Por qué considero mi boda como un acto feminista

boda como un acto feminista

Foto. Kevin Lanceplaine

El día de mi boda fue, por mucho, el mejor día de mi vida. Y gran sorpresa porque nunca había soñado con una, no era algo que me interesara y hasta me molestaba todo lo que representaba. Pero un día conocí a Iván y nuestra relación avanzó hasta el punto que nos moríamos de las ganas de gritarle a todo el mundo cuánto nos amábamos y de compartir esta euforia con nuestros seres queridos. Para nosotros eso significaba nuestra boda, no más, no menos.

Sin pensarlo así, acabamos preparando la declaración de nuestras vidas y todo fue meticulosamente organizado. Mi boda fue, más que la reafirmación de amor entre Iván y yo, el acto de empoderamiento más fuerte que he realizado.

Mi boda como un acto feminista

Los feminismos tienen variadas definiciones, depende de a quién le preguntes y en qué momento de la historia lo hagas. Para mí, el feminismo representa una especie de resistencia multimodal y un aparato crítico, una herramienta.

Una mujer no tiene por qué dejar de ser parte de su familia, olvidar su nombre. No tiene por qué ser pedida y entregada a otra familia como si fuera mercancía. No tiene por qué olvidar sus planes o sueños para adoptar los de otro. Mucho menos tiene por qué depender económica, emocional o físicamente.

Aunque con el feminismo hemos podido conocer la taxonomía de los machismos para buscar la igualdad y la equidad de género, evitar más violencia, cambiar el lenguaje, y así sucesivamente; ninguna batalla está ganada.

A pesar de este sentimiento de aberración al matrimonio que muchas sentimos, en cuanto escuchamos BODA se nos borra el cassette y queremos saber de fiesta de compromiso, pedida de mano, música, flores, ceremonias, bailes, discursos, quién se sienta con quién, invitaciones, más unos, hospedaje, maquillaje, pelo, damas de honor, padrinos, ramo, liguero y fiesta.

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Las resistencias a la hora de organizar el enlace matrimonial

Iván y yo nos dimos cuenta que habíamos comenzado una guerra entre la tradición y lo que es “correcto”, contra lo que queremos y es importante para nosotros. Todo esto conmigo en medio, porque una mujer de 25 años que ya es independiente tiene mucho que explicarle a su sociedad cuando decide unir su vida a la de un hombre.

Para empezar, me enfrenté a todo prejuicio impuesto y normalizado socialmente, “te casas porque estás embarazada”, “nunca has tenido una relación y ahora confundes una relación sana, con querer boda”, “¿él te va a mantener, verdad?”, “te puedes casar mientras no te interpongas en los sueños de él”, “no puedo creer que no vas a volver a coger con nadie más”, “vas a dejar de ser tú, y no lo entiendes”, “¿cómo crees que te va a casar una mujer que es bruja?”

En algún punto, dejé de defenderme y solo empezamos a decir qué queríamos y cómo. Era una lista interminable de decisiones por hacer y todas significaban algo, eran un “statement” y se ponían en contra o en pro del “qué dirán”.

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Resignificar antes de descalificar

Y es así justamente que el feminismo funciona, toma actos, palabras y cosas, denuncia su significado y para mí el siguiente paso sería, que resignifica. Se trata de que entendamos las cosas desde otro lugar; que nos alejemos de nuestra preconcepciones y regresemos al objeto sin prejuicios.

Y entonces lo vi, que mi papá me lleve hasta el altar, no significa que me entrega como si yo fuera mercancía a otra familia, significa que mi papá, orgulloso de mí, me puede acompañar en ese momento único donde yo soy un manojo de nervios y él me sostiene y me lleva hasta Iván. Que mi suegro quisiera pedir mi mano, no es la práctica más arcaica y patriarcal con la que me encontré, fue un honorable ejercicio para estrechar lazos y darme oficialmente la bienvenida a su familia. Y como ese muchos ejemplos…

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Un acto de amor entre nosotros, pero también hacia mí

Así que, qué importa lo que normalmente significarían estos pasos en el protocolo de un boda. Para nosotros y para todos los que nos rodeaban, fueron momentos de puro sentimiento, de amor, de risas y llantos. Me enfrenté a cada una de las tradiciones, solo para darme cuenta que, o nos estaban siendo muy prácticas, o que no tenían por qué ser como dictaba la abuela conservadora o el padre machista. Podríamos acoplar cada momento a nosotros, llenarlo de vida y de significado, deslindándolo de cualquier acto represivo o condescendiente.

Y lo más importante de todo, para mí significó, como bien lo puse en mis votos, elegir mi felicidad, plenitud y seguridad y ofrecerlas a alguien más.