Ternurines: el antídoto para la desesperanza millennial

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En medio de una oleada de noticias que vaticinan el fin del mundo, y no hacen más que detonarme la crisis de ansiedad número 87 del mes, aparece frente a la pantalla de mi celular un oasis visual: la imagen de un conejito de juguete pequeñísimo, cubierto en una capa suave de gamuza y un vestido de flores verde. Es uno de los Ternurines. 

Desde hace meses veo estos muñequitos por todos lados. Son protagonistas de memes y videos de TikTok; inspiración para ilustradores, y afición de coleccionistas que sobrepasan –por mucho– la edad a la que estos juguetes están dirigidos.

¿Qué tienen estos muñequitos que nos llegan al cora, especialmente, a la banda millennial?

¿Qué son los Ternurines y por qué los amamos tanto?

Creados en Japón en 1985 por la marca Epoch, los Ternurines (también conocidos como Calico Critters o Sylvanian Families) son una línea de muñecos inspirados en animales como conejos, osos, perros, gatos, elefantes o cualquier otra criatura que luzca adorable. Son pequeños, suavecitos, usan ropa, accesorios y viven en una villa rodeada de naturaleza.

Muchas personas nacidas en la década de los 80 y 90 quizá recuerden haber pasado horas de su infancia acompañadxs de estos personajes, por eso no es de extrañar que gravitemos hacia ellos de forma tan natural cuando somos adultos.

La búsqueda de un mundo más simple

Podríamos decir que los Ternurines son un reflejo de nuestras vidas idealizadas. Siempre la están pasando increíble con sus amix y tienen hobbies fabulosos como hornear pasteles, andar en bici y pintar cuadros. O sea, EL SUEÑO de cualquier millennial promedio.

También tienen trabajos, pero a diferencia de nuestra realidad, repleta de presiones económicas y sociales que generan estrés, en el mundo de los Ternurines pareciera que no existen las jornadas extendidas, los sueldos precarizados ni la inflación. Bendecidos, verdaderamente.

El poder sanador de la nostalgia

Daniela Buenfil, analista de tendencias de Tlacuache Blue, explica que gravitar hacia la nostalgia es una respuesta natural en un mundo convulso, y los Ternurines pueden ser vistos como un símbolo de una época más simple y menos estresante. 

«La nostalgia genera conexiones intergeneracionales. Integra y tiende puentes de comunicación».

Daniela Buenfil

Buscar consuelo en el pasado idealizado es algo que los seres humanos hacemos muy bien. Tanto así, que el mundo de la publicidad ha creado toda una industria alrededor de ello: el márketing de nostalgia. Sí, ese mismo culpable de que las personas millennials ahora coleccionen viniles o que la generación Z añore las cámaras digitales de inicios del 2000.

«Hoy estamos viviendo un capitalismo y consumo más voraz que en otras épocas, por eso hay 100 veces más productos nostálgicos que antes» explica Daniela.

Uno de los ejemplos más evidentes de la mercadotecnia de nostalgia es Disney lanzando sus películas clásicas en formatos live action, para así apelar tanto a lxs adultos que crecieron con ellas, como a sus hijxs, que se acercan por primera vez a estas historias.

«Los productos culturales de consumo, los juguetes y las narrativas de otras épocas en las que pensábamos que el mundo y nuestra vida era mejor, hoy simbólicamente se vuelven un lugar seguro: son fáciles de entender, nos permiten conectarnos con otras personas y dejan muy poco a la imaginación (lugar que la ansiedad por el mundo actual puede colonizar muy fácilmente)”, cuenta Daniela.

Los Ternurines como punto de encuentro

Para la ilustradora Mar Maremoto, fanática de los Ternurines, hay algo muy sorprendente en la atención al detalle de estos juguetes: «Siento que de una forma indescriptible –y medio visceral– despiertan algo en mí, como que me prenden una llamita de felicidad», explica, aunque al mismo tiempo Mar reconoce que no dejan de ser un producto de consumo.

«Últimamente he pensado mucho en qué tanto me gustan los Ternurines porque son adorables, y qué tanto es el capitalismo que ha implantado una semilla en mi cerebro, para sentir que necesito tener un montón de animalitos peludos en mi casa para sentirme completa y plena», menciona Mar.

Y, a ver, sabemos que el capitalismo es voraz, pero también merecemos cosas bellas y los Ternurines (ya sea que los compremos nuevos o de segunda mano en el tianguis) no sólo satisfacen nuestra necesidad de coleccionar objetos hermosos, sino que se han convertido en una forma de conectar con otras personas. Son algo así como nuestro chiste local generacional.

Tanto así, que recientemente la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en la Ciudad de México, anunció que «contrató» a Filomeno (un Ternurín que es un Husky) como parte de su equipo. Y además organizó un encuentro donde decenas de personas pudieron llevar sus Ternurines y convivir con otrxs fans de estos muñecos.

Este aspecto social de los Ternurines es algo que Mar Maremoto también ha experimentado. «Siempre los traigo en mi bolsita y me encanta que me pregunten por ellos. O, si no sé qué decir, sólo mostrar que los tengo conmigo. Tal cual como si fuera una niña», nos cuenta.

Personalmente, algo que me fascina del «mame» de los Ternurines en redes sociales es que reflejan nuestras aspiraciones más mundanas. Los imaginamos perreando y compartiendo un elote en el parque con su crush o pidiendo una quesadilla con chicharrón en el puesto de la esquina. Pero también los arrastramos a nuestras vidas caóticas, una y otra vez, y ellos resisten.

Resisten al tiempo y las modas pasajeras. Resisten el concepto rígido de adultez que no deja espacio al juego. Resisten, ante todo, nuestra dureza. Y quizás ahí radica la magia de los Ternurines, en ser la suavidad que tanto añoramos en un mundo, por demás, fracturado.

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