que tengo más bien son historias de terror. Acá algunas mías y otras que me compartieron mis amigos.

Las entrevistas que no fueron
La historia de cómo conocí a una de mis mejores amigas es un poco humillante: en pocas palabras, tenía una entrevista para ser su asistente y me perdí. Me sentí tan mal que después ni siquiera contesté su correo para reagendar y pretendí que solo fue un mal sueño. La historia tiene un final feliz porque ahora somos besties pero pensar en lo poco profesional que fui todavía me da mucha vergüenza.

No soy la única, también sé de casos de personas que sí llegan a la cita, pero se sienten tan abrumadas que prefieren regresar a su casa antes que pasar por el proceso. A nadie le enorgullece tener estos momentos de ansiedad extrema, pero son cosas que pasan.

Las entrevistas misteriosas

Cuando el sueldo es “a tratar”, el perfil del trabajo “se discutirá en la entrevista” y hasta el nombre de la empresa es un secreto, es ganancia salir de ahí completa y no en pedacitos, pero eso no hace más cómodo el proceso.

Es horrible pasar una hora siendo la mejor versión de nosotras, contestando preguntas tan absurdas como “¿Qué diría tu epitafio?” para a la mera hora enterarnos de que es un puesto que no nos interesa nada, pero tampoco está padre cuando a los 5 minutos sabes que ese no es el lugar para ti y tienes que decidir si lo aceptas y te preparas para una despedida incómoda o mejor finges que el sueño de tu vida es editar noticias de nota roja y haces changuitos para que no te llamen nunca más.

Las entrevistas que no preparaste

Un error que he cometido varias veces es preocuparme tanto por tener la mejor ruta para llegar, el mejor outfit y el CV más perfecto que olvido practicar. Una vez, por los nervios, balbuceé algo incoherente cuando me preguntaron cuál es mi diseñador de modas favorito. No les sorprenderá saber que no obtuve el puesto. En otras ocasiones, he tardado más de 5 minutos en nombrar mis tres principales virtudes, y para los defectos bromeé “ja, no tengo”. Tampoco me dieron esos trabajos.

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Las entrevistas “cámara escondida”
Sí, ya sabes, esas en las que esperas que Ashton Kutcher (o, de perdida, Facundo) salga a decirte que todo era una broma y que te ganaste 100 dólares por tu paciencia. De estas he tenido varias, pero la más reciente fue una en la que mi entrevistador bostezó mientras yo contestaba y puso música de Rihanna para amenizar el momento. Aunque debo admitir que tuvo el detalle de apagarla cuando llegó la hora de hacer mi prueba de habilidades de edición.

Pero esa experiencia no es nada comparada con anécdotas que me han contado, que van desde preguntas como “¿morirías por este trabajo?” (y no, no era para el Estado Mayor Presidencial o para guardaespaldas) hasta tests con polígrafo.

Las entrevistas “llama a la policía”
Finalmente están esas bonitas experiencias en las que te proponen cosas claramente ilegales, como recibir tu pago “debajo del agua” o los casos en los que el entrevistador hace un comentario sobre tu físico o tus planes para ser mamá. En esos momentos solo queda correr y contárselo a quién más confianza le tengamos o, en mi caso, a todo internet.