Luz Valdez sobre la promoción de textiles y la apropiación cultural

Lo que comenzó por un gusto personal se convirtió en un trabajo para Luz Valdez: la difusión del trabajo y creaciones de decenas de artesanos mexicanos de varias partes del país.  

Luz Valdez quién es

Luz Valdéz tiene 23 años, vive en Irapuato, Guanajuato, y es promotora cultural y modelo que recientemente se ha dedicado a difundir —a través de sus redes sociales— el trabajo y las creaciones de artesanos de diferentes partes de México.

Durante esta entrevista, del otro lado de la pantalla, Luz viste un huipil hermoso de mangas abultadas con bordados de dinosaurios verdes y unos aretes de palma de Oaxaca. «Este huipil es de Yolo, una diseñadora otomí», dice.

Aunque comenzó este trabajo a los 18 años, su amor por los textiles y las creaciones originales de artesanos tiene mucho más tiempo. A los 14 comenzó una colección con rebozos que compraba en cada pueblo que conocía.

Actualmente, cada día trabaja con 40 artesanos para dar asesorías sobre cómo tomar fotos y videos atractivos, hacer estrategias de venta y envíos. Sobre todo ahora, en medio de esta pandemia que revolucionó el comercio en línea y los envíos a domicilio. Un día antes de la entrevista, Luz había impartido un webinar con 240 artesanos.

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¿Cómo nació tu amor por la ropa artesanal?

Estaba en un tianguis de Querétaro, de los más grandes de la región, y unas señoras vendían prendas purépecha. Yo las veía, pero sentía que no eran para mí. Me animé a ponérmelas y desde entonces no he dejado de usar prendas artesanales.

Cuando comencé a usar esta ropa, me empezaron a tratar muy mal. Las prendas artesanales están rodeadas de estigmas y discriminación.

Por eso la ropa queda en desuso y cada vez menos personas se quieren dedicar al textil: no es redituable. Esa fue mi inspiración para dedicarme a la difusión.

¿Cómo comenzaste a ser promotora cultural de textil?

Hice muchos amigos en todo el país porque me gustaba ver su trabajo. La mayoría de los artesanos que promuevo, primero fueron mis amigos.

Antes de la pandemia, no era tan necesario que vendieran por Internet, algunos tenían ventas por Whatsapp pero nunca pensaron en hacer envíos porque es un problema desde las comunidades, tienen que moverse varias horas para encontrar paqueterías. Entonces muchos me pedían ayuda para hacer un Instagram o para comprar una guía de envío.

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Muchos me dicen que la pandemia fue una bendición porque sus ventas se fueron al cielo. Cuando pasó lo del hilo de Twitter que se volvió viral, fue un shock porque tuvieron pedidos para todo el año.

Muchos descubrieron la posibilidad de vender sin intermediarios y, con ello, aumentar su margen de ganancia.

¿Por qué es importante que las personas compren directamente de los artesanos y no de las tiendas?

El contacto directo con los artesanos va a ser lo único que hará que la industria cambie. Como la cooperativa del vestido rojo, yo las contacté porque estaba buscando un vestido rarámuri pero la artesana, aunque sí costuraba, nunca había vendido a distancia.

Sin conocernos, le deposité y tiempo después me mandó mi vestido. Actualmente son 14 mujeres que formaron la cooperativa Umuki Suami (mujeres cosiendo) y han exportado a todo el mundo.

Ellas le llaman «el famoso vestido rojo» porque de ese vestido salieron todos los pedidos.

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¿Qué opinas sobre la discusión de la apropiación cultural?

Eso es algo que hablo con todos los artesanos que conozco, a cada uno le pregunto: «¿qué piensas de que yo lo use, de que se haga esto?» Hasta el momento, todos me han dicho casi lo mismo: si no quisiéramos que lo usaras, no te lo venderíamos.

Cuando las marcas lucran con los diseños originarios, el problema es que se pierde el vínculo. La razón por la que se vende un textil es porque alguien necesita ese sustento y es importante adquirirlos de ellos mismos para no perder ese diálogo y no generar discusiones donde los artesanos sean los que menos hablan.

Para que el textil sea valorado, sus propios creadores tienen que decir lo que piensan y sienten de él. Ahora todo el mundo habla por los artesanos, dicen que es apropiación cultural, o que no puedes usarlo de esta u otra manera, pero ¿alguna vez preguntaron a la artesana qué piensa?

¿Tú te identificas con algún pueblo originario?

No me identifico con ningún pueblo originario. Tengo raíces purépechas pero es algo que no me tocó.

Mi familia migró a Irapuato en los años setenta, entonces, para mí, decir que soy purépecha sería mentir porque fue algo a lo que mi familia renunció. Por respeto a ese despojo, yo no lo menciono nunca, aunque sé que me evitaría muchas discusiones con mucha gente.

La primera vez que unos de mis contenidos se hizo viral empecé a recibir muchísimo hate por lo de la apropiación cultural.

Hubo un día en el que estaba saturadísima y llorando por eso cuando un artesano me llamó para que le ayudara a hacer una guía. Le dije que me sentía mal y no sabía si seguir. Nunca olvidaré lo que me dijo: «si tú caes, nos caemos todos».

Me mandó muchos mensajes bonitos y me preguntó qué era lo que más me gustaba. Respondí que las estrellas y en mi cumpleaños me mandaron un huipil de estrellas. Muchos artesanos siempre han estado para mí y yo siempre voy a estar para ellos.

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¿Qué tanta aceptación hay de que los diseños sean modernos, es decir, como ese huipil de estrellas?

Ese huipil también tuvo problemas por eso, muchas discusiones en Facebook. Pero como contestó la artesana: «Nosotros bordamos lo que nos gusta y, si nos gustan los gatitos, vamos a bordar gatitos».

Decía que en las ciudades pueden bordar lo que quieran pero en las comunidades solo quieren que borden lo que otros piensan que representa a los bordadores. Está muy bien preservar la cultura intacta cuando solo la estudias, pero no vives de ella.

Los artesanos tienen que crear y adaptarse al mercado y hacer las cosas que a ellos les nace. Tienen todo el derecho de bordar lo que quieran porque los textiles también se han ido modificando a lo largo de los años.

Hay una artesana en Michoacán que yo no entendía por qué bordaba puros animales del Rey León y me dijo que era el único patrón que se sabe de memoria y como ya no veía bien, hacía ese.

¿Quiénes somos nosotros para decir: ‘ay, no hagas esto’? Tienen autonomía y el derecho a decidir hacia dónde va su arte y quién lo puede portar.

Además, estas innovaciones ayudan al rescate de las otras. Si no tienen dinero y recursos para hacer un huipil de diseño súper sofisticado y antiguo, no lo van a recrear. Son sus decisiones, su trabajo y su patrimonio.

¿Qué podemos hacer para que el trabajo textil sea reivindicado?

Nadie puede defender lo que no conoce. Nadie puede amar lo que no conoce. Nadie va a comprender por qué una prenda vale 18 mil pesos si no sabe qué hay detrás de eso, lo que significa histórica y culturalmente para ellos mismos.

Falta mucha difusión y educación. No me gusta educar al respecto porque sería quitarles su propia voz y su derecho a comunicar estas cosas. Pero entre más personas conozcan directamente a los artesanos y sus procesos, más van a ser valoradas las piezas.

Tenemos que dejar de replicar ideas como que el textil es solo para antropólogos y pueblos originarios, que no los puede usar nadie más. Es un estereotipo, que los usen quien quiera usarlos y quienes los artesanos quieran que los use.