No controles mis vestidos (ni los de nadie)

clothes shaming

Foto. Aaron Burson

Hubo una época de mi vida en la que veía a mujeres que se vestían padrísimo y amaba contemplarlas. Y, porque como dice un amigo, “no tengo talento pero soy muy tercx” me puse a investigar, a leer sobre moda, a ir a exposiciones y a pasar horas entre las telas. En ese entonces estaba empezando un capítulo diferente de mi vida y la línea textil me pareció un buen camino para reinventarme.

Aprendí de geometrías, combinaciones y colores. Gasté un montón (#MeArrepiento) sobre todo en el pequeño periodo en el que pensé que tener un estilo significaba parecerme a alguno de los maniquíes de Inditex.

El punto al que quiero ir no son mis transiciones estilísticas, sino el descubrimiento que hice en esa época. Y es que socialmente es delgadísimo el espacio de improvisación permitido en cosas trascendentales como las relaciones o la forma de ganarse la vida, pero también lo es en algo aparentemente tan superfluo como la forma de vestir.

La ropa, estoy convencida,  sigue el axioma de la comunicación que reza que es imposible no comunicar nada. Alguien puede, por ejemplo, comunicarnos con su vestimenta: “la ropa me importa un pepino”, o bien “pretendo que parezca que la ropa me importa un pepino” y hasta ahí todo súper. Pero al igual que con los otros signos que dejan de relieve la otredad, la forma de vestir de alguien también nos causa, a veces, suspicacia, recelo, sospechas e incluso temor.

Recuerdo bien la tarde en la que llegué a una reunión decembrina con un abrigo de animal print que además tenía textura afelpada (#NoMeArrepiento). Era una época en la que ya había dejado Inditex atrás y casi todo en mi closet era de medio uso o mandado a hacer. Yo estaba contentísima porque al comprar la tela había cruzado los dedos para que ese año hubiera tantito frío en mi ciudad tropical. Al llegar a la reunión una amiga se burló de mí de forma tan insistente que castigué a mi abrigo dejándolo en una maleta el resto de la temporada y finalmente vendiéndolo. Recuerdo que muchas tardes intenté volver a usarlo, pero ya no pude y me enojé muchísmo conmigo por tener convicciones tan endebles y porque, según yo, esos arrebatos de inseguridad eran dignos de secundaria y yo acababa de graduarme de la universidad.

La cultura del clothes shaming sigue vigente incluso ahora cuando, al fin, se volvió permitido el verse “diferente”. Podemos ver su persistencia en todos los memes con intenciones educativas que muestran fotos de mujeres que no deberían utilizar, por ejemplo, unos leggins. Quien critica casi siempre se escuda en una supuesta intención de ayudar a la oveja descarriada que está usando una prenda que no va, que no “le queda”.

Lo que a mi juicio dejamos de observar es que estas bromas a costillas de las formas de verse de lxs otrxs al final se nos regresan como un boomerang. No por efecto del karma sino porque al burlarnos generamos, para nosotros y el resto del mundo, un ambiente hostil en el que la aceptación está condicionada a que te veas de cual o tal forma. Es así que después de hacer una bromita de aquellas es posible que te pases un buen rato frente al espejo encontrándote defectos que no existen y tratando de identificar si alguien podría decir de ti lo que tu dijiste de otra persona, si alguien te podría aplicar el chiste.

La ropa habla de las convenciones que hemos adoptado como sociedad y pasa que hay para quienes ver a alguien rompiendo tantito la convención es asunto de risa o merece la apertura del correspondiente expediente: este es hípster, este es mirrey, etc. Al final parece que la incomodidad ante la forma de lucir/ser de otro habla mucho de nuestra capacidad para asimilar las diferencias como algo que enriquece el paisaje.

Recuerdo la primera vez que visité una ciudad grande, una capital, pues. Vi toda clase de personas con estilos tan únicos que me pregunté por qué en ese sitio de la Tierra la gente gozaba del privilegio de poder ponerse creativo sin temor a los comentarios y a las risillas por lo bajo. Lo que descubrí es que esa es una batalla que tiene que ganarse de forma personal. Que así como los comentarios mala leche hablan mucho de la persona que los emite, los miramientos y temores hablan mucho de quien usa la prenda. Hay quien, por dar un ejemplo, se siente angustiado todo el día si descubre que se puso un calcetín diferente en cada pie, como si ese detalle encerrara la posibilidad de trasladarlx al bando de los locos, de los irreverentes, de los equivocados.

Hace algunas semanas mi amiga me dijo que vio un abrigo como el mío y que pensó en comprármelo. Tomé la intención como signo de nuestra disputa revindicada, tantos años después. Por mi parte, he dejado de buscar ese abrigo en los bazares y mercadillos. Yo tampoco soy la de antes, la que ponía tanto acento en un vestido. Pero mi paso por ahí me ayudó a entender mil cosas que poco tienen que ver con la ropa y que subsistirán más de lo que durará sobre la tierra el poliéster de mi querido abrigo.