Cuidar y educar durante la pandemia: las experiencias de 3 mujeres

Este marzo se cumple un año de que cambiaron nuestras vidas. Y también cambió lo que significa cuidar y educar. Tres mujeres con diferentes necesidades, trabajos y experiencias nos contaron lo difícil que ha sido vivir estos dos verbos.

cuidar y educar
Foto. Nathan Dumlao

Por: Guadalupe Gerónimo Salaya

A casi un año del paro nacional de #UnDíaSinMujeres y la constante recomendación de quedarse en casa por la pandemia, aquellas líneas que dividían lo público y lo privado, el adentro y el afuera, el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio, la economía formal e informal se encuentran más borradas de lo que estaban antes.

No solo se debe a la feminización de espacios y actividades en la educación y la salud. También es por la falta de corresponsabilidad de la familia, así como el distanciamiento físico de algunas redes de apoyo y la suspensión temporal de servicios públicos ante el riesgo de contagio.

Por ejemplo, varios adultos mayores no pueden ayudar en la crianza de sus nietos o ser sujetos de cuidado por parte de profesionales a domicilio. Tampoco los menores de edad pueden asistir a las guarderías y escuelas, pues estas permanecen cerradas. De este modo es que la mayoría de las tareas de cuidado recaen injustamente en las mujeres.

Debido a que las personas dependientes están 24/7 en la casa y la pandemia sigue, es complicado que un grupo de madres pueda hacer comunidad y hablar de cómo se sienten, qué piensan y las maneras en las que están lidiando con el doble trabajo.

Por lo que me fui a buscar a algunas madres, educadoras y activistas para que me platicaran sobre cómo ha sido todo desde ese marzo de 2020. 

Mercy García, docente de educación básica y madre 

Conocí a Mercy en una escuela de creación literaria de Mérida, estaba matriculada como alumna. Le creí cuando me dijo que no se cansa de aprender y leer. Es verdad, las palabras siempre se le dan. 

Mercy pertenece al magisterio desde 2005. Tiene 40 años y es madre soltera con 3 hijos. Estudia una maestría en Español y trabaja doble jornada, debido a la falta de pagos y la reducción del presupuesto del programa Escuelas de Tiempo Completo de la Secretaría de Educación para el ciclo escolar 2020-2021. Así, tuvo que buscar una segunda escuela para poder solventar la economía familiar. Ahora trabaja en 2 primarias, una pública y una privada.

Me cuenta sobre las ausencias de algunos alumnos en sus clases en línea y no sé qué decir: “En segundo año tengo una niña que sus papás fallecieron de Covid. Su hermano de 18 años dejó de estudiar para trabajar. Ella se queda con una tía, solo a veces se conecta pero sí entrega las tareas… Los niños te necesitan y tú tienes que ver cómo reponerte”. 

Cuando inició la pandemia, las escuelas vieron de dónde y cómo resolver rápidamente el seguir dando clases. Nadie estaba preparado. Mercy dice que le faltó como maestra: 

“Al principio no supe controlar mis emociones y estábamos muy asustados. Algunos alumnos me hablaban y decían que sus papás se habían enfermado. No pude orientarlos, me golpeó emocionalmente ver que mis niños no se conectaban en Zoom. Pensaba que lo mejor sería que todo parara. Luego entendí que teníamos que adaptarnos”.

Mercy ha visto mucha deserción escolar, porque la escuela pública es de alta marginación y muchos padres perdieron sus empleos. Dice que más que resiliente, lo que ve es una infancia y juventud autodidacta ante las dificultades de educarse en internet. 

Esta independencia forzada la ve en sus hijos también, pues han tenido que resolver dificultades domésticas y escolares por su propia cuenta. A Mercy le gustaría dar más de sí y pienso: ¿cómo?

A mí me parece una madre pulpo: tiene un tentáculo en WhatsApp con los estudiantes que no se pueden conectar, unos más tecleando en la laptop para el resto de los grupos y otros reservados para sus hijos cuando, por fin, termina la cansada jornada. 

Xixili Fernández, activista social y madre

Xixi, como le dicen todos, formó parte de un grupo de madres que se reunió en un parque de Mérida durante el paro nacional de las mujeres en el 2020. Ellas no podían permitirse detener los cuidados y la crianza un solo día.

Asistió junto a su hija Eila, una niña que desarrolló una parálisis cerebral mixta debido a unas complicaciones durante su nacimiento.

No era la primera vez que Xixi se involucraba en una manifestación. Es española y me cuenta:  “Mi lado activista nació a raíz de la crisis de 2008. En España hubo un movimiento de los indignados, el 15-M”.

Incluso durante los primeros meses de la pandemia, Xixi y otras personas más tuvieron la inquietud de formar Apoyo Mutuo Mérida, un colectivo para ayudar a personas que se quedaron desempleadas y en situaciones desfavorables debido al cese de actividades no esenciales para controlar los contagios en Yucatán.

Por varios meses han cooperando y tejido redes para establecer centros de acopio y juntar insumos, además de ofrecer contención emocional con profesionales voluntarios y trabajado virtualmente la mayoría del tiempo para mantener medidas de cuidado y distancia. El colectivo ganó el Premio Cultura Ciudadana 2020, convocado por el Ayuntamiento de Mérida. 

Imagen. Apoyo Mutuo Mérida

Xixi llegó a México para trabajar para la Unicef. Más tarde se mudó a Mérida con su esposo y creó Cultura Savia, una asociación con visión holística, así como llevaron a cabo otros proyectos. Pero todo cambió radicalmente con la llegada de Eila. 

“Cuando tienes un hijo pequeño te aíslas del mundo, en la lactancia sobre todo. Nosotros tuvimos una muy larga, duró hasta los 3 años de la niña (…) Alejandro y yo pensamos que, si queríamos traer un ser humano al mundo, los primeros años tenían que convertirse en prioridad”. 

En esos años, la familia transitó entre dos islas: la de la vida en común, de los cuidados, que te alejan de tu comunidad. Y también la de una sociedad poco integrativa e incluyente con las personas con discapacidad.

Con la pandemia, las reuniones con otras familias se interrumpieron y también las terapias de Eila. 

“Por estas precauciones, sí estamos como solos. Tampoco tenemos algún familiar o abuelo que nos apoye ni antes o durante la pandemia”.

Cuando Eila tenía 11 meses, conocieron a Delfy, quien la cuida y solía acompañarla como sombra en un preescolar alternativo al que había empezado a ir. 

Ahora, las dos familias viven juntas: Delfy lleva a su hija a casa de Xixi durante la semana laboral. Esto ayuda a que Eila no viva con tanto estrés y aislamiento. 

Para que las dos niñas continúen con sus aprendizajes y tratamientos, se adaptaron espacios dentro de la casa: una mesa y sillas, así como unas pelotas y otros artículos para ejercitar los músculos. Tanto la hija de Delfy como la de Xixi tratan de comprender el lenguaje del mundo, una con la lectoescritura y la otra con la terapia del lenguaje. 

Pienso en el hecho de que tienen que aprehender y aprender unidades léxicas en pleno confinamiento, tal vez proyectando imágenes de objetos y personas que solo pueden apreciar a través de las pantallas, algunos utensilios domésticos y una memoria muy temprana. Me recuerdan a los estudiantes de WhatsApp de Mercy. ¿Cuál será la legibilidad de esta infancia?

Betsabé Castillo, asesora de familias homeschoolers y madre 

La ceiba es uno de los árboles más grandes de la península de Yucatán. No solo el tamaño es imponente, tiene una belleza que te hace querer contemplarla y estar horas bajo su sombra. 

No es difícil imaginar a los homeschoolers de Mérida bajo una ceiba, rodeados de naturaleza y sintiendo la libertad tras varios meses de encierro pandémico. 

Este árbol es precisamente el estandarte de Betsabé Castillo, madre homeschooler que dirige la página de Facebook “La Ceiba, frutos de aprendizaje libre”. Cada semana hay una publicación diferente, una actualización con fotografías que llenan de color y vivacidad la página, algo que tal vez no se asociaría con la educación en familia. 

“La mayoría cree que nos la vivimos encerrados en casa estudiando, pero los niños que estudian en casa no están limitados en su socialización. Antes de la pandemia, al tener esta libertad de tiempo y contenido, toda nuestra educación era muy activa. Íbamos a muchos lugares”.

En los años de la “vieja normalidad” se creó un club entre 4 familias que se reunían para aprender juntos. La idea era apropiarse de los espacios públicos como parques para el aprendizaje de los infantes. 

Betsabé tiene tres hijos, con quienes intentó una educación tradicional, pero ningún modelo le parecía adecuado. Eran deprimentes y aplastantes, el terreno propicio para matar la imaginación y el pensamiento crítico. 

“A las familias homeschoolers les toca investigar e informarse más. Fue de gran ayuda leer a Montessori, al igual que a Rebeca Wild, muchas de las cooperativas educativas están basadas en la propuesta de ella. Ahorita me atrae el modelo de las escuelas-bosque”.

Ella siempre compartía sus experiencias en su página de Facebook, pero poco a poco fue creciendo y por el interés y sugerencias de sus hijos surgió el nombre de La Ceiba. Con la Jornada Nacional de Sana Distancia, tutores y docentes la buscaron.

“Ahora tomo este camino de compartir con otras familias. Doy asesorías y los apoyo desde mi experiencia como maestra y madre homeschooler. Enseño lo que a mí me ha funcionado y lo que a otras familias les resultó mejor. Todo esto me ha regalado muchas amistades. En Mérida estamos logrando hacer una comunidad de familias educadoras en casa”.

En algunas publicaciones hay recursos para manualidades y otros materiales para trabajar en diversidad de temas. Anuncian que habrá novedades los lunes de cada semana, es decir, una rama nueva que crecerá de esta ceiba educativa en familia.

Después de escuchar a estas tres madres, pienso que si hay algo que pudiera paralizar al mundo aún más fuerte que un virus es que los trabajos de cuidado fueran totalmente detenidos.

Las médicas, enfermeras, docentes, madres, trabajadoras domésticas, cuidadoras de adultos mayores continúan hasta el día de hoy laborando. 

Parar los trabajos de cuidado compromete la vida. De hacerse el efecto mariposa sería catastrófico para muchos sectores de la sociedad, una opción poco viable. Sin embargo, repartir estas tareas de manera equitativa es una mejor alternativa y un asunto urgente.