Por qué no puedo acostumbrarme a que me digan señora… a los 30

señora

Foto. Frankie Cordoba

No importa la profesión, el estado civil ni mucho menos si tienes o no hijos, después de los treinta, ante cualquier ciudadano de a pie, las mujeres somos “señoras”. Mi teoría es que la gente nos llama así porque no existe otro término para referirse a nosotras, las que ni somos tan “chavitas”, ni tan “mayores”.

Somos unas “ninis” radicales que hemos emprendido batallas épicas con nuestro cuerpo, la comida, los hombres, la familia, el trabajo, la sexualidad, la maternidad y el aborto, pero tal parece que los esfuerzos colectivos por cuestionar y replantear todos los estereotipos de la imagen políticamente correcta de la mujer del siglo XXI, no son suficientes para tener un término medio en el diccionario de la Real Academia Española.

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Entre señorita y señora

No creo que la vida de una mujer se divida entre el “señorita” y el “señora”, dos términos que, desde mi punto de vista, van más allá de un estado civil.

Mi lado conservador, me dice que esto lo define tu vida sexual, al menos, eso me repitió mi abuela durante toda mi infancia “cuando ya no eres virgen dejas de ser señorita”, pero mi reflexibilidad indica invisibilidad.

Cuando alguien me llama “señora” me molesta que no exista una palabra que ubique a las mujeres que vivimos los 30s. Es como si me encontrara ofreciendo un gran concierto a mi público, y de repente un extraño/a, llegara a ponerle mute a mi voz a través de un control automático.

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La primera vez

La primera vez que alguien me dijo “señora” tenía 27 años. Fue un grupo de niños que tocaron el timbre de mi casa para pedir “dulce o truco” la noche de un 1ro de noviembre. Mi mejor venganza fue darles medio kilo de mandarinas. Se decepcionaron tanto, que el siguiente año, no volvieron.

Esos primeros “señora” fueron divertidos hasta que se volvieron más frecuentes: “Buenos días, señora”, “Gracias, señora”, “¿Cómo está, señora?”. Lo peor es que piensan que son amables. Me consideran lo suficientemente “mayor”, y la mejor forma de referirse a mí es a través de ese término.

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¿En qué momento me convertí en señora?

No sé en qué momento un extraño/a sabe que entré a una nueva etapa de mi vida en la que todos asumen que soy una mujer que debe ser llamada “señora”. Tengo 33 años, vivo en pareja, no tengo hijos, me gano la vida haciendo lo que me gusta. Me esfuerzo por ser feliz.

Analizo mi cuerpo, mi rostro y me siento privilegiada de tener esta edad, un número que a lo largo de la historia de la humanidad ha sido un enigma:  La Biblia asegura que el rey David reinó en Jerusalén durante 33 años, el hinduismo tiene 33 mil dioses y a los 33 Jesús murió en la cruz.

Pero cuando escucho “señora” siento que la gente espera algo de mí que no estoy dispuesta a ofrecer, porque estoy concentrada construyendo los pilares de mi edad adulta, descubriendo quién soy y hacia dónde quiero llegar.

¿Qué significa “señora”?

En esta etapa de mi vida, en la que me he liberado de la inocencia de la infancia, de las locuras de la adolescencia, y me esmero por conservar la energía y el entusiasmo de esta juventud que me permite “ser y hacer” a los 30s, justamente ahora que me he convertido en mi fiel seguidora, alguien se aparece ante mi y lo único que se le ocurre es decirme “señora”. 

¿Qué significa esa palabra? ¿Cómo me ve la gente que me lo dice? son algunas de las interrogantes que me rondan la cabeza desde que hace un par de semanas, un chico –no le calculo más de 25 años– al llevarme el garrafón del agua a mi casa, me dio las gracias por darle propina “señora, señorita, o lo que sea… muchas gracias” Me quedé fría. Después de un minuto de silencio, sonreí a medias y cerré la puerta.

En búsqueda de una nueva palabra…

Al platicar con algunas amigas, también me manifestaron su inconformidad ante la palabra “señora”, un concepto que sienten que no encaja en su estilo de vida. Concluimos que se trata de un término arcaico que merece ser actualizado, una tarea que nos compete a nosotras, las mujeres “ninis”, que no somos ni tan “chavas” ni tan “mayores”.

Pero mientras emprendemos esa nueva batalla lingüística, que seguramente tardará otro medio siglo, esta “nini radical” encontró una pequeña luz en el camino, al escuchar a un niño decirle a su hermana: “¡Mira! ¿Ya viste a esa chava? ¡Trae el pelo azul como tú lo quieres!”.

Sí hay esperanza.