Así fue como entendí que estar gorda no significa que no merezca amor

Ilustración. Rawpixel

Yo era el patito feo de mi prepa. Si le preguntas a algunas de las personas con las que estudié, nunca llegué a cisne. Pero más que por cómo me veían las demás personas, fui el patito feo de mi autopercepción.

Veo las fotos de hace 10, 12 años y digo “en realidad no estaba tan gorda ni tan fea como me sentía”. Pero me sentía la más gorda, la más fea, la menos merecedora de cosas buenas. Sí, estuve deprimida durante la mayor parte de la prepa, pero era más que eso. El mito de la belleza es nocivo y es brutal contra las adolescentes.

La misma, pero diferente

Este verano fui a mi reunión de 10 años de la prepa y aunque me encantó ver a muchas personas y notar cómo algunas cosas nunca cambian, me dio gusto estar en un punto muy distinto de mi vida. Me dio gusto saberme cambiada. No sólo vivo en otra ciudad, sino que aunque en esencia soy la misma gordita nerd de siempre, ahora me veo a mí misma de una forma completamente distinta.

Cuando yo era adolescente todas mis amigas eran (son todavía) muy guapas. Mucho más guapas que yo, o así lo percibíamos yo y la mayoría de los hombres a mi alrededor. Me volví una tomboy que siempre vestía de negro y no le echaba muchas ganas a su apariencia, porque no había nada que se pudiera “arreglar”.

Por años creí que si no podía ser bonita, tendría que ser la más inteligente. No me sentía merecedora de grandes historias de amor. A mí nunca se me declararon de forma cursi. No recibí flores en San Valentín. No era el crush de nadie. Y yo sentía que era porque yo no me lo merecía. Porque no importaba que tuviera una personalidad chistosa y fuera inteligente y escribiera “bien” para una morrita de prepa, no merecía ser amada por ningún chico porque no cumplía con los estándares de belleza.

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Un concepto erróneo del amor

Hubo un chico que nunca anduvo conmigo –pero con quien tuve una relación secreta on and off por toda la prepa– que me recordaba esto constantemente. No me lo decía, pero sí me escondía de sus amigos.

Todos sabían que traíamos algo, pero no llegaba conmigo a las fiestas, sólo se iba conmigo. A veces no me saludaba y pretendía que no me conocía, luego me encontraba cuando estaba sola y pasábamos horas juntos.

Me friendzoneó mil veces y yo me conformé con lo mal que me trató, porque entre toda la mierda abusiva, era el único que me quería, a veces. Me convencí a mí misma de que estas migajas de amor abusivo eran lo mejor que podía aspirar. Por años pensé que así eran las relaciones, porque, de nuevo, yo no era merecedora de amor.

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Rompiendo el patrón

Eventualmente, tras mucho leer, tras un despertar feminista fuerte y la llegada del primer novio que no fue abusivo, logré romper el patrón (hubiera sido mucho más rápido si hubiera descubierto la psiquiatría antes, pero baby steps).

Poco a poco descubrí que todas tenemos mitos qué romper. Que hasta mis amigas las guapas tienen que lidiar con ansiedad, aunque no padezcan obesidad. Saber que todas tenemos problemas me hizo sentir como que no era yo la que estuviera mal, era el sistema y que no cabemos en él porque somos mujeres.

Gorda y merecedora de amor

Soy merecedora de amor por el hecho de que existo. No por los kilos que peso ni los likes que me den en Instagram. El gordiamor empieza por la aceptación.

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Si pudiera regresar a hace 10 años, metería en mi cápsula del tiempo una carta que dijera: equis la gordura, vas a tener muy buen sexo, vas a hacer lo que te gusta y te vas a enamorar de hombres amorosos a los que no les da pena estar contigo, sino que, al contrario, se sienten orgullosos de que seas quien eres. Pero sobre todo, vas a quererte un chingo, así como eres, completita. Con días buenos y días malos. Y serás tu propio precioso cisne.