Maternidad y acompañamiento: este mundo no da tiempo ni para sanar después del parto

Recomendado

5 libros sobre maternidad que nos invitan a repensarla

Qué importante sigue siendo repensar la maternidad. No se...

12 consejos para congelar tus óvulos (de alguien que ya lo hizo)

Si estás pensando congelar tus óvulos, esta guía puede...

No quiero ser mamá, pero sí me interesan las infancias

Es un cliché que quienes dicen "no quiero ser...

Compartir

En este texto sumamente personal, Anaid habla sobre la deuda que este sistema tiene con las maternidades y de cómo ella sintió que no tuvo tiempo ni para sanar después del parto porque «el mundo no se detiene».

Con el parto que me esperaba, días antes de ser mamá debí de imaginarme que el tiempo se volvería algo relativo: se necesitaron 43 horas de labor de parto —en las que no distinguí si era de día o de noche, o si habían pasado un día o dos— para que pudiera traer a Teo a este mundo.

Cuando tienes contracciones y estás a punto de dar a luz, te vas a una especie de partolandia, donde es difícil darse cuenta de lo que pasa a tu alrededor y el tiempo se vuelve nada más y nada menos que un concepto. Cuando por fin tienes a tu bebé en brazos, bueno, esto último no cambia, realmente.

Empiezas a dormir de manera intermitente, no tienes tiempo para sentarte a comer u olvidas cuándo fue la última vez que comiste algo, y tu vieja rutina se ha esfumado para dar paso a una completamente diferente.

Maternidad: malas madres, madres disidentes y crianza en tribu

Mientras encuentras la forma de sobrellevar el montón de cambios en tu vida (¿ya mencioné la montaña rusa de hormonas?), el mundo sigue girando y esperando que le sigas el ritmo. ¿Quieres detenerte a respirar? ¿Tal vez quieras tomarte las cosas con calma para sanar tu cuerpo y tu mente del parto, quizá el proceso humano más complejo y doloroso que puede experimentar una persona? No lo creo.

Al mismo tiempo que los sentidos se agudizan para cuidar, proteger y alimentar a nuestro bebé, para este sistema la complejidad de maternar es invisible. La responsabilidad de crianza recae solo sobre nuestros hombros cansados, y la falta de reconocimiento sobre nuestras frágiles emociones que trae consigo el puerperio.

Con suerte (qué digo suerte, ¡fortuna!), tenemos una pareja que comparte responsabilidades. Y así, tal vez, y solo tal vez, existan más posibilidades de recuperar mucho antes el ritmo en la vida profesional, social y de pareja.

Me aferro a ser madre: racismo y maternidades

En México, por ejemplo, el 7% de las mujeres que son madres se reconocen como solteras, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020. Y al menos 7 de cada 10 madres solteras trabajan para mantener a su familia.

Lo que hay que aceptar es que estamos más cansadas que nunca. Acompañadas o no, estamos agotadas, no solo por las desveladas o la atención constante que demanda ese diminuto ser que salió de nuestros cuerpos, sino que también hay que corresponder a todo lo que sigue pasando a nuestro alrededor.

Corresponder a los amigos y a la familia, a las videollamadas de dos horas, a las visitas exprés y a los mensajitos de whatsapp para dar los «buenos días» y aquellos de «excelente inicio de semana para todos». Corresponder al trabajo, a darle respuesta a correos electrónicos pasadas las diez de la noche en fin de semana, porque emprender es una catástrofe escondida detrás de un «tú eres tu propio jefe».

Acompañamiento y maternidad

Este vaivén de obligaciones y nuevas responsabilidades que llegan bajo el brazo del bebé (¿¡cuál torta!?), aunque no me queda duda que se navegan mejor cuando una tiene apoyo (de una pareja, amigos o de familia), siguen recayendo sobre la madre, «y ‘ay de ti’ si lo haces mal». Porque nos toca maternar en solitario, pero siempre rodeadas de juicios incluso contradictorios como: «¿¡está amamantando!?», y «¿¡no está amamantando!?». Es como si tu maternidad dejara de ser tuya, pero, al mismo tiempo, nadie comparte la carga contigo.

Pienso en mi madre con los cuatro hijos que tuvo, y en lo «cuatro veces más cansada que seguramente ella estuvo», y no puedo evitar compararme y hacer menos mi desgaste. Y tantas madres así, como yo, viendo a otras madres que se presumen frescas y radiantes, sin ojeras y tomando una copa de vino o sobre la caminadora a los treinta días de haber dado a luz. Y pensamos, «¿por qué es tan difícil para mi?».

Pero compararse es el primer error, porque cada maternidad es única e intransferible (como tu deuda del SAT, jaja). Hay casos en los que no te da tiempo de bañarte y solo alcanzas a ponerte una blusa que no está manchada de leche materna, para conectarte por zoom a una junta con tu cliente. Pero habrá otros, en los que es posible tener tiempo de ducharse sabroso y sin prisas, con el bebé dormido plácidamente y tener ropa limpia en el clóset. Porque cada maternidad es diferente, y la tuya, bueno, pues es sólo tuya y de nadie más.

Por una maternidad feminista, colectiva y desobediente

Las sonrisas de tu bebé también son solo tuyas. La mirada de ese hermoso ser mientras es alimentado por ti, es la gloria misma encapsulada en un par de ojos de color mágico. El cansancio y el sentimiento de impotencia por tantas cosas, se esfuman en cada eructo nocturno, para convertirse en otras tantas: por ejemplo, en la lenta aceptación de que el mundo seguirá dando vueltas, mientras nosotras sólo podemos girar al bebé para cambiarlo de un pecho al otro.

Dan ganas de utilizar las barreras que crecen frente a nosotras para resguardar todo el amor que sentimos por nuestros hijos, y congelar el tiempo -y al mundo- para vivir plenamente nuestra maternidad.

Compartir