¿De qué hablamos cuando hablamos de Manspreading?

manspreading

La palabra manspreading significa hombre-extendiéndose y se refiere a las ocasiones en las que, habiendo tanto mujeres como hombres disponiendo de espacio limitado en un sitio público, son los varones quienes ejercen su posibilidad de ocupar un área mayor con sus extremidades, en detrimento del espacio del que disponen los demás usuarios.

Manspreading en el diccionario

Hace dos años, en 2015, el Oxford English Dictionary acuñó el término y desde entonces se ha ido implementando en los señalamientos del transporte público, primero de Nueva York y recientemente de Madrid. Con el hashtag #MadridSinManspreading se abrió el debate, ahora en español, que hasta cierto punto ha empezado a recorrer los medios de comunicación y conversaciones de nuestro país y otros puntos de América Latina.

La distribución y las restricciones en el espacio no están exentas de ser manifestaciones de cómo se reparte el poder. En las iglesias y las escuelas, por ejemplo, se realizan adecuaciones en los espacios en donde ha de instalarse la autoridad (maestro o sacerdote), como una altura diferente del piso. Esto, nos demos cuenta o no, da cuenta de que el resto de los participantes no ejerceremos el mismo papel que la autoridad con sus derechos y obligaciones.

 

“La distribución y las restricciones en el espacio no están exentas de ser manifestaciones de cómo se reparte el poder”

 

El término manspreading ha despertado muchísimo revuelo y controversia, ya que puede parecer un asunto extraño, exagerado o inexistente, sobre todo, si no te desplazas en transporte colectivo (camión, combi, metro).

El problema al que el manspreading hace alusión no es el sentarse con las piernas abiertas ni instalarse cómodamente estirando el cuerpo, sino ocupar espacio de más a costa de que las otras personas tengan espacio de menos. Esto quiere decir que nadie juzga si en la sala de tu casa deseas sentarte con las rodillas en ángulo de noventa o ciento ochenta grados, eso es cosa tuya y técnicamente, al menos de acuerdo con las definiciones empleadas con más frecuencia, no sería manspreading.

Con la controversia alrededor del término han surgido algunos argumentos en contra de la señalización que censura el manspreading en el transporte público de varias ciudades, entre ellos podemos encontrar los siguientes:

No es un asunto de género, es un asunto de educación

En esta afirmación estoy parcialmente de acuerdo, porque la manera en la que hemos sido educadxs influye en qué tan cómodxs o no nos sentimos apropiándonos del espacio. A las mujeres, desde muy pequeñas, suelen saturarnos con la cantaleta de “cierra las piernas”, “siéntate bien” y esta educación abona a la forma en la que nos comportamos en los lugares públicos.

Un argumento que se ha planteado en esta línea es que las mujeres ocupan asientos con sus grandes bolsas (también llamado shebagging) cosa que muchas veces es cierta y que quizá merecería considerar una señalización al respecto. En esta línea, lo prudente sería que todxs nos enfocáramos en ser un poco más conscientes de la presencia del otro y de que nuestras acciones pueden llegar a incomodar. Esto aplica para quienes hablan en el cine, dejan el celular en ruido en las conferencias, escuchan música sin audífonos o juegan Candy Crush a todo volumen.

No es un asunto de discriminación, es cosa de la anatomía masculina

A raíz de este argumento se hizo viral la explicación de un biólogo acerca de por qué el tan recurrido argumento de la anatomía masculina no aplicaría del todo. La explicación, que incluye dibujo, señala que el pene y los testículos están más al frente que debajo del cuerpo, por lo que, si es posible caminar con las piernas prácticamente cerradas, también es posible sentarse de esta forma.

Lo cierto es que todxs podríamos vivir una existencia más cómoda si tuviéramos la posibilidad de disponer del espacio a nuestras anchas, si se trata de escoger, preferimos poder desparramarnos que no hacerlo. Desafortunadamente los servicios de transporte colectivo y demás sitios públicos no pueden ser estos lugares porque la demanda supera por mucho a la oferta.

No tienen que hacer campañas, basta con decirle al tipo que se mueva

Esto es, hasta cierto punto, verdad. Desde la esperanza de que todas y cada una de las mujeres usuarias del transporte público se sientan cómodas de ejercer el derecho de reclamar el espacio que les corresponde y todos los usuarios sean lo bastante sensatos como para hacer caso, de buen modo, a dicha solicitud.

La cosa es que algunas personas no se lo toman a bien cuando les dices que se están pasando de la raya, ni siquiera cuando se los dices “en buena onda”, con sonrisita y todo. Por otra parte, parece que resulta más sencillo preguntarle a alguien “¿puedes mover tu bolso?” que solicitar “¿podrías cerrar tus piernas?” porque nos metemos con un asunto del cuerpo y eso es bastante íntimo como para dialogarlo con un completo extraño.

En esta línea es que se piensa que las campañas ayudarán a que cada quien reflexione sobre la conveniencia de ser consideradx con los demás usuarios, lo que nos lleva al siguiente punto:

De nada sirve poner un letrerito, es una pérdida de tiempo

Nombrar las cosas sienta un precedente y ayuda a que reconozcamos por qué determinada conducta nos incomoda o por qué puede resultar ofensiva para lxs demás. En tanto ciertas prácticas no sean desarraigadas de nuestro contexto quizá ayude mucho el establecer los límites de la conducta en los lugares públicos, como cuando se solicita no fumar, no introducir alimentos o no pisar el césped.

Por otra parte, un letrero de este tipo jamás ha perjudicado y sí ayuda bastante a orientar las normas de convivencia que se esperan de nosotros en cada lugar, ya sea por seguridad o para hacer del espacio público un sitio más amigable para todxs.