Me despedí de mis cejas pobladas con tal de darle gusto a mi mamá… y me arrepentí

Desde pequeña he sido uniceja, cosa que para mi mamá –una mujer que ha sido educada con ciertos estereotipos de belleza que, a mi parecer, son bastante antiguos, absurdos y totalmente distintos a los míos– era casi casi como si tuviera un gusano azotador pegado a la cara 24/7, ya que según ella, mis cejas no hacían resaltar mis “hermosos ojos”.

Recuerdo haber sido muy bulleada en mi infancia por este motivo, incluso mis primos y familiares hacían burla sobre mis cejas llamándome Frida Kahlo (pfff, como si eso fuera un insulto).

Mientras crecía, empecé a notar cómo mis ídolos —prácticamente todas las cantantes del top ten de MTV— tenían cejas con las que yo no me sentía identificada. Ni los artistas, ni la gente a mi alrededor que yo consideraba bonita las llevaban así, y uno sabe que en la pubertad, lo primero que quieres es “pertenecer”.

Estaba apunto de graduarme de sexto de primaria para dar el gran paso a la secundaria y yo seguía sintiéndome como una niña rara con mi uniceja. Así que decidí encerrarme en mi baño, agarré un rastrillo y terminé con esa ceja mutante de una vez por todas. El resultado fue una catástrofe, ya que me cabían más de tres dedos entre mis dos nuevas cejas separadas. Después de ese momento, todo cambió.

Yo a los 12 años con un sombrero espantoso y harta ceja.

La “solución”

Para que no volviera a cometer esa estupidez, mi mamá me llevo a un salón de belleza en el que me hicieron un diseño de cejas, el cual consistía en respetar el grosor pero “limpiando” los alrededores. O sea, los pelitos que me salían en medio y a los lados eran retirados.

A eso estuve acostumbrada prácticamente diez años. Cada vez que veía que los pelitos de en medio comenzaban a salir, iba corriendo a quitármelos, hasta que un buen día simplemente ya no quise seguir haciéndolo.

Había usado de todo: rastrillo, cera, hilo, crema para depilar, pinzas… ya estaba cansada. Comencé a preguntarme si realmente era algo que hacía por mí misma o era algo a lo que estaba acostumbrada y que obedecía por darle gusto a mi mamá, inclusive para ser “bien vista” en sociedad. Cuando comenzaron de nuevo a salir los pelitos… decidí dejarlos en paz, de hecho, ya hasta me gustaban.

Yo a los 15 con una notable ceja perfectamente bien “diseñada”.

Mi decisión

En el 2017 dejé en paz mi pobre ceja, la cual, a mi gusto y parecer, comenzó a tomar una forma increíble. Incluso quería tener más ceja y me la pronunciaba más peinándomela con rimel (en atascada).

Y hasta entonces todo mi proceso de volver a ser uniceja iba muy bien, pero mi mamá se empezó a dar cuenta y entonces surgieron comentarios del tipo: “Ay, así no se sabe si eres niño, chango o qué”, “¡Tienes una cara tan bonita y así te ves sucia!” o “No te enojes, te lo digo porque te quiero”.

Los primeros meses me entraban las palabras por una oreja y salían por la otra, hasta que de estar escuchando las mismas “quejas y sugerencias” de mi santa madre una y otra vez, se volvió realmente agotador. Una comida familiar importante se acercaba y sabía que ese era el motivo por el cual mi mamá andaba más intensa que nunca. Otra vez, el evento social y el cómo me veía era lo que le preocupaba a mi mamá. Ella insistía en que solo quería que me viera “bonita”, así que para que me dejara de en paz, me fui a depilar la ceja al lugar de su elección.

El cambio fue tan radical que me siento otra persona, una que yo no decidí cómo debía lucir. Es como si me hubieran quitado un súper poder o mi personalidad. Se siente rarísimo, pero todo, con tal de darle gusto a mi reinita madre.

Yo a mis 23 años con mi ceja sin depilar por más de 5 meses vs. yo saliendo del salón de belleza todavía roja del dolor

No estaba sola

A mis 23 años uno pensaría que tengo todo el control sobre mi cuerpo, en el cómo me visto, cómo me veo, inclusive en el cómo pienso y actuo, pero mi madre sigue teniendo una influencia MUY fuerte sobre mí. Compartí mi historia y tristeza en un estado de Facebook y descubrí que realmente no soy la única.

Varias personas me confesaron haberse visto en la necesidad de hacer algo por complacer a sus papás, y que una vez hecho se arrepienten porque ya no se sienten ellos. Lo meditan, pero vuelven a caer y se quejan de nueva cuenta.

Tal y como me sucedió a mí, a otras personas les pasa con otro tipo de situaciones: a un amigo su mamá le pidió que por favor dejara de postear su ideología política, porque sus tías se podrían enojar; a otra amiga la obligaron a comprar tacones para que se viera más “femenina” (y al final no los volvió a usar en su vida) o a otra le compraron un vestido para su boda civil con tal de que fuera vestida de blanco (cosa que a ella realmente le daba lo mismo). Es como un eterno loop de “si haces esto, te digo lo otro”.

Conclusión

Al ser los seres humanos que nos trajeron al mundo, que nos educaron desde que éramos pequeñxs e inclusive personas que admiramos, me parece muy lógico que de cierta forma –aun cuando ya somos adultxs– nuestros padres sigan teniendo cierta “autoridad” sobre nosotros, pero es realmente importante hacerles entender cuáles son nuestras ideas, estándares de belleza y forma de ver la vida, y que ellxs aprendan a respetarlo.

Tal vez mi caso es una simple ceja, pero lo que aprendí de esta experiencia es que no debemos hacer nada por el simple hecho de darle gusto a alguien, aunque sea nuestra propia madre.

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