La discapacidad me permitió redescubrir mi sexualidad

Aunque sea un tema del que nadie habla, la sexualidad y el placer también son parte de la vida de las mujeres con discapacidad.

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Foto. Priscila Du-preez

Por: Miranda Campos, @titaniumamazon

Anhelaba un momento a solas para besarnos, para volver a sentir sus manos recorriendo mi cuerpa, su respiración cerquita de la mía, las risas, la complicidad en la que tan a gusto me había sentido los últimos meses. El placer.

Después de tanto dolor, me sentía desesperada por un poco de placer.

Me ayudó a subir a su cama, los besos iniciales liberaron el miedo que habíamos sentido ante mi posible muerte y el caos de los meses previos, en forma de una pasión desesperada que nos urgía compartir. 

Preguntó muy seguido si todo estaba bien, lo cual cuarteó un poco mi deseo, porque antes no era así. No alcanzaba a abrazarlo completamente. Sentía el camino lleno de baches. Solo podía estar boca arriba, mi pierna derecha me anclaba a la cama impidiendo moverme, nada era como antes. Ni lo sería. 

Rompí en un llanto desesperado, pedí perdón y repetí una y otra vez “no quiero ser una muñeca de trapo, no quiero ser una muñeca de trapo…”. Ese día lloramos mucho.

Con el tiempo me di cuenta que si quería reconectar con mi sexualidad, debía desvanecer esa imagen de mí como muñeca de trapo. Pero, para empezar, ¿de dónde carajos saqué que sería una muñeca de trapo?

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Un camino personal

La discapacidad adquirida separó cada ámbito de mi vida en dos momentos: antes de la cicatriz y después de la cicatriz. Mi A.C y D.C personalizado. 

Llevaba años disfrutando el sexo porque comencé a explorarme muy joven. Pero en pareja tenía poco tiempo activa cuando me transformé en una cuerpa revoltosa, y comenzaron a abrumarme los pensamientos A.C: me lamentaba por todos los planes que ahora estaban fuera de la mesa; del sofá; de la regadera; del asiento trasero de un coche; del suelo; de la cama…

Hago hincapié en mi camino, porque cada historia de discapacidad es distinta y sería irresponsable generaliza, ya que nuestras realidades son sumamente diversas.

Para descubrir cómo había construido a esta muñeca de trapo imaginaria, cuestioné mi historia personal: to-do, el sexo y más allá. En ese proceso encontré dos temas fortaleciendo a esa muñeca: los tabúes y la falta de representación.

El tabú de la sexualidad de mujeres con discapacidad

“Seguro ya no piensas en sexo”.

Un día me dijeron que, sumándole el cáncer a mi discapacidad, menos querría saber de eso, que no debía de ser una prioridad o algo importante para mí. 

Mito. Uno muy común, percibir a las personas con una discapacidad o enfermedad crónica como asexuales.

Que no hablara de sexo porque sería frustrante, mejor evadir el tema. Mito. Y de los más corrosivos, porque la ignorancia es lo más frustrante. 

Ante las dificultades para elegir un método anticonceptivo, mi madre sugirió la abstinencia. Tener sexo con una discapacidad traería complicaciones médicas. Mito. Y así me puedo seguir porque hay un montón.

Al respecto, MaryAngel García-Ramos, en una edición de “Disability Talks” cuyo tema fue la sexualidad de las mujeres con discapacidad organizada por la asociación que ella fundó, Mujeres Mexicanas con Discapacidad,  dijo:  “Hay muchos mitos porque no existe una sola historia de la discapacidad, todas las historias son diferentes. Se piensa que la persona, la corporalidad de la persona con discapacidad es igual a estar roto o incompleto”. 

Esa es la vértebra de la narrativa común que rodea a cuerpas con discapacidad, y así me sentí hace algunos años: incompleta, rota, inservible. Ideas interiorizadas antes de la discapacidad que impuse en mí con mucha violencia cuando mi cuerpa cambió.

La discapacidad y la sexualidad ahora parecían temas incapaces de compaginar, el tabú social que ya existe sobre hablar de sexo, se había elevado a la décima potencia con la discapacidad adquirida. Entre más mitos por derribar, la condición asexual impuesta y la independencia limitada, me sentía atrapada. 

Podría alejarme de esto si me liberaba de una prisión más: las expectativas. 

Las expectativas que invisibilizan

No crecí viendo cuerpas como la mía teniendo sexo o mucho menos siendo fuentes de deseo. No estaban en los medios ni en los libros. 

A.C tenía muy presente o me sentía segura con el “espectro amplio que conocía” sobre el sexo: películas, series, lecturas y el porno que había consumido. Todo ese “conocimiento” se convirtió en frustración. Me hacía sentir más incompleta, perdida respecto a lo que mi cuerpa podía hacer ahora. 

Si bien siempre disfruté mis ratos a solas, o en pareja, el juego previo, los besos, sí tenía idealizado que el objetivo máximo era el orgasmo y tuve que sacudirme eso con urgencia para priorizar otros fines, como conectar, sentirme bien, relajarme, disfrutarnos, hubiera orgasmo o no.

Las narrativas tan limitantes a las que había sido expuesta y con las que había alimentado mi cerebro, sin duda dificultaron mi transición al colocar expectativas inalcanzables con mi nueva realidad. Llegué a sentir que la “sexualidad ya no era para mí”, ni los orgasmos. Por la cuerpa que tenía ahora, mi prioridad era cuidarla, y ese era el único disfrute al que yo tenía derecho. 

Claro que no abandoné mi autocuidado sexual, ni mis ganas de intimar con otras personas, porque de haberlo hecho, creo que no estaría compartiendo esto.

De sentirme invisible entre lo que conocía, decidí, como Cindy, Mary Chao y MaryAngel compartieron en aquella charla, preguntar e ir redescubriendo sola (y a veces en pareja) mi sexualidad.

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No soy una muñeca de trapo

Concluí que yo sería una muñeca de trapo en la medida que los tabúes más las expectativas del “deber ser” dominaran  mi narrativa sobre la sexualidad de mujeres con discapacidad.

Como el tema se habla poco, no hay representación y no existe guía, obtener las respuestas y trazar el camino para disfrutar mi cuerpa y mi vida está en mis manos. 

De poco a poco, tratándome con amabilidad en mi proceso, encontré la manera de crear mi propia narrativa, cuestionándome y respondiendo preguntas, como la que hizo Priscilla Madrid, moderadora de aquella charla en Disability Talks: ¿Vemos ventajas respecto a la sexualidad y nuestras discapacidades?

Esa pregunta me gustó mucho porque, si bien se nos acostumbra a ver la discapacidad como una falla, sí me recordó cómo cambió mi apreciación del mundo y todo ámbito de la vida, como la sexualidad, tras la llegada de mi discapacidad. Entre todas las ventajas que podría nombrar considero que han sido dos las que más me han ayudado.

Primero, el liberarme de expectativas sobre la cuerpa y el sexo me ha permitido disfrutar más, ser creativa, reaprender, resignificar, reconocer las nuevas sensaciones, y tiempos de mi cuerpa. 

Además, ahora decido negarme a entablar cualquier práctica sexual a menos que la persona me dé indicios de que compartiré mi cuerpa con alguien dispuesto a seguir y respetar mi ritmo, dispuesto a construir uno propio. 

Como he aceptado mi nueva cuerpa y sus limitaciones, he aceptado que merezco buscar el mejor placer para mí, sin que las condiciones de mi discapacidad sean una limitante. 

Porque todas tenemos derecho a amarnos mucho cada día. Y, si deseamos compartir intimidad con otra(s) persona(s), hacerlo de forma plena y a disfrutar de una sexualidad sana, placentera y amorosa.