‘La verdad es que soy bisexual’, testimonio abierto de una de nuestras lectoras

Mi vida ha sido un conjunto de giros inesperados, en parte porque tengo complejo de gitana y tiendo a ser impulsiva. Soy una mujer en mis treintas, y nunca pensé que mi vida resultaría como lo es hoy.

Retomé la Universidad cuando tenía 27 años. Y lo primero que me impactó al entrar a mi salón en el primer día fue ver a tres chicas de 18 años que no tenían problema en ser abiertamente lesbianas. Cuando yo tenía 18 acababa de aceptar que a pesar de ser la más “noviera” de mi prepa (con puros hombres), también sentía atracción por mujeres.

Me daba vergüenza imaginarlo, pero necesitaba sacarlo, así que le conté a quien más confiaba: mi novio, quien con mucha dulzura (porque ¿qué hombre querría estar con una chica “indefinida” en su preferencia sexual?) me aceptó sin dudarlo.

Él era mi mejor amigo y le podía contar lo que fuera; después de dos años de maravillosa complicidad, me confesó que estaba enamorado de mí. Mis opciones eran alejarme de él o experimentar la posibilidad de ser su novia. Ante el miedo de perder a la única persona que, según yo, me aceptaba como era, nos hicimos novios.

Pasaron los años e hice lo que toda “niña bien” debe hacer, casarme. Dejé el tema de las chicas en un paréntesis, porque si él lo sabía, nadie más tenía que hacerlo, mucho menos yo asumirlo.

Nuestro matrimonio no funcionó, parcialmente porque ambos éramos muy jóvenes e inmaduros. Hicimos lo mejor que pudimos, separarnos.

Ese día me alejé de la imagen de niña bien que había construido, aquella que sacaba buenas calificaciones y había salido de casa de sus padres para ponerse un vestido blanco frente a toda su familia y amigos. Conocí una nueva etiqueta que a mi mamá avergonzaba: divorciada, y la pobre aún no sabía lo que le esperaba.

Mi definición

Decidí aventarme todos los rechazos de la sociedad. No solo me había separado, sino que también saldría (públicamente) con chicas. Digo salir, en el sentido de conocer y convivir, porque tardé más de un año en atreverme a entrar a una relación nueva. Encontré una comunidad de hombres y mujeres valientes y fuertes, sin miedo a ser felices, muchos a pesar de no ser aceptados por sus familias y seguramente algunos de los que creían ser sus amigxs.

Me di cuenta de que muchas personas heterosexuales también vivían en ese mundo de sana convivencia y felicidad con otros homosexuales, gran parte de mi familia y amigxs incluidxs.

Sentía la obligación de cargar los títulos como letra escarlata: divorciada y lesbiana. Y digo lesbiana porque era el título que me acomodaba. Mis amigos preferían verme como alguien que por fin había asumido su preferencia sexual, era una historia heroica que les gustaba contar para todos aquellos que seguían en el clóset. Además, si decía que todavía existía la posibilidad de salir con un hombre se me quedaban viendo raro.

Escuché comentarios como “eso no existe”, por lo que prefería el título de lesbiana, para no alienar a mi nueva comunidad feliz. Algunos familiares y conocidos sentían la obligación de comentar que su pobre sobrina “se había vuelto” lesbiana por culpa del divorcio o que aquella pobre niña que conocían ahora era “lencha” por culpa de amistades deschavetadas.

Un nuevo amor

Después de dos años de trabajar sin descanso y estudiar con sobrecarga de materias, salir los fines de semana para bailar como ni en mi prepa había hecho, rodearme de personas increíbles, y mucha terapia, conocí a la chica que me enamoró.

Con ella el futuro era claro: estaríamos juntas en todas las marchas de orgullo LGBT, tendríamos la boda más gay y fashionista que se haya visto desde ‘Sex & The City 2’ (Stanford y Anthony), escogeríamos juntas a nuestro donador de esperma para tener hijos, y finalmente nos retiraríamos de viejitas a la playa… Cuando de pronto la realidad me pegó en la cara.

Llevaba años posponiendo mi sueño de trabajar en el extranjero, meta que yo olvidaba en más de una relación (ahora no), y ella no estaba dispuesta a acompañarme ni esperarme. Y de pronto todo ese amor pareció insuficiente. A pesar de esta desastrosa ruptura de corazón, jamás pensé en volver a salir con hombres.

(Dicen que después de 45 días de hacer algo ya se convierte en un hábito, yo llevaba tres años de salir solo con chicas).

Cuando mi bellísima madre finalmente aceptó que prefería seguir siendo cercana a su hija, porque yo aún era esa niña necia que la hacía reír y que ella misma había criado, incluso si significaba conocer y recibir en su casa a su pareja del mismo género, me hizo una pregunta: “¿Nunca volverás a salir con un hombre?”.

Tomé aire profundamente y, después de exhalar despacio, contesté: “Si digo que no, seguramente seré la primera en tragarme mis palabras. Te contesto que es poco probable. Para que yo aceptara salir con un hombre tendría que atraerme físicamente, hacerme sentir cómoda con mi sexualidad, ser independiente, simpático, sencillo, alegre, (inserte aquí adjetivos positivos de preferencia), y además bailador. Así que, no estoy cerrada mami, pero no creas que va a suceder pronto, lo más probable es que termine con una mujer”.

¿La vida sencilla?

Yo sabía que me era más fácil salir con chicas por muchas razones (la verdad es que somos seres maravillosos), pero no podía descartar la posibilidad de encontrar algún hombre que llamara mi atención, ya había sucedido en el pasado.

Un buen día, cuando menos lo esperaba, conocí al que es ahora mi esposo, y parecía que alguien estaba escuchando cuando describí a ese hombre imposible. Y el mundo regresó a la “normalidad”. Aquellos familiares que antes se avergonzaban, ahora se alegraban que por fin hubiera conocido a la persona que me “quitó” lo lesbiana.

La mayoría de mis amigxs estaban felices de verme contenta. Algunxs amigxs gay se sintieron profundamente traicionadxs porque había “dado vuelta en U”. Casi todxs me trataban como si hubiera elegido un bando.

A veces pienso que sigue existiendo cierta comodidad (en quienes me conocen) ahora que estoy con un hombre. Existe una línea invisible que divide los momentos en los que no hago referencia a mi bisexualidad por la misma razón que no hablo de mis exparejas, y los momentos en los que siento que las personas con las que estoy hablando pudieran reaccionar mal o incluso malinterpretar mis palabras, y no quiero darles esa posibilidad.

Un nuevo camino

La verdad es que soy bisexual, la mayoría de las personas prefieren omitir este hecho. No salí con chicas por tener un mal divorcio, y no estoy con mi esposo porque una mujer me rompió el corazón. Simplemente puedo sentir atracción por mujeres y por hombres, ojo, por un muy pequeño porcentaje de ambxs.

Aprendí que quien no juzga la preferencia sexual no es alguien generosx, simplemente es una persona con decencia común. Esto me permitió ver todas las cualidades reales en mi pareja y permitirme ser amada por todas las mías, en vez de estar eternamente agradecida por su aceptación.

No todo fue perfecto desde el inicio. Él tenía muchas preguntas, y yo muchas respuestas. Cuando por fin se terminaron, él decidió que su inseguridad era tonta cuando veía nuestra relación como un futuro que quería construir. Y yo, después de conocerlo en su mejor y su peor humor, decidí que valía la pena quedarme a su lado.

Y aquí regreso a mi shock que mencioné al inicio al conocer a esas chicas apenas entradas en su mayoría de edad, tan seguras de sí mismas.

La vida sigue

Afortunadamente, las cosas cambian, las personas evolucionan, y nunca es tarde para aprender. Mis padres lograron entender que salir con chicas no significaba que sería infeliz ni rechazada social. Mis amigxs, que llevaban la vida entera pensando que me conocían a la perfección, lo superaron. Y mi esposo, después de algunos meses de conocernos, se dio cuenta de que mi amor por él era genuino.

Todas las personas que no quisieron aceptarlo, dejaron de estar en mi vida.

Vivimos en un mundo donde se puede amar a quien se quiera sin miedo al rechazo. Aún existen lugares y comunidades en donde no ha llegado esta evolución, pero somos personas, no árboles, y podemos hacer lo que está en nosotrxs para cambiar lo que no nos gusta y rodearnos de quienes elegimos o ir a donde podamos hacerlo.

Aprendí que no hay etiqueta peor que la que se pone unx mismx. En el momento que dejé de comportarme como un producto defectuoso, las personas que me rodeaban me vieron crecer en altura, en espíritu y en seguridad. Hoy nadie tiene el poder de pisotearme porque yo no lo permito.

No me “curé” ni —como dice mi mejor amiga— regresé del “lado oscuro”, simplemente elegí como pareja de vida a la persona de la que me enamoré, que resulta ser hombre, un gran bailarín.