De herencias, pandemias y otros pesares: por qué necesitas un testamento

Te decimos por qué necesitas un testamento y cómo puedes navegar las dificultades prácticas, económicas y emocionales que trae la muerte de una persona cercana.

por qué necesitas un testamento
Fotografía. Romain Dancre

Por: Ana Cinthya Uribe

Entre los muchos fantasmas que ha despertado la pandemia en México, quizá uno de los que se quedarán durante mucho tiempo en los pasillos de los juzgados y las casas familiares es el de las personas que murieron intestadas.

Incluso en un país como el nuestro, en donde la muerte es un tema dolorosamente común, la multiplicación de fallecimientos a causa de las infecciones por Covid-19 han puesto más presión que nunca en la necesidad de saber qué queremos que pase con lo que dejamos atrás. 

Según Armando Prado, presidente del Colegio Nacional del Notariado Mexicano, un 90% de las personas que han fallecido durante la pandemia no dejó testamento. La mitad de esos acabará en tribunales en un juicio que se puede extender por años y llevarse además de mucho dinero y varios árboles en hojas impresas, posiblemente también la paz de muchos de los involucrados.

Por qué necesitas un testamento… aunque sea tabú

En las familias mexicanas hablar de herencias y testamentos es generalmente un tabú y tiene tintes de película dramática. Como parte del mito cinematográfico, imaginamos que el testamento es algo que se hace en el lecho de muerte o vale que alguien diga “su última voluntad”. 

Sin embargo, la ley es mucho más mundana que eso. Solo son válidos los testamentos registrados ante notarios, en parte para evitar coerciones a las personas en los últimos momentos de la vida. 

El proceso no es necesariamente difícil, pero para mucha gente es engorroso y caro. Las normas no son las mismas en todo el país, pero siempre hay que ir a un notario, llevando por lo menos un testigo. Los costos también varían, pero fluctúan entre los 1500 y los 2500 pesos como mínimo. 

Desde hace años, el gobierno federal ha impulsado la celebración del mes del testamento, en septiembre, haciendo campañas de información y promociones en las notarías. Entre otras cosas, buscan romper las ideas preconcebidas. Hacer un testamento en México no (necesariamente) de hacer una lista de bienes y decidir a quién le tocan, sino también de elegir quién va a ejecutar el testamento y decir sobre los temas pendientes, por ejemplo, las deudas. 

Con o sin testamento, todos los bienes de una persona que muere van, en principio, a pagar a sus deudas privadas o públicas (con Hacienda) y sólo después de que eso esté saldado comienzan “las reparticiones”. 

En estados como Veracruz, Durango, Estado de México e Hidalgo, la pandemia ha reabierto viejos debates sobre cómo y cuándo debería hacerse un testamento, y si el gobierno puede flexibilizar las condiciones actuales para disminuir la carga posterior en los juzgados.

La herencia emocional

Y además de la parte práctica, está la emocional. Platiqué con la psicoterapeuta Leticia Sánchez-Gay, quien me contó:

“Tenemos un problema cultural de lo que significa hacer un testamento, porque tenemos que reconocer que nos vamos a morir. Nos gusta hacer calaveras y reírnos de la muerte en lo abstracto, pero hacer un testamento confronta porque implica reconocer que nuestra vida es finita”.

“Cuando en las familias, o en las parejas, alguien comienza a hablar de hacer un testamento la gente se ofende. Es un tema muy delicado porque por miedo, prefieren no hablar del tema. El tú no te vas a morir al final no le sirve a nadie”, me explica Leticia. 

Las herencias y la familia

En esa compleja mitología alrededor de la muerte, existe la idea lejana de que en algunos casos puede venir con una bendición “escondida”. Que la llegada de una herencia puede resolver todos tus problemas… como si fuera una lotería. 

Pero igual que con la lotería, recibir mucho dinero de golpe puede tener resultados mixtos. Bertha, me dice: “yo conozco a alguien que se gastó el dinero entre viajes millonarios, y negocios fallidos porque no quería volver a trabajar en su vida, y pues nada, se acabó el dinero y volvió al mundo real y trabaja de nuevo”. 

Esa historia de mínimo desastre me recordó inefablemente a las fábulas infantiles en las que ninguna acción pierde su consecuencia. Pero la gran mayoría de las narraciones sobre herencias y testamentos que he escuchado son más bien como para guión de telenovela, miniserie on demand o cuento de terror en plan herencia maldita

Relaciones que se rompen

Cuando yo tenía diez años, por ejemplo, me llevaron a conocer a la única hermana de mi abuela materna… con la que tenía ¡30 años! peleándose en juzgados por la herencia de su madre. Finalmente el juzgado decidió, se repartieron un terreno en el centro de la ciudad y volvieron, cautelosamente, a intentar reparar una relación que estaba rota desde hacía décadas. 

Aún después de eso, no he visto a nadie de mi familia correr a hacer un testamento. Al revés: mi experiencia me dice que incluso con testamento o decisiones notariales todo se puede torcer. La casa de mi abuela paterna fue vaciada y puesta a la venta sin que prácticamente ninguno de los 26 nietos y nietas que somos pudiera despedirse de lo que fue uno de los puntos de referencia de nuestra infancia. Yo creía que eso nunca podía pasar en mi familia. 

Saber vivir los duelos

“Hay una fantasía muy mexicana de que la familia es invencible y no le va a pasar nada”, dice Leticia. “Se cree aquello de que ustedes lo van a resolver de alguna forma aunque nosotros ya no estemos. Pero eso no siempre es así”. 

Para Leticia, uno de los problemas es que no queremos pasar por el duelo:

“Casi todo lo que hablamos sobre el duelo es falso. Todo ese asunto de que se murió y ya está en el cielo, entonces como está en el cielo, yo no tengo porque estar triste es un problema, sobre todo por la noción de que si el que se queda llora, no lo va a dejar descansar. Se prohíbe el duelo y entonces el duelo se escapa por donde puede. Y una de las formas más comunes es que se escape a través de lo que pasa con los bienes de los que se fueron”.

No necesariamente se trata de qué o cuánto haya quedado, sino el valor sentimental. “Cuando alguien se va, se entiende que lo que yo pueda reclamar tiene un valor que está relacionado con quien fui yo para esa persona en primera instancia, y en qué importancia tengo yo en esta familia para decir: yo lo quiero. A mí denme esto.” 

Leticia me cuenta sobre su propia historia, donde ella es la albacea de un testamento que dejó su madre- No tuvieron problemas para repartirse los bienes materiales, pero los objetos personales de sus padres (el barco que había hecho el padre, los aretes de la madre, el álbum de fotos) todavía siguen sin destino fijo porque nadie siente que los merece más que los demás.

En algunas familias, me dice Leticia, “quizás más lastimadas, se pelean ferozmente por lo que los padres les deben”. 

Las familias no se dividen mágicamente obra y gracia de un testamento o la falta de él, sino que se exacerban las dinámicas que ya existían… y hay que recordar que una de las etapas del duelo es el enojo. 

Las mujeres, las herencias y los testamentos

Muchas de las historias de las que escribo en este texto tienen que ver con herencias en familias, entre padres e hijos. Pero la falta de una decisión también deja aún más desamparadas a parejas de hecho o incluso a compañeros de vida sin relación sentimental. 

En esos casos, aún más que en otros, es fundamental hacer un testamento: no sólo para decidir sobre lo que se queda, sino sobre las deudas, las responsabilidades e incluso para dejar claramente indicado quién puede tener la última palabra en decisiones médicas cuando la persona en cuestión ya no puede tomarlas. 

Es interesante cómo, según un reporte del estado de Tlaxcala, son muchas más las mujeres que en los últimos años deciden hacer testamentos. Es quizá un momento de empoderamiento o la toma de responsabilidad en la que la cultura juega un papel muy importante.

Durante años (y aún hoy) muchas mujeres no son tomadas en cuenta en el juego testamentario. Tradicionalmente no eran ellas las que recibían las tierras o los negocios de la familia, ni se convertían en albaceas, ya no de sus padres, ni siquiera de sus esposos. 

En la sucesión se les negaba su posibilidad de ejercer su poder financiero, pero se les cargaba con las responsabilidades: mientras los varones recibían las herencias monetarias, las hijas recibían las herencias de los cuidados.

Puedes decir que no

Ante la muerte de un ser querido, finalmente, los deudos también pueden decidir con qué quieren quedarse

Leticia Sánchez-Gay me cuenta que, además de lo que se pone en los testamentos, al final quedan responsabilidades, culpas, que también se heredan. Y la mayoría de estas cargas acaban en las mujeres.

“Todas las culpas que tienen que ver con lo que alguien se atrevió a hacer… En la dinámica familiar, cuando algo se niega al mismo tiempo se afirma, porque al decirse existe”. 

Y así como una puede negarse a ser el albacea y encabezar la discusión familiar, también puede no aceptar las etiquetas, las cargas: esa herencia que está muy lejos de cualquier cuento. 

Saber que eso es una posibilidad, que una puede romper los ciclos ya sea no aceptando las cargas o decidiendo previamente a la propia muerte, puede ser también una liberación. Otro tipo de final feliz.