Tenemos que dejar de hablar del divorcio de Angelina Jolie y Brad Pitt… En serio

Brangelina

Brad Pitt y Angelina Jolie se van a divorciar tras 12 años juntos y, al parecer, todo mundo tiene una opinión al respecto. Están quienes pertenecen al #TeamAnniston, quienes se decantan por el #TeamJolie y también quienes prefieren sólo abogar por Brad Pitt y su abdomen diósico (el de la época de Fight Club, obvio, porque ahora no sabemos en qué condiciones esté).

Apenas detonó la noticia en el portal TMZ, muchas revistas aprovecharon para sacar una retahíla de notas al estilo de “La verdadera razón tras la ruptura de Angelina Jolie y Brad Pitt”, “Angelina descubrió que Brad le era infiel, ¿con quién?”  y “Los motivos del divorcio de Angelina Jolie y Brad Pitt: drogas, alcohol e infidelidades”.

En mis redes sociales, en la oficina y en los grupos de chat con mis amigos no se habló de otra cosa. Se crearon todo tipo de conspiraciones (“dicen que él se la pasaba borracho”, “fue porque ella está demasiado delgada”, “Brad le puso el cuerno”, etc…) y entre tanto ruido, suposiciones y tramas que Televisa debería comprar para sus telenovelas, no pude evitar sentir cierta vergüenza ajena por ese morbo desmedido.

¿Por qué la vida personal de las celebridades tiene que ser un espectáculo mediático? ¿Por qué el hecho de que dos personas decidan o no estar juntas es digno de acaparar un titular tras otro?

Vale, entiendo que Brad Pitt y Angelina Jolie no son “cualquier persona”, son celebridades. ¿Pero en qué cláusula perversa se indica que por dedicarse a lo que más les apasiona, que es la actuación, tienen que soportar que su vida privada sea del dominio público?

Pienso en lo difícil que es para alguien no famoso terminar una relación y no puedo imaginar cómo será hacerlo bajo los reflectores. Mirar a cualquier lado y ver tabloides con tu cara, abrir una página de internet y encontrarte con una galería sobre “Los momentos más románticos” con tu ex, “todo lo que tienes que saber” sobre su nueva novia, u otro tipo de situaciones que son como jugar palillos chinos dentro de una herida abierta. Pero claro, suponemos que “como son famosos, seguro ya están acostumbrados”.

Y no es que yo quiera llegar a salvar la privacidad de la elite Hollywoodense –honestamente, jamás podré resistirme a darle clic a una nota sobre los acuerdos prenupciales de las celebs– pero reconozco que es un poco retorcido que la vida íntima de personas totalmente ajenas a nosotros nos influya hasta el punto de, no sé, escribir una nota sobre por qué ni siquiera deberíamos hablar de ello.