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Huelga Climática Global 2022, ¡urge reinventar el movimiento climático!

A unos días de la Huelga Climática Global 2022 (25 de marzo), Náme Villa comparte sus piensos como activiste climática, desde su experiencia en la pasada COP26 hasta cómo imagina el futuro del movimiento climático.

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El próximo 25 de marzo será la Huelga Climática Global 2022, convocada por Fridays For Future. Ese día, miles de personas en todo el mundo saldrán a marchar para exigir acciones y soluciones ante la crisis climática.

En México, más de 25 colectivas aliadas se manifestarán el próximo viernes con el lema #VidaContraCapital para pedir una «solución comunitaria, decolonial y anticapitalista». Las protestas se llevarán a cabo en varios puntos del país, acá puedes consultar el mapa de las acciones presenciales que habrán.

«La crisis climática no es sólo el incremento de la temperatura global, huracanes, incendios forestales y contaminación (…) La crisis climática es una crisis ecosocial, cuyos efectos van desde extinciones de especies hasta la violencia racista contra les migrantes…

«(Por eso), esta protesta será conformada por contingentes representantes de diferentes movimientos: infancias y escuelas, LGBTQ+, defensa de territorio, barrios y pueblos, discapacidades y neurodivergencias, antirracismo y antipatriarcal», informaron les organizadores en un comunicado. Acá pueden leer el texto completo.

Activismo climático: un movimiento por la vida que necesita cuestionarse a sí mismo

«No somos solo números. Hemos sido asesinades por años. Y hemos sufrido por este sistema, y por la crisis climática, desde hace años»

Adriani Maffioletti, activista climática indígena del sur de Brasil, durante la COP26

La cantidad de amor que le tengo al movimiento climático es infinita. Aquí he tejido redes de amor en forma de dignidad y vida. En la pasión colectiva de esta lucha he encontrado la esperanza y autoestima que había perdido en ciclos de tristeza profunda.

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Los aprendizajes y las redes de cariño nacidas del movimiento climático han podido más que la violencia capacitista, cuerdista, LGTBfóbica, empobrecedora y alienante que durante la mitad de mi vida me prometieron soledad y colapso en lugar de futuro. Me siento agradecide por ello.

Por eso, creo que Viernes por el Futuro y organizaciones similares forman parte de una rebelión genuina que llevaba décadas esperando visibilizarse y crecer. Organizaciones como la mía adquirieron rápidamente efervescencia y apoyo social internacional que ni las antiguas generaciones de ambientalistas occidentales ni las luchas antisistémicas de defensa del territorio habían logrado incitar.

Pero (y es un enorme pero) ocurrió así porque las infancias y juventudes blancas y ricas fundadoras de Fridays for Future eran en su momento el único sujeto político que pudo hablar simultáneamente desde la honestidad y la visibilidad, sin que esto requiriera que el sistema se pusiera en peligro a sí mismo de manera inmediata. Tal como Iván Illich ya describió hace décadas, las instituciones modernas solo confieren el privilegio de disentir a aquelles que han sido comprobades y clasificades como fabricantes de dinero o usurpadores de poder en potencia.

Qué es ecoansiedad: la incertidumbre ante la emergencia climática

Aquí es donde inicia mi preocupación, pues ahora que conozco mejor la estructura de mi movimiento, lo he descubierto como una máquina. Una industria de extractivismo cultural que convierte al clamor político en un espectáculo. Que toma rapazmente las narrativas antisistémicas de comunidades indígenas y racializadas para convertirlas en pura publicidad que engrandece a dóciles celebridades activistas.

Diga lo que diga cualquiera de los recientes reportajes de medios de comunicación capitalistas, hoy los intereses de las clases dominantes se sobreponen al conocimiento colectivo adquirido por las juventudes.

Mi experiencia en la COP26 de Glasgow, Escocia

«Nuestros cuerpos son del color de la tierra, y no somos nadie.
Hemos nacido de tantos Apocalipsis, ¿ya qué importa otro más? (…) No tenemos eco-ansiedad, tenemos estrés postraumático»

Ayisha Siddiqa, activista climática pakistaní, durante la COP26
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En noviembre del año pasado, ocurrió la 26a Conferencia de las Partes, COP26, organizada por las Naciones Unidas. Este encuentro se da anualmente desde 1992 y tiene como objetivo oficial sentar frente a frente a representantes de cada Estado-Nación para que determinen entre sí el futuro del mundo.

Los hechos han mostrado que, año con año, generalmente deciden que nuestras vidas valen menos que las acciones de las 100 empresas que son responsables del 70% de la contaminación planetaria. Cuando se me dio la oportunidad de ir, no lo dudé: quería hacer amistades y crear solidaridades con gente que lucha por lo mismo que yo.

De todas las personas que conocí, aprendí que en esta lucha hay esperanza y oportunidades. Sin embargo, al interior, la COP26 era un centro comercial, una gran tienda llena de logotipos de marcas vibrando sobre pálidas luces LED. El futuro del mundo se discutía en forma de préstamos, descuentos, oportunidades de inversión, y sándwiches congelados a tres libras cada uno («con sabor a miseria y desesperación», diría Re Cabrera).

Me dolió mucho verme parade dentro de ese patético lugar. «¿Yo soy parte de eso?», me pregunté. Llevo años luchando por la justicia climática, y mi boleto hacia la COP lo obtuve con esfuerzo: donaciones, venta de latas, talleres. Aprendimos como pudimos el complejo lenguaje institucional de la ONU para finalmente poder enviar a nuestra delegación. Lo hicimos porque nos importa genuinamente el problema, pero ahora que ya estaba allí solo podía preguntarme, «¿donde me guardo mi ansiedad, ira y cansancio si aquí solo cabe mi pesimismo y miedo a cagarla, e incluso a no ser suficiente para una élite que ni siquiera respeto?».

Pero esto iba más allá de quienes formaban parte de las negociaciones. Vi a gran escala cómo el mismo movimiento climático global toma las convicciones de las personas y las hace emular el comportamiento de esa política institucional. Entender eso (sí, entenderlo con el corazón) fue un procedimiento traumático y no exagero. El movimiento se dejaba manipular por medios de comunicación liberales y reglamentos de conducta que nos pusieron en portadas de revistas pero nos arrancaron cualquier poder real para mitigar la crisis climática.

¿Y mientras tanto qué ocurrió fuera de la COP?

«Hago lo que puedo. Y luego, como que miro al otro lado del pasillo y veo gente neurotípica, con cuerpo y mente sin discapacidad, que obtiene mucho más de lo que hacemos y de lo que compartimos ambes. Obtienen mucho más de lo que yo podría jamás»

Benny Frohna, activista climático neurodivergente californiano
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Meses antes de la COP26, Fridays for Future se comprometió a llevar a Glasgow a la mayor cantidad posible de personas de pueblos y áreas más afectadas por la crisis climática (MAPA, por sus siglas en inglés), pero a pesar de ello la disparidad de representación racial y de clase fue obvia. El racismo se volvió latente.

Comenzaron a ocurrir conflictos entre nuestros núcleos con comunidades indígenas hartas, y con razón: todas las poblaciones vulnerables habían sido invitadas para ningunearles, y que ni siquiera se les viera a los ojos al hablar. Nuestra propia organización tenía responsabilidad.

Mientras que activistas del Norte dormían en Glasgow a pocos minutos de la COP, quienes proveníamos del Sur Global dormíamos a una ciudad de distancia, en Edimburgo. Despertábamos tempranísimo para tomar el tren y llegar a los decepcionantes eventos; regresábamos de nuevo hasta la madrugada, abrumades por el agotamiento.

La interacción entre integrantes de países ricos con los de países colonizados y empobrecidos se volvió mínima, apenas reducida a eventos y manifestaciones. Vivir así, a jaloneos, fue especialmente difícil para integrantes neurodivergentes y discapacitades.

Una forma de catarsis ocurría en las calles de Glasgow durante las grandes manifestaciones. 50 mil personas participaban un día, 150 mil al siguiente, ¡Samir vive!», decían los filipinos, «¡Fora Bolsonaro!», respondíamos les mexicanes. Reíamos, brincábamos, y la comunidad crecía.

Pero luego esto se arruinaba cuando los focos de cientos de cámaras aparecían, y el oportunismo se imponía por sobre la solidaridad. Megáfonos eran arrancados de manos negras para ser tomados por aquellas celebridades que solo querían posar ante los medios, y lo que inició en colectividad se convertía en plataforma para que les activistas más cercanes a la élite se vendieran ante periodistas de Europa como si fueran marginades y no opresores. Esto, por supuesto, incluía a gente de Latinoamérica también.

Ante esto, el movimiento internacional culpó, de nuevo, a la burocracia y a la desorganización. Pero allí había una estructura evidente y era discriminatoria. Era una estructura que, si bien esta vez la sufríamos nosotres, nuestro movimiento la llevaba reproduciendo con otras comunidades desde hace años y en muchas partes del planeta.

Aprendí así que no pensar más allá de las lógicas del sistema es reproducirlo, incluso cuando buscas confrontarlo.

El movimiento climático tal como lo conocemos debe ser abolido y suplantado

«No solucionaremos la crisis climática mediante la COP26, y tampoco la solucionaremos mediante ninguna de las siguientes COPs»

Chito Arceo, activista climático filipino, días después de haber participado en la COP26

A pesar de ahora estar constituido en gran parte por organizaciones jerárquicas y gigantescas, el movimiento climático nació de manera orgánica. Por ejemplo, Fridays for Future se fue estructurando a nivel global mediante colectivas que nacieron de manera mayoritariamente independiente, aunque inspirándose unas a otras.

Hoy ya existen grupos liderados por comunidades indígenas, así como otros que luchan explícitamente desde el anticapitalismo y la solidaridad. Fridays for Future India, por ejemplo, ha apoyado las huelgas de granjeros de su país al punto de que una de sus integrantes, Disha Ravi, de 22 años, vivió persecución y encarcelamiento político a inicios de 2021.

Estos logros existen gracias a impulsar el dinamismo, pluralismo, y descentralización de nuestra acción colectiva. ¡Eso es lo más valioso de los nuevos movimientos sociales, y es algo que debe aprovecharse, no tratar de contenerlo! Carne Ross, autor del libro La Revolución sin Líder, le comentó a The Atlantic hace unos años que las nuevas tecnologías permiten formas de organización que ya no requieren estructuras jerárquicas para diseminar estrategias, pues las estrategias se pueden diseminar solas.

Además, entre más grande es tu organización, más difícil es poder enmarcarla en una estructura estable que funcione, y por ello la burocracia y centralización se convierten en monstruos demasiado fuertes para poderlos eliminar del todo.

Las soluciones ya se conocen, pero para ello deben revisarse experiencias más antiguas. El movimiento feminista hace décadas se encontró con un problema similar y decidió no reproducir esa forma patriarcal de organización y, en su lugar, articuló pequeñas colectivas. «El origen de la preferencia por los pequeños grupos en el movimiento de mujeres –y por pequeños grupos me refiero a colectivos políticos– fue, como lo expuso Joreen, una reacción en contra de la organización jerárquica y sobreestructurada de la sociedad en general y de los grupos masculinos de izquierda en particular», escribió la anarco-feminista Cathy Levine en La Tiranía de la Tiranía (1979) .

Levine concluye diciendo que aunque la desorganización puede ser un problema, no lo es tanto como la falta de estrategia política. Los principios y objetivos en común importan mucho más que cualquier hiper-burocratización de carácter más institucional.

Así que mi propuesta es que el movimiento climático comience a descentralizarse, y comience a tomarse en serio a la gente que lo conforma.

Organizaciones como Fridays for Future deberían renunciar a estructuras jerárquicas y rearticularse de manera confederada, dando libertad de asociación y disociación a sus grupos de trabajo frente a cada proyecto internacional o regional. Las únicas funciones de una estructura tan grande deberían ser la redistribución y democratización de los recursos que hoy monopolizan activistas del Norte, así como impulsar redes más complejas de solidaridad global que eventualmente suplanten a las macro-organizaciones.

Deberíamos de ceder espacios, pues nuestra propia comodidad con la atención mediática nos está dejando aislades. Recordemos que el propósito no es lograr un gran movimiento liderado por las juventudes, sino un gran movimiento de movimientos liderado por muchísimas diversas y complejas poblaciones que hoy son vulneradas por el sistema.

No es suficiente con entender que la crisis climática es una crisis social, también debemos entender que la lucha climática es lucha de clases, y eso implica que siempre debemos elegir el lado de les oprimides y nunca poner en riesgo estas redes solo para lograr avances dentro de proyectos institucionales. ¿Para qué interpelar a negociaciones internacionales o a la los Estados o corporaciones? Podremos boicotearles, ignorarles, y articular alternativas donde los pueblos y áreas más afectadas por la crisis climática tengan la primera y última palabra. Al lograrlo estaremos (por fin) haciendo política, cambiando al mundo, y las portadas de revista perderán importancia.

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