Después de 10 años, por fin dejé de hacer dietas y así es como ha cambiado mi vida

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Ilustración. Rawpixel

Texto. Valentina Meré

Sí, subí de peso. Ya está, por fin lo acepté. Después de pasar varios meses esforzándome por ocultarlo con fajas y prendas que no mostraran el contorno de mis caderas, y editando mis fotos para lucir más delgada, ya superé que mi cuerpo cambió, que ahora tengo una pancita, más celulitis y unas lonjas en la espalda que antes no se dejaban ver.

La verdad es que en los últimos años no hice mucho para evitarlo y eso está bien, porque descubrí que lo que me hizo subir de peso no fue comenzar a comer de forma desmedida, volverme inactiva o dejar de preocuparme por mi salud. No, lo que cambió fue que, contrario a lo que hice toda mi vida, simplemente dejé de hacer dietas.

Una vida de hacer dietas

Prácticamente desde la secundaria y hasta que terminé la universidad viví brincando de una dieta a otra invirtiendo miles de pesos en consultas, pastillas, inyecciones, masajes y removedores de grasa. Todo para recuperar “mi figura ideal”, luego regresar a comer como siempre lo había hecho, subir de peso oooootra vez y recomenzar el ciclo. Siempre había unos 8-10 kilos de más que había que bajar, pero que eran imposibles de mantener porque mi fisionomía no era la típica esbelta, sino más bien robusta, o como decía la gente a mi espaldas: chubby.

La presión por no ser chubby venía de todas partes: de las revistas, de mis compañeras, de mi mamá y especialmente de mí misma, pero después de 10 años –y múltiples subidas y bajadas de peso– decidí que ya había pasado suficientes intervalos de tiempo a base de licuados, pechugas de pollo y una cantidad absurda de sopa de verduras.

Dije ¡ya no más!

Al fin comprendí que ese anhelado cuerpo al que lograba llegar por momentos jamás iba a ser sostenible en el tiempo, al menos no con el estilo de vida que disfruto tener. Y también aprendí que, la neta… tampoco era para tanto.

La vida después de las dietas

Desde que dejé las dietas de lado procuro comer balanceado, pero sin privarme de las cosas que me gustan. También dejé de pesarme todos los días, contar calorías y obligarme a entrar en una talla que ya no es la mía. Sí, subí de peso, y aunque no es el “ideal” según los estándares de belleza, es uno con el que me siento cómoda, estoy feliz y, lo más importante de todo, estoy saludable física y emocionalmente.

También he dejado de postergar esas cosas que antes decía que iba a hacer “hasta que esté flaca” como una sesión de fotos desnuda, usar minifaldas, presumir escote o llevar el pelo en colores pastel.

El tiempo que antes invertía en reprocharme al espejo ahora lo uso para encontrar inspiración en otras mujeres que, como yo, al fin salimos de la trampa del 90-60-90 y hemos aceptado que la belleza viene en múltiples tamaños y tipos de cuerpo.

¿Qué cambió?

Cuando subes de peso, la gente asume muchas cosas, pero si tuviera que explicarle a alguien cómo logré dejar la cultura de las dietas, le diría que lo que cambió estos últimos años fue que dejé mi viejo círculo de amigas y encontré mujeres que no están midiendo la talla de mis jeans con la mirada. Lo que cambió en estos últimos años fue que dejé de pagarle al nutricionista para pagarle a un psicólogo. Lo que cambió en estos últimos años fue que me volví feminista y aprendí que el ideal de belleza que estaba persiguiendo es un invento patriarcal. Lo que cambió en estos años es que por fin me conocí, me amé y mi vida dejó de depender de opiniones ajenas.