Sí, me gusta salir sola, pero no siempre es fácil

Ser mujer y salir sola no significa solo vencer los prejuicios y la pena, también se trata de vencer el miedo a la violencia.

salir sola

Por: Libia Brenda

Hace mucho que no voy a un concierto, ni al Palacio de los Deportes ni a un auditorio. Creo que la última vez fui a una serie de funciones de jazz en el Cantoral y, por qué no, un cñoro insistió en hacerme plática.

No me refiero a la vecindad cordial que a veces se establece en asientos contiguos, me refiero a la necedad de un desconocido por que le pusiera atención. Globito en forma de nube encima de mi cabeza: “cñor, vine a ver al trompetista, no me esté jodiendo”. Pero no dije mucho, solo puse cara hostil y el tipo ni así cejaba en el empeño.

Hace días, vi anunciado el concierto de una cantante que no conocía para nada y que ahora está en mis “recientemente reproducidos”. Venía a un lugar de la colonia Doctores (mi colonia) más o menos reciente que no conozco. Busqué descripciones y reseñas, y parecía un lugar-trendy-para-gente-de-treinta.

Dudé. Pensé en factores como: va a haber alcohol, va a haber gente en bolita, va a haber parejas, si voy sola, me voy a ver rara o me voy a sentir un poco fuera de lugar. Y me quedé pensando si “todavía” será raro ver a una mujer salir sola en la noche y, en todo caso, ¿por qué?

Para una, salir sin acompañante es un arte que requiere constancia y siempre hay un nivel superior, como en videojuego: no es lo mismo ir a ver una película que ir al teatro, ni es lo mismo ir a una cantina familiar en domingo que ir a un bar en la Roma el viernes en la noche.

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Salir sola: mi historia

Dominé el arte de perderle el miedo al boleto único de cine desde que vivía en Pipopelandia (sí, es parte de mi oscuro pasado: nací y crecí en Puebla, esa mocha ciudad). Por ahí de 1998 sí me veían raro cuando pedía una sola entrada, y no se diga cuando me sentaba a comer en un restaurante, es decir, en un lugar que no fuera una fonda de comida corrida, “¿viene solaaa?”

Pero poco a poco me acostumbré y se convirtió en un desafío: “sí, vengo sola, ¿y?” Llegué a vivir a la CDMX en 2001 y entre las cosas que me costaron mucho trabajo estuvo revivir el proceso. Al menos fue rápido y poco a poco me dejaron de ver raro, o eso creo.

En esos años, si caminaba de regreso a casa sola, de noche, sí me daba miedo, pero me lo aguantaba. Si hoy tengo que regresar a mi casa sola, de noche, no camino y no me aguanto el miedo. No uso ninguna app de transporte privado, así que llamo un taxi por teléfono y espero hasta veinte minutos (como si viviera en la prehistoria).

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Entre nosotras nos cuidamos

Estoy en un grupo de amigas y conocidas que funciona las 24 horas en el que nos monitoreamos los viajes y mandamos reportes de la travesía: “voy de tal colonia a tal otra”, “voy a tal parte”,”voy a mi casa y estoy un poco borracha”, “el chofer se puso ‘simpático'”, “mejor no me tomo la botellita de agua porque se ve sospechosa”, “me cambié de carro porque el conductor se venía haciendo menso por callecitas que ni al caso”.

Todas conocemos historias de terror sobre conductores abusivos, chicas a las que les echan algo en la bebida (una frase que ya usaba mi abuela hace treinta años) y todas sabemos que no podemos andar libremente por la ciudad, para el caso, por ninguna ciudad (Puebla es, hoy en día, uno de los estados con más alto índice de feminicidios en el país). Así, pasé de temer los prejuicios de meseros (hombres, sí) y taquilleros de cine, a temer a la ciudad entera.

Este desplazamiento, en realidad, no quiere decir que alguna gente no se me quede viendo raro a veces, cuando voy sola a ciertos lugares o espectáculos (lo que cada vez me importa menos). Y no implica que yo me haya desenfadado del todo cuando pido una sola entrada, un solo boleto, mesa para una por favor, me quedo en la barra no hay problema.

Todavía, por ejemplo, no paso al siguiente nivel del videojuego: ir a cenar, muy arreglada, a un lugar de lujo en mesa para una. Anécdota: cuando todavía existía el restaurante Paxia y me encargaron una reseña, me dijeron que sí me pagaban una cena de más de mil pesos con maridaje incluido, solo una.

Yo me dije “a esto no puedo ir sola”; no por “pena” ni porque me vaya a ver como una triste solitaria de película mediocre (fondo musical de solterona), sino porque es la mesa, es el tipo de comida que se celebra y se comparte. Invité a una amiga que, gustosa, accedió a pagar su propio menú, fiú.

Y sin embargo, años antes, la primera vez que me puse borracha en un lugar público y no iba con nadie, fue en un toquín del Foro Alicia; me la pasé de maravilla y regresé a mi casa caminando.

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La seguridad es una ecuación en la que no tenemos todos los factores

Seguro que una parte del prejuicio sólo está en mi cabeza, pero me da la impresión de que sigue habiendo cierto sesgo “social” a la hora de ver a una mujer sin compañía, en un bar, por ejemplo, y más si es de noche, seguramente viene a ligar, busca acción, algo quiere.

Y no, eh, a veces solo queremos ir, tomar un buen trago, no pensar y dejar por ahí tirado el estrés, entre el bullicio de alrededor, para luego irnos tranquilas a nuestra casa. Pero, ¿qué pasa cuando irme tranquila a mi casa es resultado de una ecuación de la cual no tengo los factores?

Me gustaría concluir que qué bueno que ya no estamos en 1998, que ya no importa si en el cine me siguen preguntando “¿un solo asiento?”, porque estoy muy cómoda yendo sola a todos lados; que sí, porque sí estoy cómoda, pero no puedo concluir eso porque ahora mis preocupaciones tienen que ver con no ponerme en peligro.

Todavía me molesta que me quieran ligar solo porque asumen que si voy sola por algo será, pero esa molestia se convierte en algo banal cuando me siento inquieta, en las calles de mi ciudad, porque no sé si me va a pasar algo. Y eso, esa incertidumbre, es mucho peor que lidiar con la insistente plática aburrida de un honvre. ¿No es una medida paupérrima? Ojalá ninguna de nosotras tuviera que lidiar con nada de esto. Nunca.