La punta del cañón, de frente a la violencia sexual con mi pareja

Violencia sexual con mi pareja

Foto. Asdrubal luna

**Texto de Ytzel Maya**

I.

Esta es una frase que me repito cada que alguien menciona sus nombres, “hay algo de lo que no nos curamos y no nos curaremos nunca”. En su ensayo, Natalia Ginzburg escribe sobre el mal de la creación individual, de lo que se derrama sin consecuencias; la violencia de las palabras. La guerra, cualquier tipo de ellas, nos ha arrancado la certeza. Pero ésta no sólo es una guerra interna: es una lucha que se va repartiendo de voz en voz y de cuerpo en cuerpo.

La primera imagen que tengo de J es la del mar. Nos conocimos en un encuentro de escritores en Acapulco, en 2015. Hablamos sobre literatura y desayunamos juntos durante tres días. Después, se mudó al entonces Distrito Federal y nos dimos cuenta de que frecuentábamos al mismo círculo de personas.

Nombrar es una elección política que, según la situación, confronta o expone. El nombre es una túnica finísima que traemos a cuestas. Conservo la primera inicial de quienes son mis agresores para que no sólo se intuya sino que exista este registro de su violencia, para resguardar no a ellos sino a mí.

II.

J y yo empezamos a salir de forma intermitente en 2016, pero nunca funcionó. Mucho tiempo me sentí culpable por no tener la suficiente capacidad e inteligencia emocional para sobrellevar una relación, pues no hace mucho había terminado otra que me llevó a autolesionarme y a estar días en el hospital. Tengo catorce cicatrices, repartidas en los muslos y en las muñecas, que se atraviesan horizontal y verticalmente. Era mi culpa por no soportar el cuerpo de J junto a mí en la cama, lo era por tener que escaparme en las noches, cuando ya estaba dormido, para poder descansar lejos de él, en el sillón. Me convencí de que había sido mi culpa que J insistiera siempre en tener relaciones conmigo aunque yo no quisiera. Así, con esa persistencia, hasta la noche en que no soporté más verlo, y agarré las tijeras que tenía escondidas, me encerré en el baño y me volví a cortar las piernas. Hay algo de lo que no nos curamos y no nos curaremos nunca.
De las autolesiones todavía conservaba mi adicción al clonazepam. La ansiedad de tener que caminar al trabajo, de encontrarme a alguien que me siguiera, de subir dos kilos, de que se me acabara la dosis prescrita, de estar en el mundo. Conocí a JL en casa de J. La conciencia que tenía del alcohol y de los ansiolíticos se perdió de un instante para otro, esta combinación es un corto circuito, de repente no hay más luz. Esa noche JL y yo nos besamos; no recuerdo nada más.

III.

El McSorley’s presume ser uno de los bares más antiguos de Manhattan. JL y yo nos despedimos ahí. Cantamos a coro con Laura Pausini desde mi celular y me contó sobre la vez que unos novios fueron a celebrar su boda y les dejaron tocar la silla en la que se sentó Lincoln. Dicen que en ese bar lo que se cuelga en la pared no se puede quitar nunca. Estamos rodeados de recuerdos e imágenes que nos evocan un 1854 más cercano. Colgamos en la pared lo que vivimos en el verano para no volvernos a ver otra vez. No perdonarte va a recordarme que puedo sobrevivir, le digo en silencio. Recargamos nuestras tarjetas en Greenwich Village y tomamos el metro hacia Brooklyn. ¿Nos escribimos? Sí, le miento.

IV.

Mantuve una relación a distancia con JL por casi medio año. Pasamos el verano en la Ciudad de México antes de que se fuera a una estancia de investigación en Praga. Recorrí la República Checa, España y Francia a través de sus mensajes y sus fotos, luego en Alemania el silencio. Cuando regresara nos íbamos a ir a vivir juntos a Nueva York. Dejé el departamento que compartía con M y mi trabajo.

Me traté de engañar. Pensé que estaba rompiendo los ideales que me había planteado del amor romántico, que no era de esas que dejan todo y se van con su pareja. Muy en el fondo, enterradísimo, estaba huyendo de mi ansiedad, de la enfermedad y de lo que había pasado con J la noche en que tuve que encerrarme en el baño para gritarle que me dejara ir. Tardé una semana en asimilar que había intentado violarme. Grité y luego dejé de respirar.

V.

Había dejado mi trabajo. Ese día, J me mandó un mensaje. Estoy muy triste, no he salido de la cama ni me he querido bañar. Y fui a su casa, movida por una especie de culpa porque me había enamorado de otra persona el día en que le preguntaron si estábamos saliendo y él respondió que sí.

Pasamos la mitad de nuestras vidas condenándonos por nuestras decisiones, porque nos enseñaron que sobre nosotras cae la culpa, que somos provocadoras, que incitamos, coqueteamos e irrumpimos. Nuestra existencia en esta sociedad se trata de convencernos a renunciar.

Sí tomé y sí me drogué y sí fumé, y bailé y reí y me divertí. Pedí un taxi a mi casa pero los que se quedaron hasta tarde en la fiesta me quitaron el celular y me dijeron que no, que me quedara en casa de J. Que iba a estar más segura. Me quedé sola con él. Luego nada. Lo siguiente que recuerdo es estar forcejeando con él en su cama, medio desnuda, llorando y pidiéndole que por favor no. Pude quitármelo de encima y correr hasta el baño. Cerrar, ponerme de espaldas a la puerta, vomitar, pensar: ¿Dónde estoy?, gritar: ¡Déjame ir! Otra vez nada. Encontré mi celular abajo de su cama, como pude pedí un taxi y me fui.

VI.

La primera persona a quien le conté fue a JL. No me creyó. Estábamos en una videollamada de Barcelona a la Ciudad de México. Si vas a estar con J, ¿por qué no me dijiste que querías una relación abierta? No importa. Mejor luego lo hablamos. Silencio. En la pantalla: JL no está disponible. Hablamos y dijo que entendía que me había sentido violentada, que estaba bien, que íbamos a estar bien. Te quiero, rojilla.

Seguimos saliendo después de que me cortó en un hotel de la colonia Juárez. Ya no tenía casa ni trabajo, pero creía que el tiempo que pasáramos me iba a aliviar un poco de lo que vendría después: regresar a casa de mis padres, conseguir un nuevo trabajo, desempacar y empacar cajas, montones de cosas que acumulé, que me definían hasta ese día; titularme, concluir la especialidad, terminar de escribir ese libro.

Durante seis meses viví violencia sexual y psicológica. Antes de que dejara la Ciudad de México, JL se burló de mí. ¿Por qué no quieres coger?, ¿estás pensando en tu novio J, verdad? Me enfrenté a este tipo de comentarios tantísimas veces, en mensajes, mientras dormíamos, en la calle, cuando íbamos al cine. Todo el tiempo: fue tu culpa. Tuve que adoptar una posición sumisa para que me creyera. Esta violencia de las palabras que se enuncian y las que se esconden, que amedrenta y seca el ánimo, nos va carcomiendo. No aprender a dejar ir sino a desapegarse. El amor no como un lazo sino como un modo de escape y de refugio, como una forma de enfrentarse al mundo, de decir: aquí estamos, somos porque luchamos.

VII.

Me rehusé varias veces a escribir y a decir “mi agresor” porque el horror funciona como una máquina que se reproduce a sí misma: pedazos de miedo regados por todas partes. JL también me agredió. Me pesa porque la violencia es algo que siempre está presente en muchísimas formas, lo sabemos; estamos rodeadas de ella todos los días. Adoptamos y nos instalamos en la idea de que no es algo que pudiera pasarnos. Acentuamos las pequeñas cosas justo porque no deberían serlo. Agrandémoslas, que se vean. Visibilicemos. Esto no es la punta del iceberg, es la punta del cañón.