El genocidio se disfraza de arcoiris: así es como las fuerzas armadas instrumentalizan el lenguaje de derechos

No hay orgullo en el genocidio. No hay feminismo en la destrucción. Analizamos cómo las fuerzas militares se han apropiado del lenguaje de derechos humanos.

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Por: María Fernanda Ramos Araujo, Intersecta
En colaboración con Intersecta

En el 2017 fui a mi primera marcha del orgullo. Acababa de llegar a vivir a la Ciudad de México y fui con mi mejor amigo de aquél entonces. Tenía 19 años. Recuerdo mucho los carros alegóricos repletos de gente, las banderas que colgaban de los edificios, los anuncios publicitarios con frases dirigidas a quienes marchaban. Recuerdo sentir mucha euforia, sentirme vista. Sentir que éramos una marea gigantesca capaz de cambiar el mundo entero.

Al llegar a mi casa, saqué de mi bolsa una corona de cartón que una marca de comida estaba regalando a quienes pasábamos por Zona Rosa. Tenía una leyenda muy cliché y estaba acompañada con el logo gigante del restaurante. Pensé en cómo había recorrido parte de mi camino con ella puesta y cómo había pasado de ser un ente politizado a un ente publicitario.

Desde entonces he asistido a muchas marchas, algunas feministas y algunas del orgullo LGBTIQ+. Y al irme, al vivir mi vida y experimentar el mundo desde mi experiencia situada en el ser mujer y ser pansexual, no puedo evitar sentir en las entrañas que estoy siendo utilizada. Que mis esperanzas por un mundo distinto son instrumentalizadas por aquellos que se benefician de que todo continúe como está.

Hoy, habiéndole dado muchas vueltas a estos sentimientos tan contradictorios con los que me quedo cada vez que salgo a marchar, me atrevo a decir (quizá tontamente, quizá arrogantemente) que los movimientos de derechos humanos son el éxito más grande del ser humano… y el más doloroso de los fracasos.

Son un éxito en tanto que se han vuelto herramientas muy poderosas para lograr cambiar cosas, pero son también un fracaso en tanto que, a veces estas cosas que logra cambiar, están engarzadas en las dinámicas de desigualdad y de violencia que los gesta y lo que se termina consiguiendo es que, para algunas personas, las mismas se profundicen.

Esto se debe a una verdad muy dolorosa: los poderes hegemónicos han visto la fuerza descomunal que carga el lenguaje de los derechos humanos, y lo han usado a su favor para catalizar sus agendas y legitimar decisiones que de otra manera no podrían ser calificadas más que como atroces, crueles e inhumanas.

A este fenómeno se le conoce como lavamiento, término que fue acuñado para describir las acciones superficiales que llevaban a cabo las empresas para montar una fachada de compromiso con el medio ambiente que les permitiera generar ganancias sin realmente cambiar sus prácticas dañinas (greenwashing).

Sin embargo, este término también se utiliza para referirse a la instrumentalización de los discursos del feminismo y del movimiento LGBTIQ+ por parte de empresas y agentes estatales que buscan ganancias tan variadas como la aprobación popular, la reforma legislativa o el destino de fondos a ciertas causas.

Para estos fenómenos se han utilizado los términos purplewashing, en el caso del movimiento feminista, y pinkwashing o rainbow-washing, en el caso del movimiento LGBTIQ+. Una de las instituciones estatales que más ha utilizado las herramientas de lavado, son las fuerzas armadas. Fueron utilizadas por Estados Unidos para justificar la invasión de Afganistán e Irak en la primera década del 2000, por ejemplo. Y actualmente están siendo utilizadas por Israel.

Un genocidio por los derechos

En los últimos meses, el mundo entero ha presenciado las atrocidades cometidas por las fuerzas armadas de Israel en los territorios ocupados del Estado de Palestina. Desde el 7 de octubre de 2023, hemos atestiguado la matanza de más de 36,000 personas palestinas y la lesión de al menos 82,000 personas, así como el desplazamiento forzado de más de 1.7 millones de familias. El bombardeo interminable de casas, escuelas, iglesias y centros de ayuda humanitaria ha sido capturado en fotos y videos para la reproducción de millones de ojos inauditos que no entendemos cómo estas crueldades continúan sucediendo.

Tristemente, es a través de discursos basados en los derechos humanos que se ha legitimado –o tratado de legitimar– la aniquilación del pueblo y el Estado Palestino. Ahora, el principal discurso que sustenta el genocidio de la población palestina es aquél que exige el reconocimiento del derecho de Israel a ocupar su territorio. Sin embargo, Israel y sus aliados también han utilizado otros discursos de derechos, como aquellos basados en la discriminación étnica y el racismo a la población musulmana-palestina, que asumen la incompatibilidad de los movimientos progresistas de derechos humanos y su mera existencia, y aquellos que ven como una victoria el reconocimiento por parte de Israel de poblaciones históricamente discriminadas, como las mujeres y la comunidad LGBTIQ+.

Pero ¿cómo lucen el pinkwashing y el purplewashing en la práctica?

El 13 de noviembre de 2023, la cuenta de Instagram oficial de Israel publicó imágenes de actos simbólicos realizados por algunos de sus soldados, que muestran la instrumentalización del discurso de los derechos LGBTQI+.

En la publicación pueden verse dos imágenes: la primera muestra a un soldado que ondea una bandera de Israel que ha sido intervenida con los colores del arcoíris frente a unos tanques de guerra. La segunda fotografía muestra a un soldado parado de frente a los escombros de lo que pareciera una zona residencial, mientras levanta una bandera con los colores representativos de la comunidad LGBTIQ+, y que lleva inscrita la leyenda “En nombre del amor”, en inglés, árabe y hebreo.

En la descripción que acompaña estas fotos se lee: “la primera bandera del orgullo izada en Gaza 🏳️‍🌈. Yoav Atzmoni, miembro de la comunidad LGBTQ+, quería enviar un mensaje de esperanza al pueblo de Gaza que vive bajo la brutalidad de Hamás. Su intención era izar la primera bandera del orgullo en Gaza como un llamado a la paz y la libertad”.

En este caso, vemos como el pinkwashing puede ser utilizado para justificar la destrucción y ocupación.

En lo que respecta al purplewashing, podemos encontrar múltiples ejemplos en la cobertura mediática que se ha hecho del despliegue de mujeres militares israelíes en Gaza por primera vez. Artículo tras artículo se enuncia este suceso como un triunfo para la igualdad de género. Se menciona que por fin, tras una larga lucha, las mujeres pueden participar en el asesinato indiscriminado de población civil palestina (que se estima está compuesta en un 70% de niñes).

Se presentan fotos de mujeres soldado luciendo imponentes frente a tanques de guerra, escombros y misiles. Se detallan sus actividades y todas las barreras que se han roto con su participación en Gaza. Nos cuentan sobre los obstáculos que han tenido que superar mientras les hacen sesiones de fotos profesionales que son cuidadosas de retratar su hiperfeminidad mientras empuñan armas largas, visten con ropa ajustada y hacen poses sugerentes.

Se presenta a la institución militar como algo disruptivo, inclusivo y bueno para el avance de los derechos humanos de las mujeres, al mismo tiempo que se refuerza como algo deseable para el consumo de la mirada masculina tradicional.

A través del esparcimiento de este tipo de mensajes se pretende crear una realidad en donde, en contraste, las personas palestinas son bárbaras, incivilizadas, dañinas para poblaciones históricamente discriminadas y merecedoras de la aniquilación. Una realidad en la que Israel se ubica como todo lo opuesto, bueno, deseable y humano. Con ello, se busca que quienes atestiguan esta atrocidad también entiendan a la población palestina como enemiga de sus propias agendas, deseos e identidades y que, por lo tanto, mediante el genocidio también se está asegurando su supervivencia.

Desafortunadamente, la cooptación de los movimientos de derechos humanos por parte de Israel para legitimar su ocupación del territorio del Estado Palestino, no es nada nuevo. Se denota que precisamente a través de esta apropiación es que ha podido hacerse de la fuerza suficiente para llegar a los niveles de brutalidad que se han presenciado en los últimos meses. Tan es así, que el propio término de lavamiento rosa o pinkwashing se creó para describir las acciones de marketing de diversos Estados, a través del Brand Israel Group, para reintroducir Israel al ojo público como un destino turístico gay y una nación progresista y comprometida con los derechos humanos.

Nuestras identidades como un arma de guerra

Quizá la incógnita más grande es cómo llegamos a ser utilizades como moneda de cambio para la guerra y el genocidio. Cómo, tras una larguísima historia de violencia y desigualdad, que continúa pasando(nos) hasta el día de hoy, hemos podido convertirnos en razones legítimas para la ocupación de territorios, la deshumanización de grupos étnicos, la aniquilación de miles de personas.

Creo que encuentro una respuesta en reconocer que somos cuerpos traumados. Somos cuerpos traumados históricamente, cruzados por vidas de rechazo, criminalización y patologización, que ven con euforia cualquier ápice del reconocimiento de su existencia por parte del Estado. Al incluir en la política estatal a los movimientos de derechos humanos de las personas de la comunidad LGBTIQ+ y las mujeres, se construye un mensaje de pertenencia y asimilación: somos el Estado. Nos volvemos parte de las estructuras que nos des-subjetivizaban y le dan legitimidad institucional a nuestra identidad.

El asunto está en que también somos cuerpos que trauman otros cuerpos. Somos cuerpos que están cruzados por las estructuras que rechazan, criminalizan y patologizan otros cuerpos para privilegiar los nuestros. Nos atraviesan los legados de colonización y los «ismos» que han hecho posibles los mundos que transitamos.

La académica Jasbir Puar logró concretar estos sentires al estudiar las dinámicas políticas de la comunidad LGBTIQ+ en países del norte global (como Alemania y los Países Bajos). Describe que en aquellos lugares donde las poblaciones LGB blancas han ganado el reconocimiento completo de sus derechos humanos, estos han pasado a ser aceptados y alineados como parte de las ideologías nacionalistas de sus Estados. Entonces, las identidades que alguna vez fueron sinónimo de subversión, se convierten en un símbolo de progreso, modernidad y civilización que les distingue de otros.

Durante este proceso, este símbolo de la nueva modernidad se mezcla con las características étnico-raciales de las poblaciones que constituyen a un Estado determinado y se concretan imaginarios sociales que acentúan sus prejuicios del otro. Así, mientras que lo que una vez fue cristiano/católico/judío-sionista, europeo, blanco y civilizado, ahora es cristiano/católico/judío-sionista, europeo, blanco, civilizado y aliado. Y lo que una vez fue musulmán, árabe, oscuro y bárbaro, ahora es musulmán, árabe, oscuro, bárbaro y machista, y homofóbico.

Bajo este cambio en los discursos, los proyectos de colonización han podido sobrevivir y encontrar legitimidad entre aquellos cuya diversidad no representa una amenaza o que incluso resulta conveniente para el alcance de sus fines. Mientras que Israel es el paraíso para lOs gays blancOs que buscan un lugar «exótico» para pasar las vacaciones, es un infierno para los hombres gays palestinos a quienes se les amenaza con exponerlos ante sus familias y comunidades si no fungen como informantes para la inteligencia israelí.

En ese escenario, el compromiso con la comunidad LGBTIQ+ solo existe mientras quienes la conforman tengan otras características identitarias que son deseables de reproducción. El discurso y las reivindicaciones históricas por nuestros derechos se vacían de contenido y nos volvemos el permiso ideal para políticas orientadas al exterminio que nadie parece ser capaz de detener.

Antes de la marcha del orgullo…

Con todo el conocimiento de que no hay nada que pueda decir, ninguna otra palabra que pueda escribir que sea suficiente para condenar las atrocidades que están sucediendo mientras lees esto, quizá solo me queda preguntarte e invitarte a que te preguntes: mañana que marchas (mañana que marcho), ¿con quién marchas? (¿con quién marcho?). ¿Quién se beneficia de que yo esté aquí parade, ondeando esta bandera? ¿Para qué la ondeo? ¿Quién calla para que yo hable? ¿Quién se queda atrás? ¿Quién marcha conmigo? ¿Estoy de acuerdo con que mi identidad se utilice como un producto, una política punitiva, un arma de guerra?

No hay orgullo en el genocidio. No hay feminismo en la destrucción. Desde el río hasta el mar: Palestina en libertad.

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