Día de la memoria trans: «Echamos raíces en la memoria y germinamos de nuevo»

Hace tiempo que vengo pensando en la memoria, no como un acto político sino como una forma de entender mi propia historia.

La memoria está muy presente en la vida de las travestis*. La bordamos a través de fotografías, del bufe callejero que regala complicidades, con nuestra primera dosis de hormonas o sencillamente cuando nos presentamos con nuestro verdadero nombre, el que elegimos.

Esta semana se conmemoró nuevamente el Día Internacional de la Memoria Trans* (20 de noviembre), una fecha importante porque nos lleva a recordar y honrar a aquellas personas trans que han fallecido en el mundo de forma injusta y violenta. La mayoría mujeres trans que taloneaban en calles, cantinas u hoteles.

Día Internacional de la Memoria Trans en mi historia

Aún recuerdo la primera vez que fui convocada para rememorar esta fecha. Era 2015 y la reunión fue en el Centro Cultural José Martí, cerca del Palacio de Bellas Artes, en Ciudad de México, donde hablamos de memoria, amor y justicia.

Nunca olvidaré esa tarde lluviosa porque aún estaba con nosotras Alessa Flores, compañera de lucha y trabajadora sexual, quien un año más tarde sería asesinada en un hotel de Calzada de Tlalpan, al sur de CDMX. Siete años después yo también sobreviviría a un intento de feminicidio en un hotel de la zona.

Con el dolor palpable de lo que implica ser una sobreviviente, me he dado cuenta lo difícil que me resulta hablar de muerte. Y, sin embargo, esa conversación es cotidiana entre las personas trans. El odio de este mundo nos ha obligado a vivir a través de las muertes.

No conozco a una sola compañera travesti callejera que no tenga cicatrices en la cuerpa o la cara. No conozco a una sola hermana trans que no haya sido atravesada por una historia de muerte: amigas, madres de transición, hermanas de calle, conocidas y compañeras de la taloniada. Todas llevamos a cuestas heridas, físicas y emocionales.

A veces me siento abrumada de evocar tanta violencia y desigualdad. Los activismos y medios de comunicación hablan sobre crímenes de odio, transfeminicidios y muertes de personas trans. Pero no puedo dejar de preguntarme: ¿qué tanto les significan esas muertes?, ¿las vidas de qué personas les interpelan?

«Las vidas trans* importan«. Lo hemos repetido hasta el cansancio dentro del mundo de los derechos humanos. En cada espacio, los temas frecuentes son la expectativa de vida de 35 años de las personas trans, la precariedad laboral o el trabajo sexual como condena. Muchas veces estas discusiones abren paso a la revictimización, pero no a nuestras emancipaciones.

La resistencia de las personas trans desde el acompañamiento y la comunidad

Para quienes estuvimos de forma literal al borde de la muerte, hablar de ella es agotador. En las últimas décadas se ha formado dentro de los activismos la necropolítica de lo trans. ¿Acaso hemos encontrado comodidad y legitimidad en hablar mayormente de las violencias?

Creo que pocas veces nos preguntamos: ¿cómo podemos crear proyectos en vida con las personas trans*?

Fuga de las narrativas de violencia

Hace tiempo una amiga me dijo: «los activismos nos tiene que dejar de doler». Esa frase describiría en gran medida mis últimos años de militancia y la de muchxs compañerxs travestis-trans en América Latina.

Hay un ambiente de rabia colectiva y conmoción, pero también de mucho cansancio entre compañerxs y amigxs activistas. Estamos cansadxs de defender la alegría y organizar la rabia, como dice aquella consigna feminista. Estamos exhaustxs de defender en cada esfera que podemos nuestros pronombres e identidades. O en el peor de los casos, defender nuestrxs cuerpxs de la muerte.

Pero las cifras dan cuenta de una realidad que no podemos ignorar. En los últimos 5 años se han registrado 453 asesinatos violentos a personas LGBT+, según los datos de la organización Letra S y el Centro de Apoyo a las Identidades Trans A.C. Más de la mitad han sido a mujeres trans racializadas, empobrecidas y en el ambiente de la taloniada.

Estas cifras son apenas un bosquejo porque sólo 1 de cada 3 crímenes son registrados e investigados con una perspectiva de derechos humanos y clasificados con agravantes de crimen de odio.

Memoria travesti: el trauma feminicida

Pienso mucho en la memoria travesti. Lo que ha significado la memoria para las personas trans a lo largo de los años.

Ya perdí la cuenta de las veces que otras hermanas defensoras han publicado en redes sociales fichas de búsqueda con la fotografía de alguna compañera desaparecida.

También pienso en cómo el cuerpo de las travestis en calle puede reaccionar a situaciones aplastantes, devastadoras y seguir en pie. El trauma para nosotras no sólo es ese momento entre el surgimiento de las heridas y la cicatrización.

El trauma feminicida en las travestis deja consecuencias en nuestras vidas, se vuelve un verbo conjugable en todos los tiempos, presente, pasado y futuro.

Hace unos meses andaba taloniando en Nueva York con las hermanas trans migrantes del barrio de Queens. Una mañana me desperté con la noticia de que Natalia González, una joven trans de 28 años fue acuchillada en un hotel de la Ciudad de México.

Mi tocaya no lo logró. Era trabajadora sexual y le truncaron la vida con la misma facilidad que se hiere y arranca una flor de raíz. Lloré, lloré mucho porque yo logré escapar de esa habitación del hotel, lloré porque pude marcar al 911, lloré porque pude dar una patada a mi agresor, abrir la puerta y gritar. Llore porque ella no tuvo la misma suerte. Lloré porque volvió a pasar y el mundo sigue igual.

Como Natalia también recuerdo a Alessa, a Paola, Agnes, Roxana, Alaska, Tifany, Victoria, La Brochis y muchísimas más. Sus nombres se han olvidado con el tiempo para el resto del mundo, pero no para las travestis de la calle que las seguimos recordando.

Por eso hacer memoria me parece tan bello, porque no sólo es político, sino un acto amoroso frente a un mundo que nos quiere ver tristes y separadas. Un mundo que preferiría que no existieramos.

A veces pienso que la mejor forma de hacerle justicia a mis hermanas travestis y también a mí no es ir a romper todo y exigirle a un Estado indolente, sino viviendo la vida que ellas no alcanzaron a habitar. Tomándome ese café, caminar en el atardecer de Chapultepec, comiendo mi pastel favorito, enamorándome y desenamorándome del chacal en turno.

Pensar en una forma de justicia penal me asusta en un país donde los niveles de impunidad son terriblemente altos. Desde enero de 2022 y hasta la fecha de publicación de este texto, el juicio contra mi agresor no ha podido avanzar. Pareciera que el sistema de justicia en México está diseñado para que las sobrevivientes de feminicidio nos cansemos y desertemos.

¿Qué otras formas de justicia hay además de la cárcel?

Que si hoy no trabajan en el Tribunal Superior, que si nuevamente se reagendó la audiencia porque la defensa no llegó, que si el juez está enfermo, que si hay huelga en los juzgados del reclusorio sur. Todo es una receta para la revictimización. Una formula perfecta para apagar el fuego de que algún día obtendré justicia.

Mi abogada me ha comentado que, si bien nos va, podremos llegar a la etapa del juicio oral y la sentencia en el año 2025. Siempre digo que los tiempos del Estado no son los tiempos de las putas, mucho menos de las travestis. Cómo imaginar una forma de justicia que sane todo lo que mi agresor se llevó de mi. Por eso las travestis hemos encontrado otras maneras de sanar y justiciar nuestras heridas.

Porque las sobrevivientes no le debemos nada a nadie, ni congruencia, ni llanto, ni ser la voz de «las que no tienen voz». No les debemos pañuelos verdes y sentarnos con jueces o funcionarixs indolentes. Tampoco les debemos marchar o romper todo. El único compromiso que tenemos es con nuestra propia historia. Ya hicimos todo con estar respirando aún, con el solo hecho de haber sobrevivido hemos defendido a todas.

Poco a poco fui olvidando que ser travesti es una fiesta aunque siempre están mis colegas de la calle para recordármelo. Por eso el día de la remembranza trans ha significado tanto para mi, ha sido una forma de sanar colectivamente para las personas trans* en América Latina. Este día sepultamos el miedo y sembramos los recuerdos de vida de nuestrxs hermanxs.

Cada 20 de noviembre las travestis nos narramos desde las certezas rabiosas y no desde el odio de quienes intentan aniquilarnos. La memoria ha sido la mejor cómplice para ajusticiar la vida y enfrentar nuestras muertes.

A las travestis que lean estas líneas puedo decirles que tampoco le deben dolor colectivo a nadie. Porque nuestra venganza comenzó hace muchos años, cuando salimos a las calles con estos cuerpxs desobedientes. Vivan, vivan con intensidad y sin remordimientos. Vivan y expriman todo el amor que toda la vida nos han negado.

“Las travestis somos un atardecer sin lentes de sol. Nuestro fulgor enceguese y ofusca a quienes nos mira y los asusta”, dice el personaje de la tía Encarna en la novela de la escritora argentina Camila Sosa Villada. Este mundo arranca de raíz a las travestis esperando que no volvamos a crecer. Pero nosotras siempre echamos raíces a través de la memoria y germinamos de nuevo.

Las travestis nunca vamos a desaparecer de este mundo porque nuestra arma infalible es el recuerdo. La memoria que sembramos florece en otras travestis. Así que siempre floreceremos a pesar del odio, siempre seremos primavera. Primavera trans*

* Travesti es un termino recuperado por la activista Lohana Berkins, madre del movimiento trans en América Latina y que cuestina la ficcionalidad de las leyes que nos categorizan en un sistema binario de género. La travesti interpela todos los márgenes posibles: la pobreza, la racialidad, el trabajo sexual, la putez y las violencias que nos atraviesan como cuerpxs desobedientes. Ser travesti es no ser hombre o mujer, sino una identidad que todo el tiempo está disputando la vida.

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