Ser feminista en Honduras: del miedo a la rabia y a la acción colectiva

Una lectora nos cuenta su experiencia como feminista en Honduras: los retos, los miedos y también los espacios que dan fuerza y esperanza.

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Por: Andrea Rosales

Para explicar por qué me considero feminista es necesario hacer un recorrido por algunos de los acontecimientos más relevantes de mi país. Nada surge de la nada, y mi caso no es una excepción.

Honduras es un país hostil hacia las mujeres. Desde pequeñas hasta nuestros últimos días, corremos riesgo en un país que no se preocupa por nuestras vidas: por nuestra seguridad, nuestra educación o nuestra autonomía en general. A continuación, algunos ejemplos.

Violencia contra las mujeres

De acuerdo con el Observatorio de Violencias Contra las Mujeres del Centro de Derechos de Mujeres, 278 hondureñas murieron de forma violenta en 2020. Si algo nos ha enseñado la historia y la débil institucionalidad con la que contamos, es que es probable que muchos de esos casos queden en total impunidad. 

En un país donde el narco y el gobierno son uno mismo, la justicia es un término que existe en la teoría y nunca en la práctica. O en el peor de los casos, algo que solo es ejercida en contra de personas empobrecidas y nunca contra las élites que tanto daño nos hacen.

Educación y autonomía sexual

Como si eso no fuera poco, desde 2009, Honduras es el único país de Latinoamérica que prohíbe la píldora anticonceptiva de emergencia (PAE; también conocida como plan B).

Esto deja a víctimas y sobrevivientes de violencia sexual sin muchas opciones a su alcance, ya que tampoco contamos con un protocolo de atención integral para ellas, por más que organizaciones como Médicos Sin Fronteras se han pronunciado al respecto en múltiples ocasiones. 

La educación sexual también está fuera de la mesa (y de las escuelas), ya que no se provee a la población y, en muchos casos, hablar sobre salud sexual y reproductiva se considera un tabú. 

La demostración más reciente de cuánto el Estado parece ir contra de la autonomía de las mujeres se dio en enero de 2021, cuando el Congreso Nacional, por iniciativa de diputados del Partido Nacional, decidió aprobar una reforma constitucional que prohíbe el aborto, a pesar de que este ya estaba contemplado en el Código Penal como un delito. 

Los diputados también aprovecharon para hacer virtualmente imposible la aprobación  del matrimonio igualitario, haciendo uso de argumentos fundamentalistas para sustentar su posición y reafirmar a la población que le decían “sí a la vida y la familia” en los dos casos.

No me quedo callada

Al pensar en todo esto, recuerdo que Audre Lorde alguna vez dijo que nuestro silencio no nos protegerá. Yo le creo. 

Me resulta imposible callar cuando por muchos años no alcé la voz ante todo lo que ocurría a mi alrededor por miedo, pero eso realmente no me hizo sentir más segura, no dejé de creer que podría ser la próxima víctima de violencia.

E incluso ahora, tengo miedo. Cuando salgo (o solía, antes de la pandemia) de noche con mis amigas; cuando soy acosada en la calle y los hombres parecen disfrutan hacerme sentir incómoda; cuando se culpa a las víctimas o se busca desacreditarlas o cuando me entero de que han asesinado a otra mujer.

Sin embargo, con el tiempo he aprendido a no dejar que el miedo se quede ahí, existiendo y dejándome paralizada. Transformar ese miedo en rabia (al entender por qué se dan esas situaciones y cómo el Estado le falla constantemente a las mujeres) y en acción, al organizarme, me ha ayudado a cambiar mi narrativa.

Pasar a la acción

En Honduras se nos castiga de distintas formas por querer ejercer nuestra autonomía y eso es algo que a nadie parece importarle, más que a nosotras que seguimos gritando y exigiendo justicia. Este país es una herida abierta que nunca deja de sangrar o doler muchísimo. 

Los feminismos, de más de una manera, me han ayudado a reconocer y nombrar estas experiencias y las distintas opresiones que me atraviesan.

Más allá de todas las teorías, los debates y las opiniones, mi interés en los feminismos vino de la mano de todo lo que he tenido que atravesar; desde la frustración, el dolor, la rabia y el miedo. 

Debo aceptar que este recorrido no siempre ha sido tan claro ni acogedor como lo es hoy en día. Al principio solo me guiaba de lo que leía y veía en Internet, a pesar de que sentía que mucho de lo que consumía no se relacionaba a lo que había experimentado.

No fue hasta un par de años después cuando me empecé a involucrar en espacios feministas locales más allá de solo asistir a convocatorias, que me enteré de que había feminismos más cercanos a mi experiencia. 

Fue ahí cuando comprendí que la desconexión que sentía de los feminismos era porque solo había estado en contacto con feminismos eurocéntricos, liberales o que hablaban en términos de “ya logramos esto”, cuando en mi país seguimos luchando por lo que mencionaban.

Feminismos que sí me representan

Aprender de los distintos feminismos latinoamericanos, tales como el decolonial, el popular y el comunitario, ha sido esencial para darme cuenta de que hay personas que entienden y teorizan sobre el daño que nos ha hecho el capitalismo, el colonialismo, el racismo y el patriarcado. 

Encontrar a autoras que visibilizan nuestras vivencias se sintió como un abrazo y algo necesario para continuar en la lucha, para seguir señalando cómo esos sistemas se nutren el uno del otro y cuánto influyen en las situaciones a las que hoy nos toca hacerle frente.  

Otra de las cosas que celebro de los espacios feministas en los que he estado es lo presente que se tiene a las ancestras y todo el trabajo que han hecho para que sigamos en la lucha. Nombrar y honrar a esas mujeres me resulta importante porque no nos podemos dar el lujo de olvidar la memoria histórica en un país donde el gobierno busca que su población sufra de amnesia para poder seguir haciendo de las suyas sin repercusión alguna. 

Las mujeres siempre hemos luchado y es necesario reconocerlo y seguir aprendiendo desde las experiencias que ellas tuvieron. Apostar por un feminismo intergeneracional me parece fundamental y una manera de seguir construyendo juntas. 

El crecimiento colectivo

Y por último, pero no menos importante, considero que relacionarme más con feministas me ha ayudado a crecer de varias maneras. En la colectividad he encontrado a mujeres increíbles que también están motivadas por querer cambiarlo todo, y es un honor aprender y desaprender junto con ellas. Ha sido por medio de conversaciones, espacios compartidos y deteniéndome a escucharlas o leerlas que he ido reflexionando sobre cosas a las que quizá antes no les había puesto tanta atención.

Todas podremos tener experiencias y realidades totalmente distintas a nivel individual, pero cuando nos unimos y conspiramos, luchamos por ser libres y vivir en un país que no nos robe hasta la alegría.

La lucha es difícil y tenemos mucho por lograr y reivindicar, pero todo se vuelve un poquito más fácil cuando se está acompañada.