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“¿Quiero ser madre?” La decisión de maternar (o no) en un mundo convulso

Tomar la decisión de maternar o no no es sencilla para muchas personas. En muchos casos, hay otros factores a considerar más allá del deseo. Pero también reconocer que no se quiere tener hijes puede ser complejo. Para este texto, platicamos con varias personas que nos cuentan cómo enfrentan la decisión de maternar o no. Por: Katia Rejón y Andrea Chuc

decisión de maternar
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Después de décadas de lucha y reflexiones colectivas, en los últimos años la maternidad y la paternidad se han reivindicado como algo que debe ser elegido e incluso cuestionado por heterocistémico y especista, pero esa revancha con la historia es un triunfo amargo porque, seamos sinceres, ¿es un reto elegir la maternidad en un mundo que convulsa? La decisión de maternar o no a veces parece clarísima, pero otras lleva una serie de reflexiones.

Nos hemos hecho la pregunta que Hamlet no alcanzó a completar: ¿Ser o no ser madre? He ahí la cuestión. Entrevistamos a mujeres en sus treintas que se preguntan constantemente: ¿Quiero maternar? ¿Cómo sé si es un deseo propio? ¿Cómo sé si es la decisión correcta? ¿Es egoísta o es valiente ser madre en el siglo XXI?

El mundo se está cayendo a pedazos pero… ¿no siempre ha sido así?

Razones para no traer al mundo a una persona siempre han habido, quizá la diferencia es que ahora se están tomando más en serio. Las mujeres entrevistadas no sólo cuestionan las crisis sociales sino a ellas mismas:

¿Cómo voy a hacerme cargo de un hije si me cuesta hacerme cargo de mi persona? ¿Puedo maternar sin estabilidad económica o estabilidad emocional? ¿Soy realmente consciente de cómo hacerlo? ¿Tengo el mínimo necesario?

En los últimos años la decisión de maternar ha estado acompañada de un término: la infertilidad social. La psicóloga Adriana Castro la define como “la incapacidad de una persona para tener un hijo a causa de sus circunstancias sociales”. Por ejemplo: la capacidad económica, la posibilidad de tener un trabajo que permita la crianza, tener garantizado el acceso a la salud e incluso la emergencia climática que estamos viviendo.

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Aunque cada persona vive en contextos diferentes y las creencias del cómo maternar pueden variar, para Millaray Bermeo, de la organización Yo Cuido México, «estamos en ese debate de saber cuáles serían esas condiciones favorables para maternar, al mismo tiempo que lidiamos por tener esas condiciones».

Las guerras, las crisis económicas, las pandemias, la emergencia climático, la falta de una política transversal de cuidados, la crisis de vivienda de nuestra generación e incluso dimensiones más personales como el miedo de no cumplir con las expectativas de crianza han generado un estrés colectivo y la sensación de que apostarle al futuro es arriesgado.

«Antes la crianza que te daban los papás se enfocaba en lo económico. Tus papás eran buenos padres si te proveían, pero ahora también es importante el tiempo de calidad. Siento que hay un poco más de presión pero también está la ventaja de que no es un camino a seguir, es una opción. Y hay distintos tipos de crianza. Hay más libertad, pero la expectativa es mucho más alta», nos platica Enna Camargo, de 28 años, quien ha decidido que la maternidad no es algo que desee vivir.

Andrea Chuc, de 29 años, considera que la decisión de maternar o no es personal pero también política. «La persona que posiblemente más ame en este mundo merece vivir en un lugar en el cual su madre tenga confianza. No podría maternar transmitiendo tristeza y desesperanza a mi hije».

Para ella la crisis medioambiental es determinante porque las consecuencias se verán en las próximas décadas, y no quiere criar a una persona que vivirá en un mundo catastrófico. Al mismo tiempo, cree firmemente que las generaciones que están naciendo son el cambio.

La expectativa de la madre perfecta sigue vigente

«Hay un componente muy personal que implica el deseo: ¿de dónde viene ese deseo de maternar? ¿Por qué quieres tener un hijo o hija? ¿vivir este proceso qué significado tiene para ti, para tu proyecto de vida? Luego considerar todo eso con relación a la parte social», dice Millaray Bermeo.

Opina que pensar en una maternidad placentera es todavía un sueño en un entorno capitalista y patriarcal en el que existen muchos estereotipos sobre las madres. Maternar de una manera responsable, positiva, placentera y brindando condiciones de vida que promuevan el desarrollo de niñas y niños es lo ideal, pero sigue siendo una expectativa casi imposible de cumplir.

Ella es mamá de una adolescente con discapacidad y explica que la primera barrera fue el diagnóstico de su hija. Después, se enfrentó con lo que se esperaba que ella fuera: una mamá que abandona completamente su proyecto de vida para dedicarse al cuidado de su hija, y aún más en un entorno capacitista en donde las infancias (e incluso adultos) con considerados “angelitos”.

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Volvió a estudiar, terminó su carrera, retomó su proyecto de grado. Con todo, se refiere a sí misma como cuidadora 24/7 porque incluso cuando no está criando a su hija de manera física, la gestión emocional está presente, cuidando y al pendiente. Pero lejos de ser esa figura de madre sacrificada.

Nos hemos alimentado de la idea hostil que implica ser madre y renunciar a tu persona cuando no tiene que ser así. Cada vez hay más mujeres hablando de cuidados, maternidad, partos y embarazos de maneras más honestas y colectivas.

Andrea Chuc, que estudió Literatura, menciona que éste, como otros campos, no han dado el espacio necesario a las reflexiones sobre este tema, pero ahora, escritoras como Jazmina Barrera, Isabel Zapata, Esther Vivas, Daniela Rea y Tania Tagle están poniendo sobre la mesa la discusión de la crianza. Considera que es una revolución en la literatura y en la narrativa histórica sobre una experiencia que se ha romantizado demasiado.

La discusión no se ha quedado en los libros. Cuando Natasha Puente, una viajera mexicana de 36 años con más de un millón de seguidores en Tiktok, publicó un video titulado ‘¿Quiero tener bebés?’ Le llegaron miles de mensajes de mujeres preguntándose lo mismo o contándole sus experiencias.

«Sé que no soy la única que está pensando en estos temas. Acabo de conocer a una mujer aquí en Australia que a los 39 años tuvo un hijo y es la mujer más feliz del universo. Muy paranóica porque es su primer hijo. Es una mujer muy ansiosa que le mide la presión y el pulso, pero como ella dice: nadie nace sabiendo ser mamá o papá y eso me da un poco de paz mental. Ella decía que estudió cuatro carreras, se salió, viajó, hizo lo que quería y luego tuvo un bebé a los 39 años».

Adriana Chuc, psicóloga de 34 años y que constantemente trabaja con infancias y adolescentes, dice que aunque todavía no es mamá, ha decidido serlo, y ya tiene las preocupaciones de una. Piensa en el cansancio, las noches de insomnio, el reto de la adolescencia:

«Yo me preocupo y todavía no soy mamá. Imagínate, yo a mis 34 años no sé cómo dormían mis papás cada vez que salía. De adolescente no pensabas en las consecuencias y ahora dices: ¿cómo pude ponerme en situaciones de riesgo?».

Adriana Chuc

Por su parte, Enna se pregunta:

«Siempre he pensado si sería capaz de maternar. No soy una persona muy paciente, soy muy descuidada. Me pregunto si siendo mamá evolucionaría como persona, siempre me ha dado curiosidad cómo cambiarían los planes que tengo. No es que ser mamá te imposibilite pero ¿cómo reaccionaría yo a ese cambio de planes? ¿Habría un resentimiento? ¿Cómo cambiaría la gente conmigo dependiendo del tipo de mamá que fuera? Y si no tuviera una familia heterosexual, ¿cómo reaccionarían?»

¿Por qué solo nosotras nos estamos haciendo estas preguntas?

Quizá la misma frustración colectiva de mujeres adultas preguntándonos si debemos o no debemos maternar, si queremos o no maternar y si seremos o no capaces de hacerlo nos da una pista sobre el problema de fondo que no ha sido resuelto: El cuidado sigue siendo una carga mental para las mujeres. Las respuestas a estas preguntas no son solo nuestras, la clave está en cómo nos configuramos como parte de una sociedad que excluye a las madres.

No vemos a los compañeros hombres cishetero haciéndose la misma pregunta, jalándose los cabellos para tomar una decisión que para muchas de nosotras es trascendental. Ahora es una decisión, sí, pero sigue siendo algo fundamental en el curso de nuestras vidas como no lo es para los compañeros.

Plantea Adriana Chuc que «es más una cuestión de introspección, de evaluación que tienes que hacerte tú con la persona con quien planees hacerlo; evaluar todo: el lugar en el que vives, lo laboral, lo económico, lo emocional», ella considera que desde antes es vital preguntar(se) cómo la persona con la que decidas iniciar este proceso desempeñaría el papel de criador.

Es nuestro cuerpo, y por lo tanto nuestra decisión, pero no sería tan difícil si supiéramos que la carga sería redistribuida, que la responsabilidad de traer a una persona a este mundo no es enteramente nuestra.

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Tener hijes es una gestión impresionante, dice Millaray, que está presente en cada aspecto de la vida: «Si voy a una entrevista de trabajo ¿cómo voy a acomodarme? No puedo trabajar 10 horas de lunes a sábado porque la guardería no abre en sábado ¿quién va a cuidar en sábado? Si se enferma hay que ir al médico, comprar medicamentos, darle los medicamentos, cuidar de la fiebre. La verdad es una gestión impresionante y la mayoría de los compas no la visualizan. No tienen idea. Tendríamos que comenzar por ahí, para distribuir esa carga mental también. Es que si no hacemos eso los roles no van a cambiar».

Los cuidados también pueden revolucionar

La escritora argentina Leonor Silvestri dijo en una entrevista para Pikara Magazine, hablando de maternidad, que el deseo es cuestionable, objetable y manipulable, que es posible “producir contradeseos que atenten contra este mundo”. Y en ese sentido, muchas personas que han decidido ejercer la maternidad o la paternidad fuera de la norma heterocis y patriarcal, lo están haciendo.

Madres viajeras, madres viejas, madres que crían solas, madres que crían en colectividad, madres lesbianas, paternidades trans, redefinen los cuidados en sus propios términos al mismo tiempo que le devuelven la culpa de no ser perfectas a quien realmente la tiene: el Estado, el sistema capitalista, capacitista y heteropatriarcal.

Cuando la organización Yo Cuido inició, su principal preocupación era incidir en políticas públicas que reconocieran los cuidados como un derecho para que impactara en la vida y rutina diaria de las cuidadoras. Después se dieron cuenta de que el cuidado lo atraviesa todo: «Es inimaginable hablar de la vida y no hablar de cuidado».

Ahora la colectiva ha enfocado sus energías en impulsar el Sistema Nacional de Cuidados, un conjunto de iniciativas, programas y políticas públicas para garantizar el derecho de quienes cuidan y reciben cuidados, y replantearlo para que considere las realidades de la diversidad de cuidadoras en México y las violencias de raíz que precarizan los cuidados.

Se discuten políticas públicas que dan garantías a las mujeres pero los cuidados atraviesan a todas las personas. No consideran a los hombres, las tías, las abuelas, dice. Aunque en la cultura mexicana la crianza colectiva es algo que se practica, en el imaginario colectivo no es bien visto.

«No se considera el cuidado como algo interdependiente que por nuestras propias condiciones y en nuestra naturaleza tendría que ser lo normal. No hay persona que se haga a sí misma y sin embargo, tú lo ves en redes sociales: Las mamás que se van a trabajar y dejan a su hijo encargado son “luchonas” y hay un montón de estereotipos negativos alrededor. No le dan valor a los cuidados, a esta forma de vivir».

Explica que la precarización de los cuidados también es parte de un círculo de violencia. De acuerdo con Millaray, las acciones de la colectiva también implican reflexionar sobre el autoempleo para compañeras que trabajan en cooperativas de cuidado y cómo generar una dinámica donde las estructuras de poder no se repitan como sucede en este sistema patriarcal. Aunque no seamos madres, cuidar no es del todo una elección, es una práctica que atraviesa toda nuestra existencia.

Encontrar el momento o las condiciones ideales para ejercer los cuidados es prácticamente imposible. Como dice Adriana Chuc, nadie está emocionalmente estable, siempre vamos a tener cargas de todo tipo. Por eso mismo maternar no debería ser una labor individual.

«La situación económica y la salud emocional son cosas muy importantes. También lo es tener una red de apoyo fuerte, alguien que esté ahí te fortalece emocionalmente. A mi me gustaría tener la oportunidad de formar a alguien y aportar algo, dejar una huellita. Hay muchas maneras de maternar y cada quien lo hace desde sus propios medios».

Adriana Chuc

Para Andrea también es esperanzador ver que cada vez hay más ejemplos de maternidades amorosas y deseadas, con matices, pero al fin y al cabo elegidas. O mujeres que decidieron no ser madres y son felices, que sin hijes siguen tejiendo redes de amor y apoyo, que no creen que la maternidad sea algo horrible, porque también forman parte de crianzas colectivas que nutren sus vidas. Desde esa perspectiva, la decisión parece menos alarmante:

«En este punto estoy agradecida de no tener que decidir ahora mismo, pero sí tener mis opciones abiertas sin sentirme presionada».

Probablemente el mundo no sea un mejor lugar que antes para criar a una persona desde perspectivas como el cambio climático o la violencia, pero la crianza colectiva, las redes de cuidadoras, la deconstrucción de lo que significa una familia y la conciencia de que cuidar es hacer revolución hacen que la elección de maternar no sea descabellada después de todo.

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