Soy mamá, pero no tengo que dejar de ser yo misma

Hay ciertas expectativas que imponemos sobre las madres nuevas. Culturalmente, nos enseñan que la maternidad es sinónima con la pérdida de la juventud. Cuando tenemos bebés, debemos cambiar nuestra forma de vestir. Debemos reemplazar las mini faldas por los pantalones largos y ‘respetables.’ Debemos abandonar los cigarrillos fumados a media noche fuera de discotecas mugrientas y vibrantes. Debemos dejar de ser humanas multifacéticas. Las madres no necesitan tener aficiones o sueños o intereses fuera de sus hijos. Se supone que son mamás — y eso es todo.

Hace casi un año, descubrí que yo iba a ser mama. No fue algo remotamente planeado. En realidad, nunca pensé que podría tener bebes. Desde los 13 años, mis doctores me han dicho que gracias a la gravedad de mis ovarios poliquísticos, quedar embarazada sería casi imposible. Sin embargo, estaba tomando pastillas anticonceptivas para regular mis hormonas y para prevenir cualquier posibilidad que quedaba.

A pesar de todo esto, quede embarazada. Es verdad que a los 25 años, mi madre, mis tías, y mi abuelita ya tenían sus primeros hijos. Pero a los 25 años en el 2016 — viviendo en Manhattan, para acabar de ajustar — nadie a mi alrededor podría decir lo mismo. Anteriormente, me había prometido que la década en medio de mis 20 y 30 años sería dedicada a mi vida personal. Avanzaría en mi trabajo, saldría con mis amigos, viajaría lo más regularmente posible, me vestiría como quisiera, y mi pareja y yo viviríamos sin reglas o barreras. Estos eran mis años. Esta era mi vida. Esta era mi juventud. No la podría recuperar.

Cuando recibí la noticia de que llevaba 20 semanas de embarazo (sin síntomas o señales), quedé confundida. No me sentía preparada para abandonar esa vida personal. No me sentía lista para cambiar mi forma de vestir o para dejar de salir a bailar con mis amigos. No quería sacrificar mi carrera. No quería cambiar mi plan. 

 

“No me sentía preparada para abandonar esa vida personal”

 

Lo que he descubierto con el tiempo es que muchas de las ansiedades y los miedos que me inundaron en ese momento fueron basados en estereotipos anticuados de la maternidad. Soy feminista. Soy demócrata. Me considero una persona de mente abierta y liberal. Sin embargo, tenía bastantes ideas internalizadas sobre lo que significa ser ‘buena’ madre; la idea principal siendo que ser buena mamá requiere el sacrificio total de sí mismo.

Eso es lo que me enseñaron desde muy joven, y vi la lección personificada en muchísimas de las mujeres mayores en mi vida . Eran personas increíbles, brillantes, con pasiones y metas. Pero cuando tuvieron bebés, muchas cambiaron. Esos mismos bebés se convirtieron en sus prioridades absolutas.

Realmente entiendo el porqué. Tiene sentido que nuestros hijos deben ser nuestras prioridades — pero tal vez solo hasta cierto punto. No es egoísmo querer tener vida o identidad fuera de ser mamá. Es algo esencial. No creo que sea posible ser ‘buen’ padre si cultivamos resentimientos sobre nuestros hijxs: si eventualmente los culpamos por nuestra falta de satisfacción como seres individuos. Desafortunadamente, esto es lo que estamos arriesgando cuando sacrificamos nuestras identidades complejas.

Solo tengo 26 años, y hace 18 meses no hubiese podido imaginar mi vida con una hija. Nunca pensé que estaría buscando el balance entre ‘madre’ y ‘ser humano’. Pero aquí estoy, en búsqueda de ese mismo balance.

 

“No es egoísmo querer tener vida o identidad fuera de ser mamá. Es algo esencial”

 

Día tras día estoy con mi hija. A veces no comprendo cómo es posible que una cosa tan pequeña y frágil me haya traído tanta alegría, pero es cierto. De todos modos, a veces necesito mis descansos también. A veces necesito hacer algo distinto para mi propia salud mental: algo que no tenga nada que ver con pañales o compotas o Cartoon Network. En esos momentos, le pregunto a mi esposo si él se puede quedar sólo con la niña una noche. Así puedo visitar a mis amigos en la ciudad. Puedo ir a escuchar música, o a tomarme unos tragos, o a fumar un cigarrillo especial, o a sentirme como una persona de 26 años. Me voy con la paz de saber que mi hija estará bien cuidada por alguien quien la ama.

Estas salidas son una clase de escape que me ayudan a recordar que no soy sólo mama. Similarmente, utilizo mi ropa. Me pongo los diseños bullosos, peculiares, y a veces reveladores que componen mi vestuario. Son diseños que no existían en tallas ‘plus size’ hace dos o tres años. Son diseños que, por lo general, no son asociados con la maternidad. Pero son los diseños que me hacen sentir como yo misma. Mi ropa me ayuda a romper las reglas que se supone que estoy supuesta a seguir como mujer gorda — y por lo tanto, me ayuda a sentirme radical y progresiva. Son características que le quiero pasar a mi hija.

Otro escape es mi trabajo, el cual he podido mantener a pesar de ser mamá (así como miles de otras mamás lo hacen todos los días). A veces es difícil. Necesito la ayuda de mis suegros, de mi niñera, de mi madre, y de mi esposo para poder escribir. Pero he aprendido a pedir esa ayuda, la cual no es señal de mi fracaso — sólo de mi humanidad.

Las reglas que me han seguido durante toda mi vida son muchas. Existen reglas para mi cuerpo, reglas para mi sexo, reglas de etiqueta general, y reglas para ser mamá. Pero si me pongo a pensar en los modales y en las crianzas que le quiero enseñar a mi bebé, pienso principalmente en la importancia de dejarla cultivar su identidad.

No quiero que mi hija piense que, solamente por ser mujer, tiene que vivir su vida de acuerdo a una receta regresiva. No quiero que piense que está fallando si se viste diferente a sus amigos, o si le gusta música que no está en el ‘Top 40’, o si no aparenta como una madre típica más adelante en su vida. No quiero que el mundo le enseñe que ser buena mamá requiere abandonar su identidad. Por lo tanto, no puedo abandonar la mía.