¿Qué se siente ser venezolana en 2017?

Carla Díaz Giammarino

Carla Díaz Giammarino

Texto por Carla Díaz Giammarino

“¿Qué se siente ser venezolana?”. Últimamente me han hecho mucho esta pregunta, la misma pregunta, de mil formas distintas. ¿Cómo te sientes? ¿Cómo se siente ser venezolana en una situación como la de hoy? ¿Qué crees que pase? ¿Qué piensas? ¿Sigues teniendo familia allá? Entre muchas otras, wow, es difícil saber qué contestar.

¿Qué se siente? No podría responder esta pregunta con una sola respuesta, porque la verdad es que se sienten muchísimas cosas. No quiero hacer un post que hable de lo maravilloso que es Venezuela y lo mal que está lo demás, que somos lo mejor, que no hay nadie como nosotros, etc. No quiero entrar en el papel que es tan criticado por nosotros mismos cuando leemos un post de un venezolano que ama y extraña Venezuela con todo su ser, no quiero describir al país, quiero describir qué se siente ser de ahí.

Soy venezolana, soy orgullosamente venezolana y lamentablemente no vivo allá. Vivo en México desde hace 3 años y prácticamente toda mi vida viví bajo la presidencia de Chávez, no conozco otro régimen político que ese. Por razones (que todos sabemos) me vi en la necesidad de emigrar y buscar oportunidades en otro lado, lejos de mis familiares, en un país donde no conocía nada ni a nadie.

Personalmente creo que ser venezolano hoy en día es un gran reto, tienes que serlo pero sin excederte, sin verte “intenso” o “hater”, puedes extrañar… sin extrañar demasiado, puedes criticar… pero poquito, puedes hablar de las protestas… pero no mucho porque “no estás allá”, etc. Es algo muy complicado, es como una ciencia que tienes que desarrollar bien, pero el detalle es que nadie te enseña a ser venezolano. Nadie te da clases de como ser nacionalista en tu país, nadie te enseña a sentir, entonces no hay una forma “correcta” de serlo.

 

“Creo que ser venezolano hoy en día es un gran reto, tienes que serlo pero sin excederte, sin verte ‘intenso’ o ‘hater'”

 

Los últimos meses me han enseñado algo, y es que estoy absurdamente orgullosa de ser venezolana. Y es que sí, lo estoy. La cantidad de sentimientos y emociones que he tenido en un día es algo difícil de explicar; ver videos de las manifestaciones, escuchar a miles de personas cantando el himno, ver como las personas se apoyan con las medicinas, con los detenidos, TODO hace que se me erice la piel.

Una de las cosas más frustrantes que me ha pasado en estos meses ha sido, sin duda alguna, no estar allá de forma física (porque mentalmente sí lo estoy). No poder hacer más nada que compartir videos, que escribirles a mis amigos que aún viven allá cosas como… ¿Cómo está todo? ¿Qué sientes en la calle? ¿Sientes las cosas distintas? ¿Crees que algo vaya a pasar? Coye, es difícil.

Vivo en un país increíble, donde he tenido la oportunidad de conocer a gente muy amable, donde me han recibido y me han abierto las puertas para poder crecer, pero… ¿les cuento algo? Me ha pasado algo muy raro, quiero crecer y muchísimo, quiero tener mis negocios y mis ideas, emprender y ayudar a muchos pero quiero hacerlo en Venezuela.

Constantemente estoy pensando en cómo pegaría eso en Venezuela, como ayudaría, qué sería de Venezuela si existiera una alternativa de ese estilo. Suena muy cómodo decirlo desde lejos, decir que quiero que Venezuela crezca mientras pago impuestos en otro país, sin embargo les digo de corazón que es lo primero que se me viene a la cabeza.

 

“Suena muy cómodo decirlo desde lejos, decir que quiero que Venezuela crezca mientras pago impuestos en otro país”

 

Yo no he estado estos últimos meses leyendo noticias y siguiendo a cuanta cuenta de Instagram venezolana haya para mantenerme informada porque soy farandulera o porque me encanta un chisme, lo he hecho porque en el fondo de mi corazón tengo la esperanza de volver a mi país. Porque en el fondo pienso, ojalá en algún futuro, si tengo la oportunidad de tener hijos me encantaría que vivieran en Venezuela, una Venezuela segura, con turismo.

Que mis hijos crezcan yendo de vacaciones a Margarita, Morrocoy, Mochima, Mérida, Canaima y que sus planes con sus panas sean irse en Semana Santa a la Gran Sabana, que su hobbie sea subir el Ávila y su comida favorita las cachapas. Coye, lo digo en serio. Hasta me dan ganas de ponerme a llorar mientras escribo esto.

Venezuela es un país demasiado arrecho, en serio. No sé si sea el más arrecho del mundo, ni nada por el estilo, pero las cosas venezolanas tienen un efecto en mí que ni yo sé como explicárselo. Escucho un acento venezolano y me vuelvo loca, me emociono automáticamente, quiero voltear a ver quién está hablando así. Debo admitir que son pocas las veces que me acerco, muchas veces me da pena y otras me predispongo a que van a terminar siendo unos sifrinos que me van a tratar mal.

Les miento si les digo que me fui de Venezuela triste, les explico por qué: me fui de Venezuela triste porque estaba dejando a mis amigos, a mi familia y estaba entrando en pánico porque iba a llegar a un lugar donde no conocía a nadie. Pero la verdad es que me fui molesta de Venezuela, me fui enojada porque estaba harta de las colas, de que andar viendo las bolsas a ver que llegó en el mercado, de guardarme el celular en lugares raros, de andar asustada, etc.

Cuando llegué a México, estaba FELIZ de estar lejos de Venezuela. Me había ido, podía empezar de cero, podía sacar mi celular y ponerme faldas sin que me empezaran a gritar en la calle, etc… fueron como dos semanas de satisfacción pura hasta que viví algo que me gusta llamar “síndrome del ex novio” y fue que empecé a extrañar todo, me sentía sola, no conocía a nadie, nadie entendía mis palabras… Empecé a recordar Venezuela como el país sin defectos, donde la gente era honesta y todo era maravilloso, donde salías a rumbear y la gente bailaba, donde saludabas y te sonreían, todo perfecto, según.

Luego de un tiempo las cosas mejoraron, me sentía más adaptada y conocía más gente. Sin embargo, me empecé a sentir melancólica, me emocionaba si veía una bandera de Venezuela o si escuchaba a Chino y Nacho en la radio, empecé a identificarme (con muchísimo cariño) con cosas y acciones venezolanas.

Ahorita me siento en el limbo, llevo 3 años afuera y no me siento ni de aquí ni de allá. Las palabras se me olvidan, aunque sigo con mi acento venezolano se me empiezan a olvidar las palabras (porque claramente aquí no las usan) y cosas de allá, el verdadero sabor de las arepas, el olor, el ruido, etc. No soy de aquí, no soy de México y difícilmente algún día lo seré, mi mentalidad y mi acento son cosas que nunca me dejarán ser completamente de aquí. Pero tampoco soy de Venezuela ya, soy de la Venezuela de hace 3 años, donde una empanada costaba 80 bs y una malta 30, donde las cosas estaban mal pero no tanto, lamentablemente ya no me siento de allá porque son muchas las cosas que hoy desconozco y no puedo opinar.

A eso me refería con que no hay una única respuesta a la gran pregunta – ¿Qué se siente ser venezolana? – es que son muchas cosas:

Se siente increíble, porque el nombre Venezuela me emociona, me ENCANTA decir “soy venezolana” porque tiene un poder sobre las personas, porque suena bonito, porque hasta tiene cierto poder en el “marketing social” de las personas, porque estoy orgullosa de serlo.

Se siente frustrante, porque no estoy allá, no puedo hacer más nada que estar compartiendo videos o buscando medicinas que no sabes si pasarán la aduana, porque a pesar de que mi cabeza y mi corazón estén en las marchas no hay forma que mi cuerpo sí lo esté.

Se siente muy triste, porque es así. Les miento si les digo que no he llorado más de una vez leyendo noticias, consecuencias de las protestas y del contexto del país en general. Todas las pérdidas las siento como mías, con todas me identifico. Creo que la tristeza es consecuencia de la frustración porque llega un momento en el que me siento con las manos tan atadas, que solo puedo ponerme a llorar.

 

“La tristeza es consecuencia de la frustración… Me siento con las manos tan atadas que solo puedo ponerme a llorar”

 

Se siente emocionante, porque es verdad, ser venezolano es emocionante. Da emoción ver como somos un país tan pequeño y hemos logrado llevar gente a tantos lados, porque me emociono cuando reconocen a un venezolano fuera (y dentro) de Venezuela, porque no hay forma de ser venezolano sin emocionarse por eso.

Y, más que todo, se siente esperanzador, porque sí lo creo. Se siente esperanzador porque a pesar de todos los problemas sigues viendo gente en la calle, porque hay un plebiscito y TODO el mundo sale a votar, porque te enteras que hasta “en donde Jesús perdió las cholas” hay venezolanos que se organizaron para votar a favor de un cambio. Porque tengo muchísima fe en que algo bueno saldrá de todo esto y quiero hacer todo lo que esté en mis manos por ayudar antes, durante y después de que eso ocurra. Tengo esperanza de que Venezuela saldrá adelante y podré volver en un futuro a echar raíces en mi verdadero país.

Ser venezolano es arrechísimo y a pesar de las circunstancias me considero afortunada de serlo, espero que en un futuro sea indiferente el partido político de los venezolanos y que todos apostemos a un futuro increíble para el país. Porque tenemos todo para serlo, porque en algún momento lo fuimos y lo volveremos a ser.

Somos el noveno país más biodiverso del mundo, tenemos la caída de agua más alta del mundo, las piedras más antiguas, el teleférico más alto/largo y también somos el país con más reinas de belleza, conchale, la lista va mucho más allá pero este es un micro resumen. Todas esas cosas son dignas de orgullo, por eso hago tanto énfasis en el orgullo. ¿Se imaginan si explotáramos todas esas cosas? ¿Que pudiéramos enamorar a otros de nuestro propio país? Wow.

El collar de la foto de este post me lo regaló mi papá en el 2014, cuando empezaron las protestas en consecuencia de lo ocurrido el 12 de Febrero de ese mismo año. Desde el día que me lo regalaron nunca me lo quité, muchos de mis amigos dicen que es mi collar de perrito (como los que tienen el nombre y número de contacto atrás) porque es algo característico en mí. Lo uso siempre porque me recuerda de dónde vengo, me recuerda que (aunque haya gente que lo niegue) somos mayoría las personas que queremos un cambio.

AMO ser venezolana, aunque eso implique lágrimas y frustraciones al ver las noticias, sé que en un futuro (no muy lejano) habrán valido la pena todos esos sentimientos.

 

Carla Díaz Giammarino es autora del blog By Kuuva
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