Fui al mercado de Sonora a hacerme una limpia y esto es lo que puedo contar

hacerme una limpia

Después de un par de meses donde todo parecía ir mal (dos choques en el auto, un despido masivo en la empresa, terminar con mi pareja, enfermarme horrible del intestino), mi madre me dijo que era hora de poner un remedio a este caos. Conociéndola como la conozco, sabía que su solución apuntaba a algo mágico-religioso, a lo cual yo soy totalmente escéptica.

Me dijo que me pusiera ropa vieja, que dejara mi bolsa y solo llevara mi teléfono y algunas monedas. Nada de joyería ni maquillaje. Intrigada, acepté ir con ella sin preguntar mucho más. Tomamos un camión cerca de su casa y bajamos justo en medio de una multitud de puestos que rodeaban el famoso Mercado de Sonora.

Ya me temía lo que ella quería, pero no insistí en que me contara su plan. Seguimos caminando entre los ruidosos puestos de discos pirata, de la ropa hecha en China y los olorosos restaurantes improvisados que venden garnachas y aguas de tepache. Ella solo preguntaba por la sección de hierbas y caminábamos en esa dirección, hacia el fondo del mercado.

“¿A cómo las limpias?”, dijo mi madre. “Todo depende”, dijo una señora parada frente a un local donde vendían veladoras de colores, hierbas, semillas y jabones con empaques que describían propósitos esotéricos: No me olvides, Ven a mí, Corta espanto, Yo puedo más que tú, El gato negro y el de la Santa Muerte. Yo me quedé oliendo los jabones y observando todos estos empaques tan curiosos mientras mi madre hablaba con la señora que le dijo cuál era el mejor lugar para hacerse una limpia. Uno con una bruja blanca.

El local de las limpias

Llegamos a un local ubicado justo al lado de una capilla donde los trabajadores del mercado acuden a persignarse todos los días. Eso le dio confianza a mi mamá y entramos a hablar con “la madam”, una señora con los ojos súper delineados, ropa negra y pelo rubio. Mi mamá acordó el precio con ella, en ese momento yo no me enteré de cuánto porque era un regalo para mí. Spoiler, costó 300 pesos.

limpia mercado de sonora

Foto. june+raul

La madam me dijo que subiéramos a su lugar de trabajo. Para llegar ahí había que entrar al puesto de cosas esotéricas, pasar algunas estatuillas de santos y tras de esto subir cuidadosamente por unas estrechas escaleras de caracol.

Llegamos a una especie de baño, donde me pidió que me quitara mi suéter y mis zapatos. Afuera del cuarto había mueblecitos viejos con veladoras chorreadas, algunas imágenes de ángeles y otra de San Judas. Mientras, ella, en otro lado de este piso, preparaba las yerbas para la limpia. Hizo un manojo con romero, ruda, salvia, albahaca, pirul, un clavel rojo y no recuerdo qué más (obvio le pregunté qué tanto había puesto ahí). Ató todo con un listón rojo y lo sumergió en agua que tenía en una cubeta.

Cuando estuvo listo el manojo, me sentó frente a ella, prendió un cirio pascual y me dijo que le contara qué andaba mal en mi vida mientras ella anotaba cosas en una libreta. Esto fue algo parecido a una sesión con mi anterior sicóloga, solo que más impersonal y con inciensos por todos lados.

La sesión

Una vez que le conté mis males, pasamos a un cuarto donde el aire se sentía un poco más pesado por el humo de copal que se esparcía en el lugar. Tomó una botella con agua de hierbas, vertió un poco en sus manos y comenzó a untarla en mis brazos; le dio un trago a una botella de alcohol y me cerró los ojos con su otra mano. Acto seguido, escupió el líquido en mi rostro. Repitió la acción para cubrir la parte trasera de mi cuerpo.

Aún con los ojos cerrados, pude sentir cómo sacó el ramo de la cubeta y comenzó a pasarlo, de mi cabeza hacia abajo, por mis brazos, por la espalda y el pecho en repetidas ocasiones. Mientras “cepillaba mi cuerpo”, decía oraciones que no comprendí del todo, pero se sentía buena vibra porque hablaba de protección, de alejar el infortunio y que llegara la luz.

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Foto. gaston denza

El solo hecho de estar en ese lugar húmedo, con olor a campo e incienso, con la sensación rara que provocan las velas, resultó relajante. Fue un instante en el que me olvidé de mis problemas y se creó un micromundo esotérico en medio de un mercado bullicioso, en medio de una vida que parecía muy revuelta en esa etapa.

Me dejó sola unos minutos en el cuarto y, susurrando a mi oído, la madam me pidió que respirara hondo doce veces. Abrí los ojos. Me sentía completamente zen y aliviada. Entre las dos metimos el ramo a una bolsa de plástico negra y me dijo que la tirara en el basurero afuera del mercado.

Final feliz

Salimos del cuarto y nos volvimos a sentar frente a la mesita con el cirio pascual. Ahí, abrió de nuevo su libreta y me dijo: “bueno, ¿para cuándo te agendo tu siguiente cita?”. Y yo “¿khá?”. “Sí, la siguiente cita. Debes venir siete veces o si no esto no sirve de nada”, explicó, “si pagas por adelantado, te regalo las últimas dos”.

En ese momento, toda la magia que había creado se transformó en desilusión. Esto de las limpias es en verdad solo un negocio, pensé. Me puse la ropa que me había quitado, le dije que volvería pronto, pero que no podía pagar por adelantado. Tomé mi ramo envuelto en la bolsa, bajé las escaleras, abracé a mi mamá y le dije que todo estaba bien.

Caminamos a la salida y tiré el ramo envuelto. Mi madre me tomó del brazo y me sonrió. Todo había valido la pena. Yo tuve una experiencia nueva y conseguí mi paz: tener a mi madre tranquila a mi lado.

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