5 lecciones de vida que aprendí de mis plantas

Si prestamos atención, la naturaleza tiene mucho que enseñarnos. Te cuento cuáles han sido las lecciones que aprendido de mis plantas esta pandemia.

lecciones plantas
Foto. Rawpixel

Texto: Frida Muriel Mendoza Arrubarrena

Si al iniciar el 2020 me hubieran dicho que para 2021 sería una señora de las plantas –y que estaría subiendo fotos de ellas en mis redes– me daría risa. ¡Si conmigo se morían hasta los bambús!

Pero creo que lo que me sorprendería todavía más es que en el último año no solo le tomé el gusto a la jardinería, sino que mis plantitas me han permitido aprender cosas súper importantes sobre mí.

Te cuento algunas de las fabulosas lecciones sobre la vida que mis plantas me recuerdan a diario.

1. Necesitamos cuidado colectivo

Como muchos planes en la vida, las primeras dos plantas que tuve llegaron sin esperarlas, pues fueron un regalo acompañado de preguntas como: “¿ahora sí no se te van a morir? ¿No se te olvidará regarlas?”.

Lo tomé como un reto y me obligué a hacerme responsable de un ser vivo, bastante inerte, pero que también requiere cuidados.

Las semanas pasaron y cosas tan básicas como regar cada cierto tiempo y abrir las ventanas para que recibieran el sol rindieron fruto. Tal vez para otras personas sea algo simple, pero para mí fue sumamente importante, pues mis plantitas seguían vivas.

Ese pequeño acto me dejó una primera epifanía: toda planta necesita al menos un mínimo de luz, así como cualquier persona necesita al menos tres veces por semana un bañito de sol para no tener una baja de vitamina D, como es mi caso.

Siempre necesitamos cuidados y buscar entornos que nos hagan bien física y emocionalmente, ya sea en nuestras relaciones de amistad, familia, trabajo o escuela. Los seres vivos requerimos de espacios sanos y de colaboración mutua para crecer.

2. Hay que encontrar nuestro lugar feliz

La segunda revelación llegó cuando me mudé y compré más plantas. Llevaba seis meses con dos plantitas vivas, así que era hora de buscar unas más grandes y darle vida a mi nuevo hogar.

Fue así como una planta llamada Hoja elegante llegó a mi casa. La visualizaba perfecto en la recámara, ahí estaba su espacio, pero para la planta no era así.

Durante todo un mes la Hoja elegante se fue apagando un poquito, le salieron manchas amarillas y no salió ni una hoja nueva. Recuerdo que para ese entonces ya había visto memes sobre lo “dramáticas” que son algunas plantas si no les gusta cierto lugar, así que, a regañadientes, la moví a la sala y todo cambió: nuevas hojas, adiós a las manchitas y empezó a crecer.

A veces cuesta trabajo admitirlo, pero hay lugares y situaciones que por más que forcemos nos hacen daño, y el cuerpo nos da señales para notarlo cuando estamos pasando por más estrés del que deberíamos.

3. Cada historia es distinta

Después de la Hoja elegante llegaron cinco plantitas más y con cada una aprendí a preguntar cada cuánto regarlas; si son de sol directo o mejor a la sombra; si les ayuda el abono y cada cuánto ponerles.

La respuesta a la mayoría de mis dudas se podían resumir con algunos cuidados generales, pero seguidos de una importante advertencia: “ve midiendo”, pues cada planta necesita cuidados distintos, incluso el riego cambia dependiendo si la primavera es más calurosa que el otoño-invierno.

Así que, por más que queramos tener todo bajo control, aprendí que no existe una fórmula mágica que resuelva todos nuestros problemas. Algo que funcionó una vez podría tener un resultado distinto en el futuro.

Como con las plantas, hay que ir midiendo, probando hasta encontrar lo que funcione.

4. Hay que moverse para crecer

Otro de los consejos que recibí –y que aún me falta poner en práctica– es el cambio de macetas, pues cuando las raíces empiezan a salir por debajo es hora de mover las plantas a un recipiente más grande para que puedan seguir creciendo.

En nuestro caso, como personas, es similar, pues ya sea desde lo personal hasta lo laboral, hay espacios que empiezan a parecer demasiado justos o se han vuelto una zona de confort (que a veces de confort no tiene nada), y es en ese momento cuando debemos cambiar de lugar para seguir extendiendo nuestras raíces.

5. Nada es para siempre. Hay que aprender a dejar ir

En este año y medio de pandemia y cambios, algo constante ha sido aprender de lo bueno y malo, y también reconocer que el proceso nunca se acaba.

Una amiga que sabe más que yo sobre el tema ha dicho varias veces en sus consejos plantiles: «no dudes que alguna planta se te va a morir». En mi caso, una plantita se murió; otra tuvo hongos y en algunas otras las hojas se cayeron.

Cuando esto pasa, aunque podamos verlo como un fracaso, hay que recordar que forma parte del ciclo de la vida. Hay hojas que deben secarse para abrir paso a otras nuevas. Y esto, más que en un tono resignado, implica reconocer que muchas veces hay situaciones que quedan fuera de nuestras manos y hay que dejar ir.

Las lecciones de mis plantas

Me falta muchísimo por aprender de las plantas, de sus cuidados y de cuáles más puedo integrar en mis espacios. Al mismo tiempo, me falta conocer y reconocer más cosas de mí, darme chance cuando falle y moverme cuando sea necesario. Afortunadamente, tengo en mi casa a muchas buenas maestras.