¡Extraño que me toquen! Sobre el contacto físico en la pandemia

El contacto físico en la pandemia es algo del pasado. Pero necesitamos esa conexión, ya sea a través de un masaje… o de un vibrador

contacto físico pandemia
Foto. Rawpixel

Por: Sujaila Miranda

Teresa es una mujer morena con el cabello rizado y recogido, usa una playera rosa y pantalones de mezclilla. La miro descansar sentada sobre su cama de masaje, frente al mar pacífico, en la playa de Acapulco Diamante. 

Saca gel antibacterial, se lo unta en sus manos y coloca una toalla desechable sobre la almohada como si le estuviera poniendo el moño a un regalo. Un cubrebocas azul hace una barrera entre su nariz y la brisa del mar:

“Las personas quieren que yo traiga el cubrebocas, pero ellas luego no lo usan, se cuidan de mí pero no me cuidan”, me dice. 

Tener un sustento que dependa del contacto físico quizá sea la ironía más grande a partir de que Covid-19  sacudió la forma universal en que las personas se relacionan. Ahora todo es a la distancia. 

Ser masajista durante una pandemia

Teresa Guadalupe Juárez Álvarez tiene cincuenta años, vive en la Unidad habitacional Coloso, Acapulco. Para llegar a la playa donde trabaja, toma por 30 minutos un colectivo. 

Me contó que su jornada laboral empieza a las 10 de la mañana y termina a las siete de la noche. Sin embargo, un día antes la vi trenzando a una chica joven a las ocho de la noche: 

“A veces salen trabajos extras, entonces una debe aprovechar… No es seguro que al día siguiente haya trabajo. No importa que sea tarde, si sale un masaje o un peinado me quedo porque tengo la necesidad, y así me puedo llevar un poquito más”. 

Durante 13 años ha trabajado como masajista. Estrujando. Jalando. Apretando. Trece años tocando cuerpos de extrañas y extraños frente al mar.

Cuando llegué a Acapulco lo único que podía pensar era en los 700 metros que debía caminar de la entrada del hotel hacia el mar. 

Ahí conocí a Teresa y a sus compañeras. Ella nos ofreció un masaje a mi amiga y a mí, por 250 pesos. Le dije que yo tomaría uno el jueves en la mañana. 

¡Quiero que me toquen!

En la pandemia, el contacto quedó prohibido desde que se impulsó la campaña de Susana Distancia para aminorar el riesgo de contagio. La paranoia y el miedo al otre nos persigue. 

Fue normal escuchar a mi amiga Kari decir que le temía a Teresa y a sus manos de masajista. No quería que nadie la tocara. Ni siquiera entre nosotras había contacto.

Seis meses antes del viaje a Acapulco, cuando el gobierno anunció que había una pandemia por Covid 19, fui a casa de mi abuela y abuelo en Morelos. Les di muchos abrazos y besos, pero no fue suficiente para durar toda una pandemia. 

Yo quería que me tocaran. Que alguien me acariciara. Sin más remedio, durante el primer mes de encierro adquirí una de mis mejores compras: el Satisfyer Pro 2.

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¿Beso en la boca es cosa del pasado?

La necesidad de contacto se volvió mi obsesión. Por ejemplo, mi  opinión acerca de los encuentros sexuales en la pandemia ha cambiado mucho y creo que no puede haber conclusiones generales. 

Al principio, mis crushdistancing colapsaban cada vez que salía a discusión el tema de si hacer o no un encuentro. 

Pasaba lo siguiente: mi ligue de cuarentena sugería vernos, yo me estresaba ante la imposibilidad e imprudencia de la propuesta y decidía mejor dejar morir el romance. 

Hubo momentos en que consideré coger con un amigo a quien le tenía confianza de sanidad (esa es la confianza a la que se aspira en estos tiempos), pero cuando se lo comenté a mi amiga Natalia me preguntó: 

—¿Cuántas ganas tienes de coger?

—6

—¿Y cuántas ganas tienes de coger con él?

—3

—Pues da un promedio de 4.5, yo creo que no lo vale.

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Los masajes ayudan a sanar

 Desde niña tengo una gran afición por los masajes: cuando mis padres se divorciaron y yo tenía cuatro años, me llevaron con una terapeuta que me daba masajes. 

Cuando iba en la primaria, cada que íbamos a la playa tomaba uno o dos masajes durante el viaje; también he celebrado varios cumpleaños yendo a spas para que me den uno y así abandonen los músculos la carga de un año extra. 

Sentir las gotas del aceite tibias caer sobre mí. El estirar de mi piel desde los pies hasta la frente. Los dedos fornidos haciendo presión en mi cabeza mientras revuelven mi cabello. 

Mi espalda siendo frotada de arriba abajo, de un lado a otro con el brazo de la masajista. Las manos que aprietan mis nalgas sin erotismo y desencadenan el placer. Mi tranquilidad suspirando. 

El olor a menta, sudor y sal. Los masajes frente a la playa son un refugio en donde soy consciente de que vale la pena explorar cada centímetro de mi existencia. (El masaje no debe ser idealizado: todo puede arruinarse con unas inoportunas ganas de ir al baño).

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Un sistema que no cuida

Le pregunto a Teresa si hay envidias entre ella y sus compañeras y me dice que no, pero que sí tiene problemas con el hotel:  

“Estar parada durante 40 minutos, lavar pies y dar lo mejor de nosotras… Por $250, creo que es lo justo. Pero el hotel pierde clientela en su spa, donde les ponen música y aromaterapia, nosotras no hacemos eso. Nosotras tenemos la música del mar, lo más hermoso. La brisa y el arrullo del mar son únicos. Por eso el cliente nos prefiere.” 

Las autoridades del hotel las han querido mover de su lugar, pero ella y las demás masajistas forman parte de un sindicato de comerciantes, pagan mensualmente al gobierno para tener derecho de suelo, así que, legalmente, nadie las puede mover.

Ella toma todas las medidas de precaución y absorbe el costo de los insumos para que sus clientes se sientan seguros al recibir su servicio. Sin embargo, la gente no tiene las mismas consideraciones. La jerarquización social en este contexto implica poner en peligro la vida de Teresa. 

Cogidas que pudieron ser un mail

¿Cómo cuidar del otre? ¿Se pueden desarrollar medidas preventivas para poder tener contacto? Entre las relaciones afectivas, esto formula una discusión álgida. ¿Cómo podemos volver a tener encuentros sexuales sin morir/matar en el intento? No lo sé. 

Tampoco estoy segura si es posible. Me causa mucha ansiedad pensar que puedo poner a la otra persona en riesgo o me surge un sentimiento rencoroso y desconfiado de quien sugiere un encuentro sexual y tal parece que no atiende al hecho de que puedo poner en riesgo a las personas con quienes vivo. 

    Cualquier persona (que sea responsable con su vida y la de otras personas) ya se la piensa dos veces antes de tener un encuentro sexual con alguien nuevo. Mínimo habría que apalabrar con sus coronaloves si baja o no por los chescos. Arriesgar mi vida por una mala cogida es un dilema de humor negro. 

Por otro lado, creo que el contexto puede hacer que revaloremos este tipo de encuentros. Si lo que se tiene en mente es la seguridad, entonces quizá sea más fácil lograr que estos encuentros conlleven a la creación de un lugar seguro. Pensar en reacciones e inseguridades de la otra persona y así procurar su cuidado.

En pláticas con mi amiga Gabriela salen a flote los proyectos visionarios: “un Bumble con reseñas que digan si coge bien o no y el contacto de tres personas para confirmar”. El algoritmo te pondría en una situación de mayor ventaja si subieras el resultado reciente de una prueba que diera negativo a Covid 19”. 

Y aún así, ni con una aplicación sacada de un episodio de Black Mirror… La realidad es que nada te asegura que el riesgo de contagio sea inexistente.

Hace poco una amiga me contó que su novio se enojó por haberse comprado un vibrador como el mío. Le dijo “ya no vas a querer coger conmigo”. Me impresionó que alguien pudiera sentirse desplazado por un SatisfyerPro2. 

Por otro lado, la autoexploración y la masturbación ha incrementado en este periodo de encierro y creo que es una de las cosas bonitas que se pueden celebrar… Aún cuando haya novios frágiles por doquier.  

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El trato y una promesa

Mientras yo suspiro por besos y caricias y me debato si vale la pena o no poner en peligro mi vida por sexo, a Teresa no le queda de otra más que exponerse. Día a día sale, se arriesga y sobrevive. Su economía, y no su estabilidad afectiva/emocional, depende del tacto.

Termina mi masaje y le pago a Teresa con un billete de quinientos. “No tengo cambio, hoy no he ganado nada” me dice y me pregunta si no puedo conseguir el pago exacto. Le digo que no se preocupe, que le pago otro masaje para una mujer cansada después de una jornada de comerciante en la playa. Ella me promete que se lo dará. 

Una semana después recibo un mensaje suyo diciendo: “Acabo de saldar mi deuda con una mujer de unos sesenta años, vendedora de collares y pareos. Sus pies estaban calientes e hinchados. Era muy flaquita. Quedó contenta con el masaje. Gracias.”