Más allá de una inseguridad: la gordofobia como violencia sistémica

Si bien muchas personas tenemos inseguridades y enfrentamos estándares de belleza impuestos por un sistema eurocentrista y patriarcal, no es lo mismo que habitar un cuerpo no normativo en constante discriminación y violencia: vivir la gordofobia. 

violencia gordofobia

Crecí guardando muchos silencios, principalmente porque se me dejó claro que no era bueno ocupar demasiado espacio. Crecí gorda, entonces aprendí a hacerme pequeña en otros aspectos; uno de esos, mi voz.

A los 16 lloraba porque creía que ser gorda haría imposible el sueño de casarme y tener hijos. Crecí pidiendo disculpas por ser así y hablando siempre de la siguiente dieta. Crecí sabiendo que mi cuerpo era un problema que tenía que resolver a la de ¡YA! Pasaron los años y simplemente no lo lograba. 

La gordofobia existe incluso sin que se le nombre. O al menos yo la he transitado desde antes de poder señalarla.

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Ninguna de mis amigas fue jamás tan gorda como yo, pero desde la adolescencia las escuché sufrir por subir de peso, por tener las tetas demasiado pequeñas, por las estrías, manchas, celulitis… por no verse como deberían. Mujeres profundamente adoloridas desde la niñez debido a los estándares inalcanzables de belleza que esta sociedad nos impone. 

Y a pesar de que me daba tristeza escucharlas sufrir, yo no decía nada. Cuando eres gorda, se vuelve como un secreto a voces. Tú lo sabes, la de enfrente lo sabe, todos lo pueden ver pero nadie habla de eso, como si pasarlo por alto lo adelgazara.

Recuerdo verlas y pensar que sus muslos, esos que les parecían asquerosos, eran del tamaño de uno de mis brazos. 

Las violencias que existen en la gordofobia 

En ese entonces, el sistema de salud me absorbió. Hice mi primera dieta a los 11 años y el deseo y los intentos de desaparecer mi cuerpo continuaron hasta los 26. Durante esos 15 años atravesé varios procedimientos médicos cada vez más agresivos, al punto de vivir al menos tres procedimientos quirúrgicos en menos de 10 años, todos y cada uno en nombre de la «salud».

Un recuerdo recurrente es a mis 22 años. Sentada, frente a uno de los varios nutriólogos por los que desfilé, escucharle decir: «qué bueno que te decidiste a bajar de peso, ahora sí vas a formar parte, vas a poder ir a los mismos lugares que la gente de tu edad y sentirte cómoda. Digo, porque, honestamente, me imagino que ahora no vas, debes de sentir que no perteneces».

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Solía escuchar muchas cosas así de violentas. Como la directora de una clínica de nutrición que me dijo que podía morir en cualquier momento porque mi corazón tenía que bombear sangre como para dos cuerpos. Llegó un punto en que ya ni siquiera me asustaba escuchar esas cosas.

Un día, después de vivir un bypass gástrico, y caer en cuenta de que tendría que tomar vitaminas de por vida, empecé a hablar. Dije cuánto me dolían las exigencias constantes de hacer mi cuerpo más pequeño o, por lo menos, ocupar menos espacio para que nadie se sintiera incómodo ante mi gran tamaño.

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Empecé a escribir. Creo que me daba menos miedo teclear que pronunciar las palabras. Siento que era porque yo creía de corazón que una de las consecuencias de vivir en un cuerpo gordo era soportar esos malos tratos, finalmente ser gorda era mi culpa y no me podía quejar.

Entendiendo la discriminación y opresión detrás de la gordofobia

Una de mis primeras sorpresas fue notar cómo mis amigas con cuerpos normativos se sentían identificadas con mis emociones. Ellas también sentían que sus cuerpos no eran suficientes y siempre había una exigencia nueva, algo que arreglar, cambiar o reparar. Cuando los estándares no están ahí para ser alcanzados, están ahí para que seamos controladas, y eso lo sufrimos todas.

Pero a ellas no las acosaron por gordas, ellas no tuvieron que pasar por los consultorios de cientos de especialistas de la salud que sólo querían verlas más delgadas -sin importar si esto comprometía su salud-. A pesar de que vivían el dolor de sentirse insuficientes, no vivían una discriminación y opresión cotidiana. 

Yo podría decidir que me siento como «la última coca cola en el desierto», pero mi sentir no cambia cómo me va a tratar la gente de fuera, no cambia los prejuicios que tienen sobre la gente gorda: insalubres y flojas. No cambia todo lo que opinan al mirarme. El cómo me siento conmigo misma no cambia el trato que me dan, porque esa responsabilidad no es mía, es social, una construcción que se ha hecho sobre los cuerpos gordos donde yo no tengo voz ni voto.

Sucede lo contrario con mis amigas de cuerpos dentro de la norma. Podrían tener inseguridades y sentirse inconformes con la manera en la que lucen, pero no les van a gritar gordas por la calle, ni el consejo automático de un doctor -sin siquiera revisarlas- será que pierdan peso, y probablemente serán siempre vistas con mejor presentación que yo para obtener un trabajo.

Pero no se confundan, no quiero decir que su dolor no importe, ni que deseo que dejen de manifestarlo, sólo que es importante entender la diferencia entre la imposibilidad de alcanzar ciertos estándares de belleza y el vivir discriminación y opresión todos los días. Los dos tienen que ser atendidos, pero esto sólo podrá suceder si aprendemos a diferenciarlo.

Cuerpos fuera de la norma

La discriminación contra los cuerpos gordos y cuerpos no normativos es real. Tenemos menos acceso a trabajos, nuestro derecho a la salud siempre se encuentra comprometido por los prejuicios del personal médico y el trato que mucha gente nos da será diferente tan solo por nuestra apariencia. Eso yo no puedo resolverlo sola, ni trabajando en mi «autoestima». Erradicar la discriminación contra los cuerpos grandes y fuera de la norma es una responsabilidad colectiva.  

Como ya dije, no intento que las personas dejen de expresar su dolor. Yo guardé muchos silencios y creo en nuestro derecho a ocupar todos los espacios; creo en la importancia de denunciar y visibilizar aquello que sufrimos… y es justo el primer paso que nos acerca al cambio. Pero tenemos que saber desde dónde hacerlo y cuál es nuestro lugar en esta lucha. 

El no entrar en un estándar de belleza no es igual que vivir una opresión, porque los cuerpos no normados vivimos discriminaciones sistemáticas que se manifiestan más allá del espejo y las fotos, que se manifiestan más allá de mi propia mirada.

No estoy nada más peleando por un espacio, como si la lucha social fuera el mismo pedazo de pastel que todas queremos comernos, pero olvidamos que la discriminación impacta áreas de la vida de las personas, que, si no hemos vivido, ni siquiera imaginamos, y parte de la reivindicación de quienes han sufrido históricamente es respetar justo esos espacios de denuncia.

No se pide silencio, se pide delicadeza, se pide comprensión, se pide sensibilidad, se pide tacto, se pide tener el cuidado de que en nombre de hablar de nuestros dolores no invisibilicemos el dolor de otras personas o incluso banalicemos el tema al punto de señalar como imperfecciones cosas que no lo son, porque entonces se vuelve incluso un discurso peligroso, que en vez de levantar opresiones crea más.