Laboratorio Malvestida: Viví un mes con productos de higiene personal hechos por mí

productos de higiene personal hechos por mí

Foto. Noah Buscher

Y no maté a mi pelo ni a mi piel ni a mis dientes; nadie dejó de hablarme por oler a hierbas, vinagre o aceites esenciales, pero diré que estos productos no son amor a primera usada, hay que tomarles cariño.

Es mi primer reto en el Laboratorio Malvestida y considero que lo superé dignamente (bueno, lo más que se pudo). Este desafío consistió en que, por un mes, debía usar solo productos de higiene personal hechos por mí: shampoo, pasta de dientes, jabón, crema, desodorante, perfume, mascarillas y desmaquillante. Todos debían estar elaborados, principalmente, con insumos naturales.

Debo decir que fue muy divertido hacerlos, tuve una regresión a las clases de cocina y a las del laboratorio de Química en la secundaria. Para esto, tuve de gurú a mi cuñada, quien se ha vuelto ya una experta en elaborar estos productos de higiene personal y posee todos los insumos para prepararlos.

Con ayuda de ella y de YouTube logré remplazar todos esos productos industrializados por unos hechos en casa. Y así me fue.

Detox necesario

Lo primero que tuve que hacer para comenzar este reto fue realizar un detox de la repisa de mi baño, donde suelo colocar todo lo que uso para mi aseo diario. Esto para evitar la tentación —o el olvido, algo típico en mí— de que estaba en el reto y usara algo que no debía.

Al hacer esta limpieza, me di cuenta de que tengo dos diferentes jabones para lavar la cara, dos desmaquillantes, tres exfoliantes, un suero para el rostro, tres cremas antiarrugas, un frasco de mascarilla… y la lista sigue. Para prueba, solo mirar esta foto (ojo, aquí no cupo todo lo que además tenía en mi tocador) y ver que en realidad no uso todo o que podría tener uno de cada uno y listo.

Así mi repisa antes del reto.

La hora del laboratorio

Fui a casa de mi cuñada para preparar juntas todo lo que íbamos a hacer para mi reto. Junté frascos reciclados y limpios para hacer las preparaciones; una amiga me regaló un atomizador que ya no usaba (para mi desodorante) y di nueva vida a unos recipientes de crema que ya estaban vacíos.

Este reto fue mucho de la mano con aprender a reutilizar lo que parece desperdicio o dar otro uso a productos que ya tenemos. Esto ayuda a la vez a generar menos basura.

Algo importante que aprendí es que el aceite de coco es una maravilla, se puede usar en todos los productos de aseo personal. Entre sus propiedades está que mata agentes patógenos (bacterias, virus, hongos) y es bueno para proteger e hidratar el pelo y la piel.

De hecho, casi casi que podría lavarme los dientes con puro aceite de coco y quedarían perfectos, podría untarlo en mis axilas y tener un buen desodorante, untarlo en mi piel o en el pelo (menos cantidad aquí) y olvidarme de la crema corporal o la crema para peinar.

Arcilla y té de manzanilla para hacer una mascarilla junto al milagroso aceite de coco para humectar el rostro después de quitarla.

Primera semana: puse vinagre en mi pelo

El primer baño con mis nuevos productos fue diferente. Para lavar mi pelo usé un shampoo hecho con vinagre de manzana. El pro es que quedó más brillante, el contra es que olía a ensalada y el hecho de que cayera una solución con vinagre sobre mis ojos no fue agradable.

El jabón hecho con glicerina, aceite de almendras y lavanda no hace espuma, pero huele muy bien y me dejó una sensación de limpieza. Lo que sí es que es más grasoso que los de fábrica y no es buena idea usarlo en el pelo. Sí, yo lo hice (para quitarme el mal olor del vinagre) y me quedó como si no lo hubiera lavado en una semana.

Al salir del baño, me unté la crema hecha con aceite de coco, aceite de karité y esencia de ylang ylang. Es un poco más aceitosa que las industrializadas, pero al esparcirla bien por el cuerpo, penetra en los poros y humecta bastante bien.

La pasta de dientes hecha con aceite de coco y bicarbonato dejó muy limpia mi dentadura, pero sí extrañé esa frescura que deja el fluor y los químicos de la industrializada.

En vez de perfume usé una mezcla de aceite fraccionado de coco con aceites esenciales y al final apliqué mi desodorante hecho con agua de rosas, aceite de coco y bicarbonato.

Y así seguí por una semana.

Segunda semana: ¡adiós, vinagre!

Lo más difícil fue encontrar el shampoo perfecto. Busqué en internet varias recetas. Usé una de té de manzanilla con limón, pero al día siguiente hice una a base de leche de coco (yo elegí una que tenía además vainilla) con aceite de almendras. Este fue el que más me gustó y lo usé el resto de los días del reto.

Algo agradable fue que cada vez sentía mi pelo menos reseco, más humectado por consiguiente. Lo gracioso es que adquirí como un superpoder, pues al pasar mi mano sobre mi pelo seco, este se elevaba porque tenía mucha estática.

El efecto se quitó al untar con mis dedos —de la parte media a las puntas—un poco de aceite de almendras. Lo malo: que muchas veces olvidé este último paso y tuve que aguantarme con el pelo rebelde. Lo bueno: hice reír a varixs con esto.

Con la pasta de dientes sucedió que tuve que acostumbrarme a escupir en el bote de basura, pues al hacerlo en el lavabo, lo tapé. Sí, el aceite de coco puede solidificarse hasta crear un tapón que no deja pasar el agua.

Pasta de dientes hecha con aceite de coco, bicarbonato y aceite esencial de menta y lavanda.

Con el desodorante —que también tiene aceite de coco— sucedió algo similar. Entonces, había que pasarlo por el chorro del agua caliente para que se derritiera y pudiera salir la mezcla por el atomizador. Debo decir que este funcionó bastante bien ante mi olor del sudor cotidiano, no al del gimnasio.

Tercera y cuarta semana: caos controlado

Aquí ya paré de sufrir. Todo bien. No extrañé mis mascarillas artificiales porque la hecha con té de manzanilla y arcilla sirvió a la perfección. La pasta de dientes ya era algo cotidiano al igual que pasar diario mi desodorante bajo el chorro de agua caliente para que se hiciera líquido y poder usarlo.

Mi shampoo de leche de coco olía bastante bien y ya tenía la cantidad exacta de aceite para que no me quedara el pelo grasoso.

El jabón de glicerina sí se acaba más rápido que el ordinario, pero deja la piel más suave e hidratada, incluso servía para rasurar las piernas. Para desmaquillarme usé simplemente el aceite de almendras. Lo que más llegué a extrañar fue mi loción para después del baño y mi perfume, pues son productos que no logré suplir con mis propias manitas.

Conclusiones finales: no me volví hippie

Después de un mes, me di cuenta de que compro demasiados productos que no necesito. Casi casi que podría tener ahí un bote de aceite de coco y ya, pero fue divertido meterme al laboratorio/cocina y mezclarlo para hacer esas cosas que me iba a untar el cuerpo para sentirlo limpio y perfumado. Hasta corté unas hojitas de lavanda para ponerlas en mi jabón y sentir aún más el contacto con lo natural.

Así luce mi repisa con los productos hechos por mí.

Extrañé mucho mi shampoo y la espuma que hace en mi pelo, pero sé que, si un día se acaba, puedo usar la leche de coco para limpiarlo.

El desodorante y la crema de aceite de karité fueron mis favoritos porque son incluso mejores que los que compro en el súper, así que seguiré haciéndolos. Solo conservaré las cremas antiarrugas porque ya tengo más de 30 años y, pues nada es igual.

La pasta de dientes la seguiré usando, pero con menor frecuencia. Siento que colocar bicarbonato todos los días fue un tanto agresivo para mis dientes, a veces los sentí demasiado lisos. Sin embargo, creo que esta mezcla da una limpieza profunda a mi dentadura, la conservaré para usarla una vez a la semana.

Estoy segura de que fue una gran experiencia para mi mente y mi cuerpo. Aprendí que no necesito de cosas fabricadas para mantener mi cuerpo limpio y podría dejar de depender de las marcas. Al hacer mis productos supe exactamente todo lo que dejaba estar en contacto conmigo, y me gustó.