Recuerdo la primera vez que me miré al espejo con plena consciencia, con curiosidad por descubrir lo que me devolvía el reflejo. Tendría cuatro o cinco años. No puedo explicar —ni décadas después— lo decepcionante que fue verme: no tenía el cabello de mis muñecas, ni en la textura ni en el color. Tampoco me parecía a ellas, las princesas que amaba, ni a las presentadoras de la tele, ni a las cantantes… yo no era como ellas. Jamás se me ocurrió pensar que eran ellas quienes no se parecen a mí. Quizá por eso, al crecer, siempre busqué inspiración en los rincones más inesperados.
Me atrapan los estilos que narran, imaginan, construyen postales de una vida lejos de lo perfecto. Los colores de la ciudad, sus sonidos. La multitud inmensa de caras distintas, de sonrisas diferentes que configuran esa marea gigantesca en la que me sumerjo cada vez que camino en el centro de la ciudad. Busco, y con suerte encuentro, señuelos, pistas y detalles de los códigos y mensajes, irrepetibles entre sí, que dibujan los delineados de las chavas que caminan por Chapultepec. Los destellos y cometas que contienen las uñas de las morras en la Lagunilla. Busco e invoco las formas, los colores, las siluetas de los libros y revistas de la infancia. El carácter de las películas de mis padres. El humor de los cuadros de mi abuela.
En esta búsqueda, ha resonado profundamente con Diana Young. Su niñez, inmersa en pilas de revistas de moda, videos de hip hop y bullicio de mercado, espejea mi propia curiosidad por lo visual y sus narrativas, sus estéticas. Amo conversar con personas que atraviesan procesos y experiencias potentes de reconfiguración, personal y colectiva. Así que escuchar a una creadora de contenido, narradora audiovisual y poeta, que, primero que nada, acciona desde el interior del país con lo que esto conlleva (porque es fácil subir al metro de la capital de este país con el outfit más edgy y pasar triunfalmente desapercibida pero hacerlo en la plaza de una población pequeña, conservadora y discreta con la misma confianza no es para personas sensibles) me ha dado mucho panorama.
Recién tuve la oportunidad de platicar con ella durante Building Bridges, un evento organizado por Pinterest en Ciudad de México donde pude saludar a mucha gente fabulosa y donde pudimos conversar y aprender más sobre la importancia de la diversidad en la representación para romper estereotipos.

Diana Young: la belleza de lo cotidiano
Representando el corazón de Aguascalientes, Diana construye imágenes que abrazan la diversidad y la cultura popular, devolviendo el brillo a lo que muchas veces queda fuera de “el canon de belleza, marca registrada”. Su trabajo no es solo estético; es una postura firme contra la belleza plana y homologada y una celebración de lo auténtico.
Porque aunque sabemos que la belleza reside en la variedad, en la expresión individual y en la riqueza de lo creativo,, es fácil olvidarlo. Por eso es importante profundizar en la diversidad de la representación. Diana tiene el main character energy que necesitamos.
¿Pero cuál fue el punto de partida?
“Recuerdo que en la primaria me molestaban mucho por mi color de piel. Yo quería ser como Britney Spears. Durante la charla en las oficinas de Pinterest sobre la importancia de la diversidad me súper identifiqué con la conferencista, porque pues yo crecí en los 90 y obviamente, los referentes de belleza eran Britney Spears y Cristina: mujeres hermosas, muy hegemónicas y blancas. Yo nunca me sentí bonita porque era morena y en la primaria me molestaban por eso. Así que recuerdo mi momento wow: la primera vez que vi a Beyoncé en Crazy In Love. Fue sorprendente notar que es hermosa… ¡y no, no es rubia!”
Este reconocimiento de la -otra- belleza no solo es un despertar personal. Imagina la potencia con la puede romper el estereotipo del “molde único” del éxito, la belleza o la relevancia. La experiencia de Diana Young con Beyoncé es un eco de lo que muchas personas anhelan: ver su propia identidad validada y celebrada en el espacio público. Esta validación es el primer paso para atreverse a soñar en grande, para entender que las diferencias no son barreras, sino superpoderes que abren caminos inexplorados.

“La niña que fui sintió más seguridad… o al menos, una pequeña ilusión de que podía cumplir mis sueños. Porque mi sueño era ser artista, pero lo que noté es que entre los ídolos no había nadie moreno o que se pareciera a mí. En ese tiempo estudiaba la primaria y mi color de piel era muy asociado a ofensas: esas son cosas que a mí me decían y que a mí me calaban y me dolían y las sentía muy profundamente.
Me decían “india” y aunque hoy sé que no tiene nada de malo, en aquel tiempo no había la información que hay hoy y decir algo así era una súper ofensa Entonces, ver que personas con un color de piel más parecido al mío podían triunfar o cumplir sus sueños sí me alentó un poco como a decir “Bueno pues igual chance y también yo puedo hacerlo”.
Hoy vivimos en el mundo virtual. Y aunque podríamos pensar que la diversidad por fin nos alcanzó, las tendencias en internet, desde el rollo «clean girl» hasta los filtros de belleza que te cambian la cara siguen súper pegados a los cánones de belleza de siempre, bien eurocéntricos. Por eso, para Diana Young, cada look servido y cada foto posteada son un statement, una forma de decir que nosotras, las prietas, las mexas no minimalistas que habitamos coordenadas bastante lejanas al clean look, merecemos un lugar en el mapa del estilo y la belleza. Su presencia es una declaración constante de que la diversidad no solo es bienvenida, es esencial: podemos mostrarnos en nuestra potencia completa y celebrar nuestra individualidad sin restricciones.
Escuchar a Diana y tener la posibilidad de compartir con personas conscientes y empoderadas, que alzan la voz con creatividad, ideas y estrategias que buscan construir un mundo con representación diversa, es un lujo que se siente urgente.
En este espacio —convocado por Pinterest— pusimos algo al centro, hacer florecer a la representación de todas y todos, es también hacer florecer la creatividad. Porque cuando la diversidad se vuelve lo normal, es como si una telaraña mental se rompiera. Sentir como se desvanecen los prejuicios sobre lo que vale la pena representar, celebrar… Sí, es el glow up de nuestra mente. Saber que no hay un solo tipo de belleza, celebra nuestra capacidad de hallar el tesoro sorprendente de lo diverso.


La fuerza de vernos reflejadas en la colectividad es algo que resonó mucho entre las asistentes a este encuentro. Desde Malvestida creamos un muro en donde podíamos escribir nuestros recuerdos sobre la primera vez que nos sentimos representadas. Me faltan palabras para expresar lo sanador que fue resonar en cada una de esas notas. Al salir, me acompañó la sensación rara y bonita de haber visto el futuro un ratito antes que los demás. Fue como si en esa sala se hubiera abierto una ventana: conocer a tantxs creadores coincidiendo en una plataforma que busca poner a la diversidad en el centro se siente como el aire nuevo.


Y ahí vamos, con el corazón latiendo distinto, guardando esta chispa de esperanza como quien guarda una carta que sabe que va a releer muchas veces. Porque la esperanza es un bien tan escaso y preciado que, cuando aparece, te recuerda por qué seguimos resistiendo y creando.

