Día de la visibilidad lésbica: ¡Amor de lenchas y sáficas!

¿Cómo nombrarnos, entonces? Cada término tiene distintas implicaciones y complicaciones; algunos son mucho más populares que otros y por ende más efectivos para comunicar, pero los términos emergentes quizá permiten dar mejor cuenta de nuestra diversidad. La conversación sigue.

Una persona como yo podría integrarse a los movimientos lésbicos. Gracias a la lucha de activistas bisexualas estos movimientos se han ido nombrando poco a poco como la unión de estas dos poblaciones: mujeres lesbianas y bisexuales. Y, más recientemente, mujeres pansexuales han estado posicionando esta orientación sexual y sus experiencias en común con los dos grupos previamente mencionados. Tiene sentido: todas son mujeres que sienten atracción por mujeres, lenchas y sáficas.

Pero el desglose de mujeres con orientaciones sexuales que podrían entrar bajo este criterio no se detiene ahí. Están también aquellas que se identifican como asexuales pero cuya orientación romántica incluye a las mujeres: lesbianas asexuales, o asexuales birrománticas, por ejemplo. Otras formas menos comunes de nombrar la orientación sexual son la antrosexualidad –no, no tiene que ver con el deseo experimentado en los antros, sino con no saber cuál es tu propia orientación– y, por supuesto, las identidades queer o cuir que se nombran fuera de la cisheteronorma, pero sin encajar necesariamente en los términos que ya mencionamos.

Dado que las mujeres que sienten atracción por las mujeres podrían identificarse bajo una lista de orientaciones sexuales potencialmente infinita (todos los términos anteriores y más pueden encontrarlos en la Encuesta #NuestrasRealidades en Pandemia publicada en 2022 por Balance A.C.), me pareció particularmente atractivo un término que empecé a ver en Tumblr anglosajón desde hace unos años: sapphic, o sáfica en español.

En general, iba de la mano con el acrónimo WLW, de “women who love women” o “women-loving women”, que podrían traducirse como “mujeres que aman a las mujeres”. Y es que, en efecto, básicamente eso designa el término “sáfica”, el cual viene de la poeta griega Safo de Mitilene, famosa por sus escritos representando el amor erótico entre mujeres.

Estupendo, entonces este término puede usarse como paraguas para designar a todas esas mujeres que sienten atracción por otras mujeres, sin tener que elaborar listas como “mujeres lesbianas, gay, bisexuales, pansexuales, queer/cuir, asexuales, antrosexuales…” o acrónimos del tipo “mujeres LGBPQCAA+”. Y esto no era algo que se pudiera resolver con un término como “no-heterosexuales”, porque una mujer puede no ser heterosexual, por ejemplo, siendo asexual, sin sentir atracción por las mujeres; o bien ser bisexual sintiendo únicamente atracción por hombres y personas no binaries. Además, me parece valioso y políticamente pertinente poder utilizar términos que hacen directamente alusión a cierta realidad y no a una negación de otra realidad: no quiero que nuestros amores y deseos se nombren haciendo alusión a los hombres, sino que se visibilicen por sí mismos, siendo entre mujeres.

Esa es otra de las razones por las cuales este término, sáfica, se ha constituido como una identidad para varias que prefieren nombrarse de esa forma directamente: no siempre sabemos definirnos como lesbianas o bisexuales o pansexuales (para algunes, supongo, eso nos convierte en antrosexuales). No siempre tenemos claridad sobre qué géneros nos atraen y de qué formas. Varias tenemos o hemos tenido la duda de si nos atraen o nos pueden atraer personas de otros géneros hoy en día y, de ser el caso, nos cuestionamos cómo nombrarlo, si es que decidimos hacerlo, porque eso podría conllevar acercamientos no deseados, particularmente por parte de hombres cisgénero.

Dado que es un tema delicado daré mi propio ejemplo: sé que a veces algunos hombres me pueden resultar atractivos, pero la posibilidad de, en serio, relacionarme con alguno no me interesa, y esa atracción que llego a experimentar me parece tan insignificante que no quiero nombrarla como parte de mi identidad ni de mi lucha.

Para algunas personas, esta conclusión mía puede denotar una lógica bifóbica (pues se podría concluir que “soy bisexual”, pero me niego a nombrarme como tal), pero yo soy de la postura (influenciada por teorías queer) de que en realidad no somos nada, sino que experimentamos cosas y nos nombramos como mejor lo entendemos y queramos comunicar al mundo.

Otras personas con experiencias más o menos similares a la mía podrían entonces concluir que, en lugar de “tener que” decidir nombrarse lesbianas o bisexuales, pueden simplemente nombrarse sáficas, y con ello comunicar al mundo que les atraen las mujeres, independientemente de lo que puedan o no sentir por personas de otros géneros.

Las lenchitudes

Siendo honesta, yo, personalmente, no me nombro como sáfica, me nombro como lencha. Sí, me reconozco dentro del paraguas sáfico, pero la palabra… me sabe a yogurt de fresa. Varias personas sentimos que es una palabra bastante femenina y que quizá no va tan acorde con quienes somos.

Y es que ahí va otra de las dificultades mayores respecto a nombrar nuestras poblaciones: nuestros géneros.

En una de las obras de culto de la literatura occidental LGBTQ+, Stone Butch Blues, Leslie Feinberg narra, en primera persona, la disidencia sexual y de género de Jess, una persona butch que fue asignada “mujer” al nacer; se relaciona con mujeres y cuya expresión de género es, desde muy joven, andrógina-masculina.

El libro –ficticio, mas inspirado en la vida de su autore– incluye escenas donde su protagonista admira y anhela lo que hoy podríamos llamar la transmasculinidad de otra persona de su entorno. En el contexto de esa historia, Nueva York de 1970, también se habla mucho de cómo les butches buscaban ser leídes como hombres por la sociedad, esto como estrategia de supervivencia, pues vestirse femeninamente no era una opción para elles, y su vivir como “mujeres masculinas”, sin ser “hombres de verdad” ni “mujeres de verdad”, les dejaba en una posición profundamente vulnerable, además del hecho de emparejarse con mujeres.

A más de 10,000 kilómetros de distancia y unas cuatro décadas después de la historia escrita por Leslie Feinberg, la japonesa Kabi Nagata elabora su primer manga autobiográfico: Sabishisugite Rezu Fūzoku ni Ikimashita Repo, traducido al español como “Mi experiencia lesbiana con la soledad” y publicado en 2016.

Si bien, Nagata no describe una vivencia de género butch como lo hace Feinberg, llama particularmente la atención este fragmento que traduje:

“Por cierto, cuando se trata de abrazos gratis, el género no me importa. Pero para cualquier cosa más allá de eso, sólo querría hacerlo con una mujer. Y la razón detrás de eso… es que yo no quería aceptar que era una mujer. No es que quisiera ser un hombre; era más bien que odiaba pertenecer al género que fuera. Temía excesivamente ser definide como mujer… antes de ser viste como yo misme. Además, estaba sexualmente más interesade en los cuerpos de mujeres que de hombres.”

Kabi Nagata

Lo que describen Feinberg y Nagata es lo que muchas personas podrían llamar, en nuestro contexto, una identidad de género no binaria desde una vivencia asociada a lo lésbico.

Hablar sobre lo que define la lesbiandad se siente como un campo minado para mí, porque si bien es un concepto que parte de las relaciones erótico–afectivas entre mujeres, claramente quienes tenemos experiencias que se pueden considerar lésbicas no siempre encajamos en la categoría de “mujer” así nada más. Desafiamos esa caja a través de nuestra expresión de género, nuestra vivencia interna, nuestras relaciones, nuestros cuerpos e historias de vida.

Cuando a inicios de 2020 activistas discutíamos cómo constituir la Marcha Lencha en Ciudad de México, este problema se hizo presente. Partíamos de las Dyke Marches realizadas en países anglosajones (de acuerdo con el sitio web de la Dyke March de Nueva York, la primera fue en Washington en 1993) donde se convoca a “quien sea que se identifique como dyke —este término se ha usado históricamente para designar a lesbianas y mujeres masculinas de forma despectiva.

Desde hace unas décadas estas mismas poblaciones y otras más lo han reivindicado para nombrarse a sí mismas –como sucedió con el término queer— sin importar su expresión o identidad de género, sexo asignado al nacer u orientación sexual, entre otras categorías identitarias.

Irónicamente, el mismo sitio web felicita a la Ciudad de México por haber hecho su “primer Dyke March” en 2003, refiriéndose a la 1° Marcha Lésbica de México y América Latina convocada por el Comité Organizador de la Marcha Lésbica (COMAL). Sin embargo, son las marchas del COMAL, y en particular la de 2019 que invitó únicamente a “mujeres biológicas”, lo que en parte nos motivó a organizar la Marcha Lencha con principios pro trans.

Si bien el idioma inglés tiene la ventaja de ser un lenguaje mucho menos generizado que el español –y por ende puede convocar a dykes sin tener que generizarles (más que por el significado social e histórico de este término)– nosotraes no.

Pese a que nos decidimos por usar el término lencha, muy pronto reconocimos que convocar o hablar de “las lenchas” nos limitaría a identidades femeninas, primordialmente de mujeres o, como mínimo, que usen pronombres femeninos.

¿Cómo hablar de y convocar a personas con otras identidades de género, pero con experiencias de vida similares? Ahí es donde Ana de Alejandro propuso hablar de lenchitudes, tras la mención de Raquel Medina del término latitudes como parte de una conversación grupal.

El significado de este término sigue moldeándose colectivamente, pero lo usamos para designar a estas poblaciones que, en toda nuestra diversidad, también compartimos lenchitud y nos podemos politizar en torno a ello.

En las publicaciones que hicimos desde las redes sociales de Marcha Lencha convocamos a las lenchitudes como a todas aquellas personas quienes consideren que el estigma hacia “las lenchas” les afecta, planteando que esto puede suceder teniendo una variedad de vivencias de género: siendo mujeres cis, trans, personas no binaries u hombres trans.

Lenchas y sáficas: más allá de los términos

A final de cuentas, me parece complicado sostener los términos que constituyen las orientaciones sexuales, dado que una parte importante de ellos se dedica a nombrar a la vez el género de la persona y el de las personas que le pueden atraer. Hablar del género de las personas es como caminar sobre arena movediza: el género nos atraviesa de mil maneras y si bien nuestra identidad de género es la más importante para ser nombrades, no es la única que determina nuestras vivencias, ni la única a partir de la cual nos podemos politizar.

Dando una vez más mi propio ejemplo: desde niña he sido poco «femenina» y hoy en día la gente me lee regularmente como hombre debido a mi expresión de género.

¿Mi vivencia interna de género? Es un vacío, entonces se parece a lo que algunas personas nombran “agénero”. Bajo este criterio, podría reivindicarme como persona no binarie, pero considero que hacerlo sería politizarme evitando hacer alusión a la forma en la que el género me atraviesa, que puede ser muy distinta a cómo atraviesa a otras personas no binaries. Me remite a este meme que encontré hace unos años:

Traducción: Soy una mujer / Soy una mujer pero soy disidente de género / ¿Quizá no soy mujer? / Sin género, solo ‘lesbian’

¿Ven cómo otra vez el español se confronta al inglés? Traducir “lesbian” como “lesbiana” implica generizar el término de una forma que no corresponde para este contexto. Y es que, en efecto, sí he visto algunas personas en Twitter hablar de ser dykes o lesbians como identidades de género separadas de la de “mujer” y hasta de la feminidad en general. Quizá es esto lo que más me resuena a mí personalmente, porque así como mi vivencia de género es distinta a la de muchas personas no binaries, también es distinta a la de muchas mujeres. Pero mantengo el femenino para nombrarme, aunque sea porque me considero, ante todo, una persona. Me quedo con ser lencha.

¿Cómo nombrarnos entonces? Cada término tiene distintas implicaciones y complicaciones; algunos son mucho más populares que otros y por ende más efectivos para comunicar, pero los términos emergentes quizá permiten dar mejor cuenta de nuestra diversidad. Lo que es seguro es que la conversación sigue.

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